Pájaros perdidos. Relato

Miró el reloj que había al lado del mueble mientras cambiaba los canales de la televisión sin pararse en ninguno.

—No son ni las cuatro —se quejó Laura, lanzando un cansado suspiro al aire.

Al otro lado de la ventana ya estaba oscuro. De hecho, no había llegado a amanecer del todo y la lluvia seguía cayendo con fuerza. Igual que desde hacía más de tres semanas. Su expresión de aburrimiento tornó a otra de hastío. El día era gris, frío y opaco, como su estado de ánimo. Su vida se había convertido en una tediosa rutina, de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin desvíos ni distracciones. El otoño no había hecho más que comenzar; pero se presentaba el más duro hasta el momento. En el invierno no quería ni pensar.

—Bienvenida a Finlandia —murmuró para sí misma apagando la televisión. Tiró el mando sobre el sofá y se cubrió los ojos con las manos—. Ya te habían advertido de que para cuando llegara este momento deberías haber hecho algún amigo; pero estabas demasiado ocupada con los turnos del hospital. ¿Y ahora qué tienes? La cuenta del banco llena de ceros, una depresión y nadie a quien llamar. ¡Bravo, Laura!

Aterrizó en Rovaniemi a principios del verano, cuando España era asolada por los incendios y las olas de calor se sucedían una tras otra, así que, los diecinueve grados de máxima que había en la capital de la Laponia finlandesa fueron más que agradecidos. Se dedicó de lleno a su trabajo de enfermera y, aunque no hablaba finés, no tenía problemas en comunicarse en inglés. Sin embargo, no había logrado trabar ninguna amistad.

Tomó su móvil y vio que sus hermanas le habían enviado varias fotografías. Nele estaba en Israel visitando a la familia de su marido y Fátima seguía emocionada con sus primeros descubrimientos como arqueóloga. Se alegraba por ellas, que sus hermanas fueran felices la hacía feliz, pero no podía evitar mirar las imágenes con envidia. El sol lucía en todas ellas. El cielo era azul y no había ni un solo atisbo de nubes. En su realidad, un intenso aguacero seguía cayendo al otro lado de la ventana.

—Maldita sea, esto no puede seguir así —se reprendió, levantándose del sofá—. Tu querías un reto, un cambio de aires y salir de tu zona de confort. ¡Pues sal! ¿Qué más da estar en tu apartamento de Sevilla que aquí, si solo pisas la calle para ir al trabajo? ¿En qué ha cambiado tú vida? ¡En nada!

Se vistió con lo primero que encontró en el armario, se caló las botas de agua en un gesto decidido y salió a la calle haciendo grandes esfuerzos por obviar la lluvia. Aunque las calles estaban vacías, todos los locales estaban atestados de gente, y las risas salían de los restaurantes envolviendo a la ciudad en un halo de alegría. Laura los miraba desde fuera con el ceño fruncido, sin poder evitar el rencor en sus ojos. El agua había comenzado a traspasarle el chubasquero.

—Necesito un lugar en el que refugiarme— dijo en voz baja, andando con pasos largos.

Entró en el primer lugar que vio sin importarle lo que fuera. En cuanto puso un pie dentro el intenso olor a palomitas le hizo regresar a España. A los fines de semana con sus hermanas, las cenas en los restaurantes de comida rápida y la chocolatina de premio que le daba su madre cuando se portaban bien. Una enorme sonrisa apareció en sus labios y echó un vistazo a la cartelera, negándose a que la nostalgia se apoderase de ella. Un cartón enorme de palomitas dulces todavía calientes, un refresco y una sala en penumbras en la que solo había una persona más.

Hei! —saludó, utilizando una de las pocas palabras que sabía en finés.

El chico le respondió con el mismo monosílabo y Laura pasó por delante de él sin prestarle atención a su apariencia. Piel morena, ojos más negros que los suyos y un cabello rizado de color oscuro. Completamente opuesto al estereotipo del finlandés. Su hermana mayor era adoptada y, aunque sus rasgos árabes no diferían mucho con los de ella misma, a lo largo de su vida había sufrido varios encuentros racistas, y no iba a ser Laura la que se juzgara a una persona por el color de su piel.

Quince minutos más tarde las luces se apagaron y la sala permaneció casi vacía. La película era en versión original con subtítulos en inglés. No fue ni mala ni buena, una trama sencilla, de esas para pasar la tarde y no pensar mucho. Casi dos horas más tarde las luces se volvieron a encender.

—No ha estado mal —se dijo Laura, con una sensación de calma en el cuerpo. Se dirigió a la salida donde el chico estaba esperándola para sujetarle la puerta—. Kiitos.

Your welcome! —contestó guiñándole un ojo.

Laura no pudo evitar ruborizarse y salió casi huyendo. No era bajita, pero el chico le sacaba dos cabezas, y aquello le impuso bastante respeto, además de la preciosa sonrisa que acompañó a sus palabras.

El estómago le rugía, a pesar del cartón de palomitas que se había comido, y se acercó al único restaurante del edificio: una cadena de comida rápida. No pudo evitar sonreír al verlo. El vestíbulo del cine estaba lleno y la cola se perdía entre la gente. Todas las mesas estaban ocupadas y varios grupos de adolescentes habían terminado comiendo sentados en el suelo.

—Mejor busco otro sitio —murmuró, sin querer regresar a su piso.

La calle la recibió con la misma lluvia de antes. Se puso el chubasquero, todavía mojado, y se adentró en el aguacero luchando con las nubes que se erguían sobre su cabeza, amenazando con una tormenta mucho más peligrosa que la que había a su alrededor. Recorrió las calles adyacentes sin encontrar ningún restaurante que le apeteciese con mesas libres. Notaba que el agua empezaba a bajarle por las piernas y la humedad le llegaba hasta los tobillos.

—Lo que sea. El primero que tenga hueco —afirmó, girando una esquina.

No se fijó en el letrero, solo vio una mesa vacía al lado de la ventana, y entró. Anduvo entre los comensales con la vista fija en su objetivo y cuando le quedaban dos pasos para llegar, una mochila apareció encima de la mesa. Laura levantó la mirada y sus ojos se abrieron con asombro al ver al chico del cine.

—Es la única libre —dijo ella, en inglés, en un tono casi de súplica.

—Hay cuatro sillas, y yo solo necesito una —respondió él, con la misma sonrisa de antes.

Laura bajó la cabeza, azorada. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse; sin embargo, el olor a comida le hizo aceptar la invitación. Una vez que estuvieron sentados, en diagonal, el chico le tendió una carta. Al verla, Laura miró a su alrededor sorprendida.

