Juego de tronos



El olor a muerte fue lo que le dio la bienvenida, y en cuanto abrió la puerta, Philippe supo que había llegado tarde.

Dos días atrás, una paloma enviada por su tía llegó al monasterio con una misiva apremiante: su padre había enfermado de forma inesperada, y ni los cuidados de las monjas o las plegarias habían servido para que su estado de salud mejorase. El obispo le había dado la extremaunción, y nadie sabía cuánto tardaría en unirse con el Señor.

Se puso en marcha de inmediato. Cabalgó casi sin descanso durante dos jornadas, mas toda la premura fue en vano: cuando llegó, al amanecer del tercer día, su padre acababa de exhalar su último aliento.

Entró en la habitación del monarca y se acercó a la lujosa cama con paso tembloroso; en el centro de ésta se encontraba su padre. Tenía los ojos cerrados y una tranquila expresión en el rostro. Si no fuese por el enfermizo color amarillo que se había aposentado en su cara, Philippe habría pensado que tan solo dormía.

A ambos lados del lecho, su tía, y su gemelo, velaban por el recién fallecido. Philippe colocó una mano sobre el hombro de su hermano y se agachó a su lado.

—¿Qué ha ocurrido, Louis? —preguntó con la voz cortada.

Su hermano se encogió de hombros y, cuando sus miradas se encontraron, vio en sus ojos el mismo pesar que debía haber en los suyos. Ser testigo de aquella aflicción en su hermano mayor, el más fuerte de los dos, le causó un enorme dolor, y tuvo que apartar la vista para que las lágrimas no le traicionaran. Louis se levantó con brusquedad y salió de la habitación con rapidez. Philippe quiso seguirlo: odiaba verlo así, sin embargo la voz de su tía lo hizo detenerse.

—Déjalo solo. Lleva dos días cuidando de vuestro padre.

—¿Qué ha pasado?

—Nadie lo sabe —respondió la mujer con voz compungida. Alargó una mano hacia el cuerpo del difunto y tomó una mano entre las suyas—. Ocurrió de improviso. Un día estaba bien, y al siguiente yacía en cama sin poder levantarse. Le dieron fiebres altas, y todo lo que comía lo devolvía. Nadie pudo hacer nada por salvarlo.

Philippe vio cómo una única y solitaria lágrima caía con lentitud por la mejilla de su tía. Se levantó y depositó en la frente del fallecido un suave beso.

—Que Dios te acoja en su gloria, hermanito.

Aquellas palabras hicieron que Philippe sonriera con tristeza. El hombre que se encontraba en la cama estaba lejos de ser pequeño pero, para ella, su padre siempre fue, y sería, su hermano pequeño.

La mujer se levantó y se dirigió hacia la salida, pero antes de abrir la puerta se giró hacia él.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—¿A qué se refiere? —preguntó confuso.

—El rey ha muerto, y el trono está vacante.

—Louis será quien lo herede. Es el mayor, y es lo que padre quería.

—¿Lo era? ¿Estás seguro de eso? ¿A quién envió tu padre a Roma en peregrinación para que fuese bendecido por el Papa? —preguntó acercándose a él—. ¿Quién fue instruido en el arte de la lectura, escritura, pintura y entendimiento de las Sagradas Escrituras? ¿Quién se quedaba por las noches, en estos mismos aposentos, a recibir valiosas lecciones de vida, política y guerra? ¿Era tu hermano? —Philippe negó con la cabeza, y la mujer se arrodilló delante de él—. No, no fue Louis; fuiste tú. Él quería que fueses su heredero, por eso te preparó para ello.

—Pero Louis…

—Louis es un guerrero —dijo interrumpiéndolo—, un magnífico combatiente; mas no tiene cabeza para ser rey. ¿Crees que sabría lidiar con las intrigas de la corte? No. ¿Y los ataques de los bárbaros? Llevamos sufriéndolos desde hace años, y nada de lo que hemos hecho hasta ahora los ha frenado; su estrategia no será diferente, y jamás nos libraremos de ellos. Pero tú tienes una mente sagaz, eres inteligente, y seguro que darás con una manera para echarlos definitivamente de nuestras tierras.

