La caída



Cuando esa mañana Paula y Martín salieron a jugar por los alrededores de la casa de sus abuelos, ninguno se imaginaba que el día fuese a acabar de aquella manera.

El terreno anexo a la casa era un matorral lleno de arbustos silvestres, piedras y alguna encina desperdigada. Pertenecía a un constructor venido a menos que lo había comprado con la idea de edificarlo, pero ahora era el campo de juegos de los hermanos; y aquel día se había convertido en un planeta extraterrestre habitado por criaturas semitransparentes que proyectaban sombras en el suelo.

Una nube creó una figura deforme en el terreno, y Martín comenzó a correr para alejarse de ella. Paula observaba, desde una posición segura contra los extraterrestres, encima de un montón de piedras, cómo su hermano pequeño huía. Todo ocurrió en un instante. Martín estaba allí, y un segundo más tarde había desaparecido. La chica bajó de un salto del montículo y corrió con rapidez. Al llegar se encontró a su hermano en el fondo de un estrecho y profundo pozo.

—¡Martín! ¿Estás bien? —gritó angustiada al escucharle sollozar, pero no obtuvo ninguna respuesta y Paula se asomó para intentar verlo—. ¡Martín! ¿Me oyes? —El pequeño continuaba sin decir nada, y Paula estuvo a punto de caerse dentro—. Voy a buscar a ayuda. Ahora mismo vuelvo —dijo antes de marcharse en dirección a la casa de sus abuelos.

El pozo tenía más de cinco metros de profundidad. Al caer, Martín había intentado sujetarse a las paredes, pero por más que clavó las uñas en la tierra, no dejó de descender. Poco a poco fue viendo cómo la abertura por la que se había colado se iba haciendo cada vez más pequeña, y no paró de caer hasta que tocó el fondo con los pies. Para entonces, el agujero de entrada era igual de grande que una pelota de fútbol. En ese momento se acordó de una conversación que habían tenido con su padre hacía dos días.

—Tened cuidado con el suelo del campo de al lado, vigilad bien por dónde pisáis. Puede que haya agujeros, y os podéis caer dentro.

Por eso habían decidido que los montículos de piedra serían «la casa». El lugar en el que estarían a salvo de los extraterrestres.

Intentó subir trepando por la pared, pero los dedos le dolían y no tenía la suficiente fuerza como para impulsarse hacia arriba. El pánico y la frustración se adueñaron de él y, cuando su hermana llegó era incapaz de dejar de sollozar. Tenía miedo de no poder salir de allí nunca, de quedarse encerrado para siempre y no volver a ver sus padres. Se acordó de la cara de su padre, y de las cosquillas que le hacía con la barba cuando jugaban; de la sonrisa llena de amor de su madre y los dulces que les preparaba todos los domingos; de los calcetines de lana de la abuela, y el olor a leña del abuelo. Y de Paula, con la que jugaba, discutía y volvía a jugar como si nada hubiese pasado. La escuchaba llamarle desde arriba, sabía que debía responderle, pero era incapaz de controlar su llanto. Cuando la oyó decir que iba a buscar ayuda quiso gritarle que no le dejase solo, pero de su boca solo salieron gemidos.

Paula recorrió la distancia que le separaba de casa de sus abuelos en un tiempo récord. Entró en el interior y los buscó por todas las habitaciones. Sin embargo, no estaban en ninguna parte. Al llegar a la cocina vio una nota encima de la mesa.

«Hemos ido a comprar. Regresaremos al medio día. Os queremos».


El pueblo estaba muy cerca, bajando la colina. Miró el reloj de la pared y negó con la cabeza al ver la hora. Aún no eran las diez, no podía dejar a Martín allí hasta que sus abuelos regresaran, así que echó a correr; atravesó el huerto, tomó el atajo que había detrás de las cuadras y bajó la colina campo a través. Cuando entró en el pueblo subió las escaleras que daban a la plaza mayor de dos en dos. Estaba sin aliento, el corazón le latía con fuerza en el pecho, pero no paró de correr, aunque no tenía ni idea de dónde estarían.

—¿Paula? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Martín?

Se giró hacia donde provenía la voz; sus abuelos estaban detrás de ella, con las manos cargadas de bolsas y una mirada preocupada.

—Martín… él… un agujero… —Rompió a llorar en cuanto los vio, y fue incapaz de hilar una frase completa.

No hicieron falta más palabras, los ancianos dejaron caer las bolsas al suelo y salieron en dirección a la casa. Paula corría delante de ellos alentándolos a andar más deprisa. El reloj del salón dio las diez y media en el momento en el que entraban por la puerta. El abuelo sacó una cuerda de uno de los armarios de la cocina y se dirigieron a donde estaba el chico.

Martín tenía las mejillas llenas de churretes. El camino de las lágrimas era visible entre la suciedad que se había quedado pegado en su cara, y los sollozos se habían transformado en unos leves quejidos.

«Se han olvidado de mí», pensaba con angustia. «Ya ha pasado mucho tiempo desde que Paula se fue. Seguro que nadie viene a sacarme».

Había vuelto a intentar escalar la pared, sin embargo, ninguno de sus esfuerzos sirvió para nada. Y se acabó rindiendo.

—Eres una nenaza, un blandengue. Un niño de mamá.

Era lo que le decían sus compañeros de clase, pues siempre era el último en las carreras y el peor de todos en cualquier deporte. Aunque Martín nunca les hacía caso, en aquel momento no pudo evitar acordarse de ellos, de todos los partidos de fútbol que habían perdido por su culpa y de que siempre era el último al que elegían en los equipos.

Una nube pasó por delante del sol oscureciendo, más aun, el pozo.

«Son los extraterrestres. Han venido a por mí. Me llevarán a sus guaridas y me dejarán allí. Nunca más veré a mamá ni a papá. ¿Dónde estás, Paula? ¿Por qué me has dejado aquí?».

Arañó la pared con las manos en un fútil intento de salir, mas el dolor de las uñas rotas le hizo desistir.

«Ya han pasado horas desde que me caí, debe de estar a punto de anochecer», pensó antes de cerrar los ojos. Estaba cansado, el cuerpo entero le dolía y la seguridad de que todos se habían olvidado de él le pesaba con fuerza.

Lo último que escuchó antes de perder la consciencia fue su nombre. «Demasiado tarde, me muero», pensó.

—¡Martín! ¿Me oyes? —gritó Paula, desasosegada, y con el corazón bombeándole con fuerza por la rápida carrera.

El sol aún no llegaba a su punto más álgido y las chicharras todavía no habían empezado su canción. El día acababa de comenzar, pero no lo podía haber hecho de una manera peor.



Este relato fue un ejercicio que tuvimos que hacer en el curso de escritura que hago: el Método PEN. La premisa era escribir un relato en el que el hermano pequeño cayese a un pozo y narrar la historia haciendo que el tiempo del que está encerrado se detuviese, y el que va a buscar ayuda se acelerase.

Pensar y crear la historia fue bastante entretenido, nunca había ideado una trama desde este punto de vista. Y escribirlo, teniendo en cuenta esto, me pareció muy curioso y divertido. Era la primera vez que me fija tanto en el tiempo de la historia, y me gustó la experiencia. Es casi como ser Dios, acelerando y deteniendo el tiempo de los personajes a tu antojo.

Espero que os haya gustado.

*

Si queréis leer más textos originales escritos por la autora de este blog, podéis encontrarlos todos en este este enlace.

¡Un saludo!


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