—¡Anda! Un mexicano, qué casualidad —exclamó en español sin dirigirse a nadie.

—¿Hablas castellano? —preguntó el chico en el mismo idioma con un marcado acento.

—Sí, soy de España. ¿Y tú?

—Yo soy finlandés, pero mi madre es venezolana. —Se cambió a la silla que había delante de Laura y alargó una mano por encima de la mesa—. Heikki, encantado de conocerte.

La conversación entre los dos fluyó con naturalidad, en español, salpicado con palabras en inglés, muchas risas y una decena de miradas cómplices.

—Hay un bar con buena música cerca de aquí. ¿Quieres que vayamos? —preguntó Heikki mientras pagaban.

—¡Claro! —contestó Laura con entusiasmo.

Salieron a la calle y corrieron con las capuchas puestas.

—Es ahí —anunció Heikki, señalando un pequeño local en la acera contraria.

Tenían que cruzar un semáforo y esperaron, impacientes, a que cambiara de color. Estaban uno al lado del otro, intentando hacerse lo más pequeños posibles para resguardarse de la lluvia y del viento que se acababa de levantar. Cuando el hombrecillo se puso en verde Laura avanzó unos pasos y se giró hacia atrás, extrañada, al ver que él no la seguía.

—¿Todo bien?

—Está nevando —respondió Heikki extendiendo una mano entre ellos.

Los copos se quedaban en su palma y Laura se quedó mirándolos, fascinada. Había visto la nieve tres veces en toda su vida, y ninguna en su Sevilla natal.

—Son como los pintan en los dibujos, en forma de estrella —murmuró, acercándose a él—. Siempre pensé que era una imagen idealizada para los niños.

—Es bonito, ¿verdad?

—Mucho —contestó, asintiendo entusiasmada con la cabeza.

—Pues si te quedas aquí esta no será la única nevada que veas. Finales de septiembre y ya tenemos nieve…

—¿Muy pronto?

—Yo no quiero decir nada. Vamos a cruzar antes de que se vuelva a poner en rojo —continuó diciendo, mientras señalaba con la cabeza el hombrecillo verde que había comenzado a parpadear.

El local era acogedor, con música de ambiente, no muy alta, y lleno de sillones. A pesar de que había bastante gente, podían hablar sin tener que gritarse al oído y treinta minutos más tarde lograron hacerse con un hueco.

—¿Nunca has probado la sima? —preguntó Heikki sorprendido.

—No llevo mucho tiempo en Finlandia y no he salido demasiado —se excusó Laura, con cierta vergüenza—. ¿Qué es?

—Una especie de hidromiel.

—¿Tiene alcohol?

—Algo, pero es bastante suave. No creo que aquí tengan y si hay, seguro que no está muy buena. Mi padre la hace casera y jamás probarás una sima mejor que la suya. Si quieres puedes venir un día a mi piso y la pruebas —terminó diciendo, dejando la pelota en su tejado.

—Me gustaría mucho —contestó al momento.

Habían congeniado muy bien. Se sentían a gusto con el otro y cuando la mesa se llenó de refrescos y un par de cervezas, las miradas que se dedicaban eran cada vez más intensas. Las palabras clave no salían de la boca de ninguno de los dos por miedo a estropear ese momento, ese algo que se estaba empezando a formar y que no querían estropear.

—Te acompaño a casa —dijo Heikki antes de abrir la puerta del local.

—No es necesario. Vivo a dos calles —contestó Laura antes de salir.

Un frío helado se coló por la rendija y se quedaron anonadados al ver la fuerte nevada que estaba cayendo. La capa de nieve que había en el suelo tenía veinte centímetros de espesor y continuaba cayendo.

—Dices que no vivías muy lejos —dijo Heikki con una ceja levantada.

—No. ¿Tú?

—Al otro lado del río —contestó, frotándose la nuca.

Se miraron a los ojos durante unos segundos con la pregunta flotando entre ellos.

—Creo que esta noche voy a tener que acoger a un finlandés sin hogar —dijo Laura, sonriendo.

—Por favor, a no ser que quieras que muera congelado.

—Eso sería todo un desperdicio —contestó, saliendo a la calle, dejándole con una ceja levantada y las ganas de que le aclarara el comentario.

*

Lo primero en lo que Laura se dio cuenta al despertar es que el constante golpeteo de las gotas de lluvia contra la ventana había parado. Lo segundo: que había alguien más en su cama. Heikki la miraba sentado desde el borde, con una bandeja de tostadas recién hechas y una taza de té humeante.

—¿Llevas ahí mucho rato? —preguntó, azorada.

—Un poco. ¿Sabes que murmuras mientras duermes?

Ella se sonrojó y tiró de la sábana para taparse la cara, haciendo que la bandeja se deslizara y las tazas se movieran con violencia.

—¡Perdón! —dijo, incorporándose al momento.

—No pasa nada. Vamos a desayunar, y luego vístete. Hay algo que quiero mostrarte.

—¿Fuera? Ha dejado de llover, ¿verdad? —preguntó, inclinándose hacia la ventana.

—Sí, pero no mires. Luego lo verás —contestó, tomándola de la barbilla para girarle la cara. Se acercó a ella y le dio un suave beso en los labios—. Buenos días —dijo en un tono meloso con una sincera sonrisa.

—El mejor en meses.

Desayunaron en la cama. No era el lugar más cómodo del piso, pero Heikki no quería que Laura se acercara a ninguna ventana y pudiera ver el exterior.

—Me tienes intrigada, ¿qué hay en la calle? ¿Unicornios de colores?

—Mejor —contestó, tendiéndole el abrigo.

Bajaron por las escaleras del edificio y justo antes de salir Heikki le hizo cerrar los ojos.

—Dame la mano y no los abras hasta que te lo diga.

—¿Adónde vamos? Si sigue habiendo nieve me resbalaré.

—Sigue habiendo nieve, pero no te vas a caer. Confía en mí.

Laura asintió y se dejó guiar con la curiosidad a punto de explotar. El sol le daba en la cara y a su alrededor solo se escuchaba el crujir de la nieve. Anduvieron unos cientos de metros hasta que Heikki le hizo detenerse.

—Vale. ¿Preparada? —preguntó, colocándose detrás de ella.

—¡Por favor! —suplicó.

Estaban en un parque cercano a su piso. Laura pasaba por allí todos los días de camino al hospital; sin embargo, el aspecto que ese día mostraba era sorprendente. El sol se erguía orgulloso al fondo, entre los abetos nevados. No había ni una sola nube en el cielo, pero el blanco seguía más que presente, pues el suelo era un mar de nieve. Inmaculada, perfecta y silenciosa.