Philippe la miraba con asombro e incredulidad, mas las palabras hicieron mella en él. Y cuando la mujer se levantó, sus ojos tenían una férrea determinación.

—Haz honor a tu padre. Llévanos a la grandeza, y ocupa el puesto para el que fuiste elegido y educado —dijo la mujer antes de abrir la puerta y marcharse.


Las jornadas fueron pasando, y las palabras de su tía se le anclaron con fuerza en la cabeza. Quería a su hermano, sin embargo, cada vez que lo veía no podía evitar pensar si sería un buen rey. No era un diplomático, no sabía hablar ni tenía don de gentes; su única estrategia sería la lucha, y aquello sería el fin del país.

Sus ojos se clavaron en él. Estaba en mitad del patio de entrenamiento enfrentándose a tres adversarios al mismo tiempo y, cuando cayeron al suelo, sus miradas se encontraron. Fue solo un segundo, un instante, pero todo quedó claro entre ellos: eran familia; hermanos; gemelos, empero se habían convertido en enemigos, pues ambos se sentían merecedores de suceder a su padre.

El honor de su nombre



El termómetro del coche marcaba una temperatura exterior de quince grados bajo cero; el asfalto estaba mojado y Hayato tuvo que disminuir la velocidad para evitar derrapar en la oscura carretera.

—No te preocupes, querido. No tenemos prisa en llegar —dijo Sigrid, colocando una mano sobre su rodilla.

Hayato la miró durante unos segundos, sonrió con cariño y asintió con la cabeza. Se mantuvieron en un tranquilo silencio durante varios minutos, con el único sonido de la radio de fondo.

«Pi, pi, pi, piiii

—Son las cuatro de la tarde de este siete de diciembre de 2026 y estáis escuchando NRK Alltid Nyheter. Mi compañera, Helga, y un servidor, Jarl, os acompañaremos durante la siguiente hora. No hace falta decir el frío que hace en el exterior, pero atención a los que se encuentren en la carretera por los alrededores de Oslo, pues estamos en alerta naranja por fuertes tormentas y riesgo de…».

La señal de la radio se perdió cuando una intensa lluvia comenzó a caer. En cuestión de segundos la visibilidad se redujo a un par de metros y Hayato lanzó una exasperada maldición al aire al tener que volver a disminuir la velocidad.

—¿Hayato-chan?

Ante aquel apelativo el hombre cambió su expresión de frustración y miró a su acompañante con una ceja levantada y una sonrisa divertida en los labios.

—Dime, Sigrid-chan —respondió haciendo énfasis en la última palabra.

—Te quiero. —Se acercó a él y le dio un suave beso en la mejilla. Sus ojos tenían un brillo travieso y juguetón, como de una adolescente. Aunque las arrugas de su cara demostraban que hacía ya mucho tiempo que había dejado aquellos años atrás.

—Yo también te quiero —contestó Hayato dedicándole una mirada llena de amor.

Ninguno vio llegar al camión. El conductor perdió el control del vehículo, derrapó y se estrelló contra ellos.


Recorrí una última vez los pasillos de la biblioteca para asegurarme de que no quedaba nadie dentro, luego apagué las luces y cerré la puerta de servicio con llave. Llevaba trabajando en la Biblioteca Nacional de Oslo desde hacía ocho años, y estaba bastante satisfecho con ello. Me apasionaba leer y adentrarme en mundos desconocidos. Aquellas historias hacían volar mi imaginación, aunque siempre supe que solo leerlas, ser un mero espectador de los hechos, se me quedaba corto: lo que yo quería era ser parte de ellos, vivirlos en mi propia piel dando vida a los personajes. Cuando era pequeño, y hasta bien entrada la adolescencia, soñaba con que me volvía un actor famoso, vivía en una enorme mansión en la soleada y cálida Los Ángeles, y encima de mi chimenea, que jamás necesitaba encender, tenía una colección inmensa de premios Óscar.