—¿Te gusta? —preguntó Heikki con la voz ronca al ver que no decía nada.

—Es asombroso… —murmuró, incapaz de encontrar palabras para describir lo que veía.

—Bienvenida a Finlandia —le susurró al oído, apoyando la barbilla sobre su hombro—. No todo son días de lluvia y oscuridad. No podemos dejar que los malos momentos nos impidan disfrutar de los buenos.

Pasaron la mañana en una cruenta guerra de bolas de nieve, a pesar de la reticencia inicial de Laura de mancillar el inmaculado paisaje. Los niños del barrio se unieron a ellos y acabaron revolcados en la nieve, colina abajo, encima de un trineo. Muñecos de nieve, risas y una euforia que llevaba meses sin sentir.

—Gracias —dijo con sinceridad, cuando Heikki puso delante de ella un sencillo plato de pasta con tomate.

—¿Por la comida? —preguntó, levantando una ceja con arrogancia.

—Por eso, por esta mañana tan maravillosa y por tu alegría.

—De nada —respondió dándole un beso—. A ver si tenemos suerte y Finlandia nos regala otro de sus maravillosos momentos.

—¿Gnomos y duendes? ¿Trolls?

—Mucho mejor que eso. Pero tendremos que esperar un poco.

Cuando terminaron de comer se tumbaron en el sofá. La mañana en la nieve los había dejado agotados, Laura estaba dando cabezadas, aunque cada vez que Heikki se erguía para mirar por la ventana, volvía a despertarse.

—¿Qué es lo que esperas? —preguntó, somnolienta.

—Ya lo verás. Si es que aparece.

Ya había anochecido, a pesar de que no eran más que las cinco de la tarde, y unos pensamientos negativos se empezaban a colar en la cabeza de Laura. «Ha sido perfecto. Un día maravilloso. Demasiado… Mañana toca volver a la realidad, y él…».

—¡Sí! —gritó de pronto Heikki, sacándola de sus ideas catastrofistas.

Se levantó de un salto y tiró de ella para acercarla a la ventana.

—¿Cierro los ojos? —preguntó con una sonrisa infantil.

—¿Cómo lo has sabido?

Se dejó guiar por el pequeño salón, oyó a Heikki abrir la ventana y un segundo más tarde el frío del otoño le dio en la cara.

—¿Esta vez no me vas a llevar de excursión hasta el parque?

—No es necesario. Se ve perfectamente desde aquí. Abre los ojos.

Laura lo hizo despacio, saboreando el momento, intentando disfrutar del entusiasmo de su compañero. Y, al igual que esa mañana, sus ojos se abrieron, estupefactos.

—Dios mío, es… Es una…

—Una aurora boreal —terminó de decir, complacido por su reacción.

Permanecieron unos minutos quietos, uno al lado del otro, contemplando el espectáculo que la naturaleza les brindaba. Las luces de la ciudad, inmóviles, contrastaban con las ráfagas de luz que se movían por el cielo, tranquilas, orgullosas y elegantes.

—¿Es la primera que ves? —Laura asintió en silencio y él la miró con un intenso brillo en los ojos—. En mi familia hay una tradición. Cuando alguien contempla por primera vez una aurora boreal con alguien de mi familia, se crea entre ellos un lazo irrompible. Mi abuelo me lo contó, y a él se lo contó el suyo. Así que, imagínate desde hace cuando se dice.

Laura permaneció en silencio durante unos segundos, procesando la información de ese chico al que había conocido el día anterior.

—¿Un lazo romántico? —preguntó en un quedo murmullo.

—No en todos los casos, pero siempre de una fuerte amistad—. Hizo una pausa y continuó hablando—. A mis padres les pasó, y prometieron que si en algún momento tenían una niña la llamaría Aurora. Luego llegamos mi hermano y yo y les fastidiamos los planes —terminó diciendo con una risa divertida.

Un tranquilo silencio se instauró entre los dos, abrazados ante la ventana con la vista fija en el paisaje.

—Si llega a pasar, el nombre de Aurora no me desagrada —comentó Laura, sin despegar los ojos del frente.

Heikki sonrió a su lado, le dio un beso en la cabeza y la estrechó contra su pecho. Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas que acabaron resbalando por su mejilla, sin que la chica tuviera la intención de detenerlas.

Las últimas semanas habían estado sumidas en la oscuridad, pero algo le decía que eso estaba por cambiar. Habría días buenos y otros malos. Pero no podía quedarse anclada en los grises y perderse los blancos y azules. Los multicolores y los cielos negros teñidos de verde y morado.

Ninguno sabía lo que les depararía el futuro; sin embargo…,


«Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Pájaros perdidos (1916), Rabindranaz Tagore.



No sé muy bien de dónde salió la inspiración para este relato, tan solo recuerdo que debía contener las palabras primero, reloj y opaco.
La idea original era muy diferente a lo que ha resultado. En un principio estaba intentando algo relacionado con unos niños en una guardería. Que no podían salir al parque porque estaba lloviendo o algo así. Quería que fuese algún cuento con una moraleja bonita al final. Me pasé varios días dándole vueltas a eso, pero no se me ocurría cómo hacerlo, así que descarté la idea y pensé en otra cosa.

Aun así, quería que tuviera ese final feliz con moraleja y se me ocurrió la frase "Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas". Y cuando fui a buscarla en internet descubrí que era parte de un libro de poemas. El título del relato es el título de ese libro.

De ahí fue fluyendo la idea. Y creo que no quedó mal. De hecho, este relato me dio pie a escribir una historia mucho más larga que se ha acabado convirtiendo en una novela.

*

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La vida va de esto. Lucía Galán Bertrand. Reseña


Título: La vida va de esto.
Autora: Lucía Galán Bertrand.
Año de publicación: 2022.
Género: Divulgación. Salud mental. Autoayuda.
Puntuación: 7 sobre 10.

La vida improvisa, y nosotros con ella.

No tengas prisa. La vida es larga y bonita. Es una aventura en la que hay que aprender de cada experiencia. La vida es elección y cambio, es darse permiso para sentir, es autocrítica y aprendizaje. Y es vivir muchas vidas en una.

En este libro, Lucía Galán Bertrand, la famosa pediatra que tanto éxito tiene cuando comparte su cotidianidad, nos muestra sus experiencias más personales, su día a día cuando se quita la bata de médico. Aquí la verás como madre imperfecta, como pediatra veterana, como pareja ilusionada y como mujer de éxito: reflexiones dirigidas a sus lectores, de tú a tú, a pecho descubierto y con la sensibilidad que la caracteriza. Lucía apunta directo al corazón.

A los padres y madres de adolescentes, a los que han tenido un bebé y llevan meses sin dormir, a las chicas que han tenido su primera regla, a las madres de las madres, al compañero de viaje, a la vida, a la muerte, a la mujer emprendedora y a quienes no se rinden. A todos ellos se dirige este libro.

Lucía en estado puro, hablando de verdad, porque la vida va de esto.

Lucía, mi pediatra vuelve con su libro más sincero e inspirador: historias cargadas de experiencia y directas al corazón



Creo que este libro y yo no nos hemos encontrado en el momento adecuado. Al igual que los tres anteriores, está lleno de experiencias e historias conmovedoras. Sin embargo, en esta ocasión no me ha llegado tanto como los otros. Está muy bien escrito, es inspirador, pero me ha parecido un poco más de lo mismo.
Es posible que si hubiera dejado más espacio entre las lecturas de estos libros los habría leído con la mente un poco más "despejada". No sé. De todas formas, seguiré leyendo los libros que vaya sacando, aunque teniendo esto en cuenta.


*

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La sombra del viento. Carlos Ruiz Zafón. Reseña



Título: La sombra del viento.
Autor: Carlos Ruiz Zafón.
Año de publicación: 2001.
Género: Suspense, drama.
Puntuación: 9 sobre 10.


Un amanecer de 1945, un muchacho es conducido por su padre a un misterioso lugar oculto en el corazón de la ciudad vieja: el Cementerio de los Libros Olvidados. Allí, Daniel Sempere encuentra un libro maldito que cambia el rumbo de su vida y le arrastra a un laberinto de intrigas y secretos enterrados en el alma oscura de la ciudad. La Sombra del Viento es un misterio literario ambientado en la Barcelona de la primera mitad del siglo xx, desde los últimos esplendores del Modernismo hasta las tinieblas de la posguerra.

Aunando las técnicas del relato de intriga y suspense, la novela histórica y la comedia de costumbres, La Sombra del Viento es sobre todo una trágica historia de amor cuyo eco se proyecta a través del tiempo. Con gran fuerza narrativa, el autor entrelaza tramas y enigmas a modo de muñecas rusas en un inolvidable relato sobre los secretos del corazón y el embrujo de los libros cuya intriga se mantiene hasta la última página.



Hacía tiempo que no leía una novela de suspense tan bien hilada como esta. La trama se va enredando conforme las páginas pasan y nos adentramos poco a poco en el pasado de los personajes. El autor va dejando miguitas, una frase por aquí, una escena por allá… pistas que nos llevan hasta un desenlace que, personalmente me sacó una sonrisa. El misterio de Julián Carax me pareció muy acertado y magistralmente llevado. Al igual de magistral que la narrativa del autor. Más de una vez me tuve que parar para releer las maravillosas frases que escribe. Ruiz Zafón me ha parecido un genio, no solo a la hora de crear historias intrigantes, sino por su capacidad para relatar. Algunas veces utiliza frases un poco recargadas, pero hace del lenguaje y de las palabras una obra de arte. Me he quedado muy sorprendida con que alguien sea capaz de hacer algo así.

Solo tengo un pero a la novela, y es el papel de la mujer. Meros objetos, todos los personajes importantes que entran en acción son hombres. Si bien hay mujeres, y alguna tiene un peso importante, ninguna de ellas decide por si misma. Se dejan llevar por las decisiones de los personajes masculinos, acompañándolos en la historia. Espectadoras de la historia, con un protagonismo pasivo.

No he llegado a conectar del todo con ninguno de los personajes, aunque quiero hacer una especial mención a Fermín, me ha encantado su forma de hablar y de expresarse.

Una historia muy recomendable. La primera novela de una trilogía que seguro sigo leyendo.

*

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El tiempo entre costuras. María Dueñas. Reseña



Título: El tiempo entre costuras.
Autora: María Dueñas.
Año de publicación: 2009.
Género: Novela histórica, drama, romance.
Puntuación: 8 sobre 10.


La joven modista Sira Quiroga abandona Madrid en los meses previos al alzamiento, arrastrada por el amor desbocado hacia un hombre a quien apenas conoce. Juntos se instalan en Tánger, una ciudad mundana, exótica y vibrante donde todo lo impensable puede hacerse realidad. Incluso, la traición y el abandono.

Sola y acuciada por deudas ajenas, Sira se traslada a Tetuán, la capital del Protectorado español en Marruecos. Con argucias inconfesables y ayudada por amistades de reputación dudosa, forja una nueva identidad y logra poner en marcha un selecto atelier en el que atiende a clientas de orígenes remotos y presentes insospechados.

A partir de entonces, con la contienda española recién terminada y la europea a punto de comenzar, el destino de la protagonista queda ligado a un puñado de personajes históricos entre los que destacan Juan Luis Beigbeder ―el enigmático y escasamente conocido ministro de Asuntos Exteriores del primer franquismo―, su amante, la excéntrica Rosalinda Fox, y el agregado naval Alan Hillgarth, jefe de la inteligencia británica en España durante la segunda guerra mundial. Entre todos ellos la empujarán hacia un arriesgado compromiso en el que las telas, las puntadas y los patrones de su oficio se convertirán en la fachada visible de algo mucho más turbio y peligroso.

Escrita en una prosa espléndida, El tiempo entre costuras avanza con ritmo imparable por los mapas, la memoria y la nostalgia, transportándonos hasta los legendarios enclaves coloniales del norte de África, al Madrid proalemán de la inmediata posguerra y a una Lisboa cosmopolita repleta de espías, oportunistas y refugiados sin rumbo.



Es una novela que tiene un poco de todo, viajes, aventuras, historia, romance, amor y espías. Una novela que engancha desde el principio, que está escrita con una prosa envidiable.

Me ha parecido un libro más o menos fácil de leer. No se enrevesa mucho, sin embargo, algunas veces la autora se pierde tanto en los detalles que me hacía desconectar. Y ese ha sido el fallo negativo que le veo, y por el cual mi puntuación no ha sido más alta. Detalla todo con gran precisión, los escenarios, los personajes, la historia de estos, su contexto… Algunas veces me ha parecido todo demasiado exacto. Era como si la autora quisiera meter dentro de la historia todo su trabajo de investigación para escribir la novela. Que el lector note que se ha preparado.

Aun así, ha sido interesante leer sobre este periodo de la historia de España y ver un poco la visión que el resto de países tenían sobre él en esa época.