Sin embargo, aquello solo se quedó en eso: un sueño. Jamás me atreví a dar el primer paso. Quizá fue por esa vergüenza y timidez que no me dejaban ni cantar delante de nadie más que no fuese mi propio reflejo. El arraigado miedo que tenía a hacer el ridículo. O quizá, la respuesta más sencilla, era la falta de coraje. Era demasiado cobarde como para decirle a mi padre que, no solo dejaba la carrera de economía, sino que iba a estudiar artes escénicas… Solo de pensar en esa conversación hacía que todo mi cuerpo se estremeciese de miedo.

Y así acabé; con un título de Historia del arte bajo el brazo y un trabajo que me satisfacía al setenta por ciento. No estaba mal, había muchos en una situación peor que la mía.

La lluvia había comenzado a caer hacía varias horas con fuerza y de manera ininterrumpida. Eso, junto con el gélido frío, hacían de aquella tarde de invierno un día especialmente desapacible. Lancé un hastiado suspiro al aire, me subí hasta arriba la cremallera del abrigo, y justo cuando iba a ponerme los guantes, mi teléfono comenzó a sonar. No conocía el número, y respondí con inseguridad.

—¿Es usted Bjørn Matsumoto? —preguntó una voz muy amable, tanto, que los vellos del cuerpo entero se me pusieron de punta.

—Así es —respondí vacilante.

—Llamo del hospital universitario de Oslo. ¿Conoce a Hayato y Sigrid Matsumoto?

—Son mis padres. ¿Están bien? ¿Qué les ha pasado? —pregunté muy nervioso.

—Han tenido un accidente de coche. ¿Podría venir lo antes posible?

—¿Por qué? ¿Cómo se encuentran? ¿Ha sido grave?

—Lo siento. —Su voz sonó tan compungida, que al instante supe que algo terrible había ocurrido.

Pedí un taxi, y en algo más de un cuarto de hora llegué al hospital.

—¿Bjørn Matsumoto? —preguntó un enfermero en cuanto entré.

—Sí. Alguien me ha llamado y me ha dicho que mis padres están aquí—. Estaba tan ansioso por saber qué había ocurrido que casi me abalancé sobre él.

—Así es. —Me miró con tristeza y colocó una mano sobre mis hombros—. Siento muchísimo tener que decirle que sus padres han sufrido un accidente de tráfico. Su madre se encuentra en cuidados intensivos, hay que operarla lo antes posible, pero se niega a entrar en el quirófano hasta que no hable con usted.

—¿Y mi padre? —pregunté con un nudo en la garganta.

El hombre negó con la cabeza y apretó su mano sobre mi hombro.

—Falleció en el momento del impacto. Por desgracia, cuando la ambulancia llegó, no pudieron hacer nada para salvarle la vida.

Mi primera reacción fue de incredulidad. No era posible, no podía ser cierto. Mi padre era la persona más fuerte que había conocido en toda mi vida. Era imposible que estuviese muerto.

—Señor Matsumoto, siento mucho su pérdida, pero tengo que pedirle que me acompañe a la unidad de cuidados intensivos. Su madre…

—Está bien —respondí sin dejarle acabar. Tenía que verla, solo así sería capaz de creer que aquello no era un sueño: una terrible pesadilla.

El enfermero me condujo por los pasillos del hospital hasta que llegamos a un área restringida. Para poder entrar tuve que ponerme una bata, unos guantes y un gorro, así como cubrirme las botas con un plástico. Luego me guió hasta una habitación llena de máquinas. En el centro había una cama, y sobre ella estaba mi madre. Tenía la cara demacrada y respiraba con dificultad.

Me acerqué a ella, y cuando notó mi presencia, giró la cabeza hacia mí.

—Bjørn, mi niño. —Su voz sonaba muy débil y estiró las manos en mi dirección.

Las tomé con cuidado y me asusté por lo frías que estaban.

—Mamá… —sollocé acercando sus dedos a mi cara.

No era capaz de decir nada y ella me dedicó esa sonrisa que siempre conseguía tranquilizarme, sin embargo, en aquella ocasión no sirvió de nada.