La trama y la historia son magníficas. Todo muy bien hilado y con unos personajes con carisma, en especial Sira, la protagonista. La evolución que tiene a lo largo del libro es increíble. Está escrito en primera persona, en pasado. Es decir, que es la misma Sira la que nos cuenta lo que le ocurrió y aunque no creo que sea un error, igual se hubiera estado escrito en presente, la evolución del personaje habría sido incluso más espectacular.

Hay una segunda parte y no me lo esperaba. El final queda muy abierto, pero queda bien abierto. Para que el lector se imagine lo que quiera. Personalmente me gustó que se quedara así. Imagino que el tirón de la historia habrá dado pie a que haya una segunda parte. La leeré, pues Sira ha sido un buen personaje. Un buen personaje femenino que compite cara a cara con los hombres, incluso en los tiempos convulsos en los que le toca vivir.

En el año 2013 se realizó una adaptación a la pequeña pantalla de esta novela. No la he visto, pero si han sido fieles, tiene que ser una serie bastante buena.

*

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El príncipe cautivo I. El esclavo. C.S. Pacat. Reseña



Título: El príncipe cautivo I. El esclavo.
Título original: Captive Prince.
Autora: C.S. Pacat.
Año de publicación: 2015.
Género: Fantasía. Romance. LGBT.
Puntuación: 7,5 sobre 10.


IBA A SER REY, PERO SE CONVIRTIÓ EN ESCLAVO.

El príncipe cautivo: El esclavo es el comienzo de una trilogía de fantasía romántica y oscura, donde nada ni nadie es lo que parece. Quien menos esperas puede ayudarte o traicionarte…

Damen es un guerrero y un héroe para los suyos, así como el heredero legítimo del trono de Akielos. Pero cuando su hermanastro se hace con el poder, lo capturan, le arrebatan su identidad y lo envían a servir al príncipe de una nación enemiga como esclavo de placer.

Su nuevo amo, el príncipe Laurent, es guapo, manipulador, mortífero y encarna lo peor de la corte de Vere. Pero en la letal telaraña política de la corte vereciana, nada es lo que parece y, cuando Damen se ve en medio de una pelea por el trono, tiene que unirse a Laurent para sobrevivir y salvar su país.

Para Damen solo hay una norma: no revelar jamás su verdadera identidad, porque el hombre a quien necesita es aquel que tiene más razones que cualquiera para odiarlo…



Ha sido una lectura entretenida, aunque me costó un poco meterme en la historia. Es un mundo nuevo, del que no conocía nada y las normas de esa sociedad me han resultado un tanto difíciles de entender. Además, es una novela con una trama de esclavitud, de menores también, y violaciones sociales. Donde nada de eso está mal visto y, al igual que Damen, me chocaba que todo el mundo lo viera como algo normal.

También me costó por el personaje de Laurent, aunque más que por él, por los comentarios que hacían el resto de los personajes sobre él. Es verdad que siempre se mostraba como alguien frío y distante, pero más que decirlo, para mí habría quedado mucho más creíble con acciones. Las hay, es verdad, pero nos queda más claro por lo que dicen de él, que por lo que el mismo Laurent hace.

Tampoco me esperaba la relación entre los protagonistas. No era lo que me había imaginado. Iba con la idea de que es una novela de romance entre ellos, pero no llegan a intimar en este libro, y esperaba que, al final, terminaran juntos, de una forma o de otra. Cierto es que es una trilogía, imagino que la chicha vendrá más adelante, pero la autora lo está aplazando tanto, que cuando llegue el momento va a tener que ser espectacular.

Sobre la historia, creo que está bien llevada. El motivo por el que Damen tiene que esconder su identidad me parece muy creíble, es potente, y algo me dice que eso va a ser un problema en el futuro.

A pesar de que me costara entrar en la historia, acabó gustándome. Leeré los siguientes.

*

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Almendra. Won-Pyung Sohn. Reseña



Título: Almendra.
Título original: 아몬드 (amondeu).
Autora: Won-Pyung Sohn.
Año de publicación: 2017.
Género: Novela juvenil, drama.
Puntuación: 8 sobre 10.

Almendra es una historia sobre crecer, descubrirse a uno mismo y aceptar que la ayuda no siempre viene por donde la esperamos.
Yunjae tiene dieciséis años, está en la edad de las emociones desbordadas, el amor y la rabia. Pero las amígdalas de su cerebro son pequeñas, más pequeñas que una almendra y, como consecuencia, Yunjae es incapaz de sentir nada.
Educado por su madre y su abuela, aprende a identificar las emociones de los demás y a fingir estados de ánimo para no destacar en un mundo que pronto lo tachará de extraño. «Si tu interlocutor llora, tú entrecierra los ojos, baja la cabeza y dale una suave palmada en la espalda», le dice su madre. Así construye una aparente normalidad que se hace trizas el día en que un psicópata ataca a ambas mujeres en la calle. Desde entonces, Yunjae debe aprender a vivir solo, sin deseo de derramar una lágrima, sin tristeza ni miedo ni felicidad.
A Yunjae le tienden la mano personas improbables: un antiguo amigo de su madre, una chica capaz de romper certezas e incluso un abusón con más afinidad de la esperada. Los tres quebrarán la soledad del protagonista de Almendra.
Una novela breve y lacerante en la que solo la empatía puede llevar a la esperanza.



Nunca había leído una historia en la que el protagonista sintiera y pensara de esta manera y aunque no sé si la realidad se asemeja a lo aquí escrito, me ha gustado mucho lo ha llevado la autora. A pesar de que el protagonista no puede sentir, es un libro que está lleno de sentimientos. Están de todo tipo, desde el amor fraternal, el amor a la pareja, el odio, la envidia, la tristeza, la soledad, la alegría. Una historia que explora ese lado humano, ese lado del cerebro que el protagonista no tiene desarrollada, pero que leemos en cada una de sus páginas.

Lo único que no me ha convencido del todo es el final, y por eso mi nota no es más alta. No sé si científicamente es posible que el personaje evolucione de esa manera, si es así, me alegro mucho, por él, pero sobre todo por las personas reales que tengan el mismo problema. Aunque en la historia me ha parecido un final feliz un poco forzado.

*

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¡Un saludo!



Doscientas millas. Relato

Los últimos rayos del sol se escondían por el horizonte cuando un chico de quince años, delgado como un palo, salía del interior de la mina. La capa gris que le cubría camuflaba su pelo rojo, las pecas de sus mejillas y la alegría que siempre le acompañaba.

—Descansa, Joe. Hoy ha sido un día duro y has trabajado bien —le dijo uno de los hombres que emergió de la tierra junto a él.

—Gracias, señor Harper. Dele recuerdos a su mujer y cuide del pequeño Tom —respondió Joe, escondiendo su desánimo detrás de una sonrisa amable.

—Hay que ver qué chaval tan atento. —El hombre le revolvió el pelo con una mano igual de sucia que el rostro de Joe y le dio una palmada en la espalda antes de despedirse de él—. No trabajes mañana mucho en el rancho de los Rogers —añadió, guiñándole un ojo.

El chico asintió con la cabeza, confuso, sin saber a qué se refería con ese gesto de complicidad.

Joseph Phelps, Joe, como todo el mundo lo conocía, se despidió de sus compañeros y se separó del grupo de mineros. Los hombres se dirigieron a sus hogares, donde les esperaban sus familias con una comida caliente y unas amorosas sonrisas. Él, en cambio, se dirigió al centro del pueblo. Su casa, una pequeña cabaña de madera de una sola habitación, construida en el extrarradio, siempre le recibía con una fría bienvenida, y aquella noche él necesitaba compañía: era su cumpleaños. Dieciséis años que nadie, hasta ese momento, había recordado.

Joe, conocido por todos por su afable sonrisa y buen humor, era huérfano. El párroco del poblado lo encontró en la puerta de la iglesia una noche de primavera de 1846. Nunca supieron qué pasó con su madre, y padre jamás hubo. Fue un niño criado por todos, alimentado con caridad y vestido con retales de aquí y de allá. Pronto aprendió que un gracias, señor, y un déjeme que le ayude, funcionaban mejor que los gritos, los insultos o los empujones. Y con pocos años se ganó el cariño de toda la gente de Thunder Peak, un pequeño poblado ubicado cerca del río Laramie, en el territorio de Utah.

Joe, minero a jornada completa, y vaquero esporádico, tenía un sueño: quería ver mundo. Quería conocer qué había más allá de la mina, de los límites del rancho de los Rogers, del Fuerte John y del río Laramie, lo más lejos que había llegado hasta ese momento. Pero, sobre todo, Joe quería ver el mar. Soñaba con las historias que Saul, el tabernero, le contaba de San Francisco. Las olas, las gaviotas y el olor salado que se queda pegado en la lengua. Él quería vivir aquello y dejar de sentir en su boca el polvo de la mina o el heno de los caballos.

Subió los tres peldaños que daban acceso al porche del salón y empujó las puertas abatibles.

—¡Ey, Joe! ¿Qué pasa, chico? Siéntate —le saludó Saul. Dejó en la barra el trapo con el que estaba secando unos vasos y se dirigió a la cocina que había en la parte de atrás del local—. Sally, Joe está aquí, y parece un muerto de hambre.

—¡Marchando un buen guiso para ese niño de pecas preciosas! —Se oyó la voz de una mujer desde el fondo.

—¿Pecas? ¿Dónde? En esa cara hay más mierda que en un estercolero. ¿Por qué no subes a lavarte un poco, chico? Ya sabes que a Sally no le gusta que la gente coma de cualquier manera.

—No tendremos vajillas de oro, pero no somos unos pordioseros —dijo Joe, repitiendo lo que la mujer tantas veces decía a lo largo del día.

—Exacto.

—Gracias, Saul.

—De nada, chico —contestó el hombre, palmeándole la espalda.

Saul y Sally eran una pareja extraña. Polos opuestos. Saul era alto y enjuto, Sally baja y oronda. A Saul le gustaba hablar con todos los que pusieran medio pie en la taberna, Sally prefería la soledad de su cocina. Sin embargo, los dos coincidían en el cariño que sentían por Joe. Ese chico al que le habían dejado libre una habitación en la parte de arriba del edificio, al lado de la suya, lejos de los huéspedes ocasionales que pernoctaban en aquel pequeño poblado rumbo a cualquier parte.

Joe subió las estrechas escaleras y entró en la habitación. Era más pequeña que su cabaña, sin embargo, allí siempre se sentía en casa. Cogió el aguamanil que había a un lado de la cama, vertió el agua en la jofaina y se aseó con esmero sin apartar la vista del cuadro que había encima del lavamanos: un lienzo de San Francisco, con el mar de fondo, que el mismo Saul había pintado para él.

Cuando su piel blanca apareció debajo de la capa gris que la cubría, su humor mejoró considerablemente, se atusó el cabello lo mejor que pudo y bajó al salón. En una mesa, la más cercana a la chimenea, Sally le había colocado un cuenco enorme de un caldo humeante acompañado con un trozo de pan recién horneado y un vaso de güisqui.

Saul le guiñó un ojo desde la barra y siguió charlando con un chico que Joe había visto en varias ocasiones. Era un chaval raro con el que no sabía muy bien cómo tratar. Unos días le saludaba con una gran sonrisa y amabilidad, haciendo bromas con todos y riéndose a carcajadas por cualquier cosa. Otros, en cambio, pasaba de largo o le miraba con el ceño fruncido, justo igual que el día anterior.

«Ese chico tiene un problema. Son dos personas diferentes viviendo en el mismo cuerpo», pensaba, sin poderse creer lo simpático que era en ese momento.

Siempre llegaba con un caballo a punto de desfallecer y, cuando se marchaba, lo hacía al galope, espoleando al animal sin ninguna misericordia.

Cuando Joe terminó de comer el chico salió del salón en dirección a los establos.

—¿Quién es? —le preguntó a Saul, sentándose en el taburete que se acababa de quedar libre.

—Uno de los chicos del Pony Express.

—¿Del qué?

—El Pony Express —repitió el tabernero, señalando con el dedo un cartel que había pegado al lado de la puerta del salón.

Nadie se había molestado en enseñarle a leer, así que Joe solo pudo entender un par de palabras. Delgado, huérfano y bueno montando. Aunque toda su atención se la llevó los veinticinco dólares a la semana que ofrecían. No necesitó entender nada más.

—¿Qué es el Pony Express?

—Un servicio de correos que va desde Missouri hasta California en diez días o menos.

—¿Y eso es poco tiempo?

—Muy poco. Hay que cruzar casi el país entero de una costa a otra. Las diligencias actuales tardan casi un mes.

—¿Por qué pagan tanto?

—Bueno, tampoco es mucho, aunque es bastante más que tu salario de minero. Pero hay que tener en cuenta que es un trabajo peligroso. Para recorrer esa distancia en tan poco tiempo tienen que cabalgar muy deprisa, con el riesgo de caídas que eso conlleva. Además, nadie te asegura que no vayas a ser atracado por el camino.

—Por eso lo de huérfano.

—Sí, es un trabajo arriesgado.

—Pero compensa —dijo de pronto una voz a su espalda. El chico acababa de regresar y se sentó al lado de Joe—. Si te gusta conocer sitios nuevos y viajar, es un trabajo perfecto. Nosotros somos de un pequeño pueblo cerca de St. Jospeh, y uno de mis hermanos llegó a San Francisco hace unas semanas. Imagínate.

Joe lo miró fascinado, pensando en las posibilidades que ese trabajo podría ofrecerle.

—¿Tus hermanos también trabajan en el Pony Express?

—Sí. Seguro que los has visto alguna vez. Uno se fue ayer.

Joe lo miró con la ceja levantada.

—¿El chico de ayer no eras tú?

—No, era Sidney, mi hermano mellizo —contestó con una carcajada—. Somos trillizos: Sidney, Jim y yo, Tom.

—Ya veo…

Joe, ese chico poco hablador y precavido que siempre pensaba antes de actuar. Joe, que soñaba con salir de aquel poblado de menos de un centenar de habitantes, pero que nunca se había atrevido a alejarse más de veinte millas. Joe, que ansiaba con ver el mar, pero trabajaba bajo tierra.

—Joe es bueno cabalgando, rápido y eficiente —dijo Saul, sabiendo que el chico no iba a decir nada—. Y le gusta viajar.

—¿Sí? Mis hermanos y yo cubrimos esta zona, pero no nos vendría mal tener a alguien más.

—Yo… yo… Trabajo en la mina, y ayudo a los Rogers y… —balbuceó el aludido, mirando con pánico al tabernero.

—Siempre puedes cambiar de trabajo. Piénsatelo —contestó Tom mientras se dirigía a las escaleras que daban a las habitaciones—. Mañana por la tarde me voy, si decides unirte a nosotros, díselo a Saul y yo te diré algo cuando regrese. Yo, o uno de mis hermanos.

Joe y Saul se quedaron en silencio durante unos minutos. El chico se mordía el labio. Las dudas le asaltaban. Serían unas jornadas largas y muy fatigosas, con la amenaza constante de una caída y asaltos, sin embargo, le ofrecía algo que siempre había querido, salir de allí, ver mundo. Y aunque fuese peligroso, trabajar en la mina también lo era.

—Hazlo, chico. Thunder Peak siempre estará aquí, puedes regresar en cualquier momento, pero igual nunca se te vuelve a presentar una oportunidad como esta. Además, como Daniel Rogers se entere de lo que haces por las noches con su hija, te va a meter la escopeta por el culo.

—¿Lo sabes? —Joe tragó saliva con fuerza y lo miró con recelo.

—Os han visto un par de veces. Ya sabes el temperamento que tiene el padre de Becky y como la dejes embarazada… —Se pasó una mano por el cuello de izquierda a derecha en un gesto dramático—. Toma el trabajo, márchate y ve mundo. Y si algún día llegas a San Francisco, dale recuerdos de mi parte.

Joe se quedó en silencio, Saul tampoco dijo nada, dejándole tiempo para asimilar y pensar en lo que aquello suponía.

—¿Me echaréis de menos? —preguntó el chico, finalmente.

—Como al hijo que nunca tuvimos —aseguró Sally, de pronto, abrazándolo por la espalda—. Feliz cumpleaños —añadió, colocando en sus manos un pequeño paquete envuelto con papel de periódico.

*

Amanecía cuando Joe llegó al salón. Uno de los trillizos le estaba esperando en la puerta y rogó por que fuera Tom.

—Este es tu caballo —dijo uno de los hermanos en un tono frío, casi sin mirarle a la cara.

Joe farfulló para sí mismo. Tenía decenas de dudas y cientos de cosas que preguntar, sin embargo, aquel chico no le inspiraba ninguna confianza, ni tampoco parecía dispuesto a dar más explicaciones de las necesarias.

—¿Te has aprendido el trayecto? —preguntó Sidney, indiferente a su malhumor. Joe asintió—. Ya sabes, seis paradas, cambias el caballo lo más rápido que puedas en cada una de ellas y sigues hasta Split Rock. Unas doscientas millas. Es un terreno bastante plano, así que, si no tienes muchos contratiempos, deberías llegar allí mañana antes del atardecer, y más te vale que no te pille la noche.

¿Qué hago si no llego antes? ¿Y si me pierdo? ¿Hay indios por ahí? ¿Forajidos? Cientos de preguntas, pero Joe se limitó a asentir, intimidado por su seriedad.

—¿Has practicado cómo debes atar y desatar el bolso con las cartas? —Joe volvió a asentir—. Ese bolso es lo más importante, más que tú mismo, ¿me has entendido?

Joe volvió a asentir. Se subió al caballo, las piernas le temblaban y el corazón le latía con fuerza. Emoción, nervios, una aventura por delante y el horizonte ante él.

—Ten cuidado, chico —se despidió Saul desde la puerta del salón.

Joe, ese chico al que todos en Thunder Peak querían, salió del poblado al galope, en un caballo que más bien parecía un pony, llevando las cartas e ilusiones de otros y persiguiendo sus propios sueños.

*

Nunca había corrido tan rápido como en ese momento. Pasó por delante de su pequeña cabaña con el corazón en un puño y los sentimientos encontrados. Sabía que aquella no sería la última vez que estuviera allí, sin embargo, estaba a punto de dejar atrás todo lo que conocía y la incertidumbre a lo desconocido amenazaba con hacerle caer del caballo.

Agarró las riendas, aferrándose a ellas como una balsa en un río de fuertes corrientes y cruzó el terreno de los Rogers al galope sin girarse hacia la casa principal. Cabalgó raudo, con la vista puesta en el frente, sin pensar, tan solo dejándose llevar. El viento diluyó una parte del miedo que lo atenazaba y cuando el Fuerte John quedó atrás, las ansias por descubrir el mundo empezaron a hacerse un hueco en su interior.

El caballo puso una pezuña en el vado del río y Joe miró a su espalda por primera vez. En cuanto llegara a la otra orilla sería lo más lejos que habría estado de su casa en toda su vida. Tomó aire y continuó. Sus últimas dudas quedaron en las aguas del río Laramie y cuando los cascos del animal tocaron de nuevo tierra firme, la sonrisa en su rostro era deslumbrante.

Joe, huérfano, minero y vaquero a tiempo parcial. Joe, un chico de dieciséis años que apostó fuerte y descubrió la libertad en un bolso de cartas, a lomos de un caballo.

*

El sol estaba en su punto más alto cuando vio por primera vez la silueta del indio. Estaba a varias millas de distancia, sin embargo, el chico sentía la intensidad de su mirada clavada en su nuca. Llevaba un águila sobre el hombro y cada vez que el caballo de Joe aminoraba la marcha la rapaz dejaba a su dueño y los sobrevolaba, en una clara advertencia.

Cambió la montura por quinta vez, hizo una pequeña parada para ir al baño y comer algo en la taberna del poblado y siguió su rápida cabalgada hacia el oeste, en dirección a su destino final. La figura del indio se quedó al otro lado del pueblo y el chillido del águila encima de su cabeza le despidió. Los siguió durante una milla y cuando regresó con su dueño, Joe no tuvo tiempo de suspirar aliviado. Dos jinetes salieron a su paso. Llevaban un rifle en la mano y sus rostros no mostraban ninguna expresión amigable.

—Mierda —farfulló sin saber qué hacer.

Sidney le había dicho que fuera listo y, si algo así pasaba, valorase bien la situación. No llevaba nada de valor, tan solo un montón de cartas en las que probablemente los forajidos no estarían interesados. ¿Cómo son sus monturas? ¿Parecen rápidas? ¿Están cansadas? ¿Llevan armas? Observa, piensa y actúa. Fue su consejo. Tu vida vale más que cualquier carta. Había añadido Saul.

Era su primer viaje y no quería fallar. Así que se hizo pequeño, espoleó a su caballo para que siguiera hacia delante y aprovechó la inercia que llevaba para arrojarse sobre ellos. Su montura no era muy grande, sin embargo, era un animal fuerte y el golpe descabalgó a uno de los hombres. Escuchó varios disparos, pero ninguno dio en el blanco y continuó azuzando al caballo para que siguiese galopando más y más rápido. Vio por el rabillo del ojo que una figura les seguía, oía sus maldiciones y los disparos, pero Joe no se amilanó.

—Corre, chico. Corre —le susurró a su caballo, pegándose contra su cuello.

Los persiguió durante un centenar de yardas. Las monturas resollaban, pero la adrenalina mantenía el cuerpo de Joe en tensión. Al final la resistencia se impuso a la velocidad y el bandido fue perdiendo terreno. Le despidió con un último disparo que tampoco dio en el blanco y Joe gritó eufórico.

El cielo se empezaba a tornar naranja cuando Joe, ese chico que arriesgó y ganó, entró en Split Rock.

—Lo he conseguido, doscientas millas —murmuró, mientras bajaba del caballo delante de la taberna que daba fin a ese primer viaje.

—¿Todo bien? —le preguntó Tom, que salió a recibirlo.

—Todo bien. ¿Cuándo es el siguiente viaje? —contestó, con la emoción todavía recorriéndole el cuerpo.

*

El Pony Express anunció su cierre cinco meses más tarde, dos días después de que se enviara el primer mensaje transcontinental con un telégrafo. Cinco meses en los que Joe recorrió doscientas millas de aquí para allá, acercándose y alejándose de su hogar. Pasó por Thunder Peak una decena de veces, regresó en seis ocasiones y se marchó en siete.

Forajidos hubo unos cuantos, por suerte, sin muchos contratiempos, y nunca llegó a tener problemas con los indios. Aunque la silueta lejana y el águila le sobrevolaron en varias ocasiones. Vio la nieve, cabalgó en días de lluvia y bajo un sol abrasador. Recorrió desiertos, montañas y lagos. Poblados más pequeños que Thunder Peak y asentamientos enormes en los que necesitó un mapa para orientarse. Todo de paso, con una o dos noches de descanso como mucho.

—¿Está muy lejos San Francisco? —le preguntó al tabernero del último salón en el que se hospedó bajo la protección del Pony Express.

—Unas doscientas millas.

Joe sonrió ante la casualidad.

—¿Cuánto se tardará en recorrer doscientas millas a paso normal?

*

Las pecas se perdían entre las arrugas que la vida le había regalado a Joe. Ese Joe, con muchos más años que cuando salió de Thunder Peak, seguía siendo un chico alegre, casi septuagenario, que, desde el porche de su casa miraba las olas del mar, se deleitaba con el graznido de las gaviotas y saboreaba el olor salado que se le quedaba pegado a la lengua.

Joe, ese huérfano que llegó a San Francisco con un puñado de monedas y una mochila llena de ilusiones. Joe, ese chico que aprendió que en la vida no existe la suerte, sino atreverse a dar el paso. Joe, ese hombre que, sin apenas saber leer o escribir, creó su propia empresa. Joe, ese marido que compró una casa al lado del mar para su familia. Joe, ese padre que le dio a sus seis hijos todo lo que él no tuvo en su infancia. Joe ese viudo que lloró la muerte y se volvió a levantar. Joe, ese anciano con la mirada puesta en el infinito, allí donde el mar se fundía con el cielo.

Joe, el que se atrevió, el que persiguió sus sueños y vivió sin nada que lamentar.

Joe, con la brisa del mar envolviéndole, sonrió satisfecho, cerró los ojos y aspiró el sabor del mar una última vez.


*

Esta historia llegó sola. Marta, una chica que tiene una newsletter llamada Postales de domingo, envió un correo en el que hablaba del Pony Express. Y conforme leía lo que nos contaba, mi cabeza empezó a imaginarse una historia. Fue instantáneo. Leer, imaginar e hilar. Fue algo inconsciente y cuando su correo acabó me quedé con un sentimiento extraño, con la sensación de que ahí había algo de lo que podía tirar. Una historia que quería ser contada.

La idea empezó a germinar. Al principio se quedó en el momento en el que Joe decide marcharse, pero me quedaba cojo. Sentía que no había acabado. Luego conté un poco por encima sus peripecias en el Pony Express, sin embargo, tampoco me convencía. Notaba que la historia necesitaba más. Necesitaba el Pony Express, su camino, sus paisajes, sus obstáculos... Pero me paré. Si me ponía a desarrollar todo lo que la historia me pedía, este relato acabaría siendo una novela.

A pesar de no haberla dejado volar todo lo que me pide, creo que no ha quedado mal. Y, quién sabe si en algún momento le haga caso y la continúe.

Como detalle curioso extra, todos los nombres están sacados de la novela de Tom Sawyer. No tengo mucha idea de cómo se llamaba la gente de esta época, y esa historia ocurre justamente en los años en los que está ambientado este relato.


*

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¡Un saludo!



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