—Bjørn, querido, necesito que hagas algo por mí.

—Lo que sea, mamá.

—Tienes que ir a casa. En el despacho de tu padre, dentro del armario de madera de la esquina, hay una caja fuerte. Ahí encontrarás una carta que escribió para ti.

La miré confuso, sin entender por qué estaba diciendo aquello. Mi padre nunca permitía que nadie entrase en su despacho; ni siquiera ella. Era su refugio: donde había llevado un trocito de su adorado Japón, y donde se encerraba durante horas. Cuando era pequeño y aún vivía en aquella casa, estaba obsesionado con esa habitación. Siempre que la puerta se encontraba entreabierta, intentaba echar un vistazo en el interior. Jamás llegué a poner un pie dentro; aquel sitio era un lugar inexplorado para mí.

—Prométeme que leerás la carta y harás lo que tu padre te pide —rogó mirándome a los ojos.

—¿Por qué? ¿Qué hay ahí escrito?

—No lo sé, mi niño. Pero tienes que prometerme que lo harás. Era la última voluntad de tu padre, y también es la mía.

—No digas eso, mamá. No vas a morir aquí.

Ella me sonrió con ternura, alargó una mano y me tocó una mejilla con sus fríos y temblorosos dedos.

—Prométemelo —insistió.

—Lo prometo, pero no sé dónde está la llave ni cuál es la clave de la caja fuerte.

—La llave está debajo de Fudō Myō-ō, y la clave es el momento más feliz de nuestra vida: veintinueve, cero, dos, noventa y dos.

Al escucharla, no pude evitar que las lágrimas cayesen por mis mejillas. Nunca hubiese pensado que el momento más feliz de mi padre fuese mi nacimiento. El día de su boda no me habría extrañado, de hecho, me habría parecido completamente normal, sabía que mi padre adoraba a mi madre con todo se corazón. Pero que yo estuviese por encima de ella…

—Tu padre te quiso mucho más de lo que fue capaz de demostrarte —dijo leyendo con claridad lo que estaba pensando. Hizo un poco de fuerza sobre mi mejilla y me acerqué a ella hasta que sus labios tocaron mi frente. Dejó un frío beso allí y nuestras miradas volvieron a encontrarse—. Te quiero, mi niño.

Aquello me sonó como una despedida, como si fuesen las últimas palabras que saldrían de su boca, y lloré en silencio mientras unas enfermeras se la llevaban. De pronto, una mano sobre mi hombro me hizo regresar a la realidad. El enfermero que me había guiado hasta allí me miraba con los ojos llenos de pesar y una triste sonrisa.

—Hoy va a ser un día muy largo. Además, tengo que pedirle algo bastante desagradable: necesito que identifique el cuerpo de su padre.

Al escuchar sus palabras me estremecí por completo. No estaba seguro de si iba a ser capaz de hacer aquello. Nunca había visto un cadáver, y no estaba preparado para que el primero fuese el de mi padre.

—Si no puede, ¿podría decirme el nombre de algún amigo o familiar? —preguntó al darse cuenta de mi inseguridad.

—Mi padre no tiene ningún otro familiar —dije intentando que la voz no se me cortase—. Tenía…

—¿Y amigos?

—Mi madre era toda su vida —respondí negando con la cabeza. Tomé aire para darme fuerzas y recomponerme—. Yo lo haré.

—¿Está seguro?

—Soy el único que puede.

Mi voz sonaba vacilante, pues así era como me sentía, pero el enfermero asintió y me hizo acompañarle fuera de aquella área restringida. Me quité la bata, así como el resto de ropa que me había puesto para poder entrar, y antes de abandonar el lugar, miré con preocupación hacia atrás.

—En cuanto su madre salga de la operación se lo haré saber. Pero puede durar varias horas.

Le di las gracias en un susurro y dejé que me guiase por los pasillos del hospital hasta que llegamos a una habitación en la que la temperatura estaba mucho más baja que en el resto del edificio. Consultó unos papeles que había colocados al lado de la puerta, y luego se dirigió a unos refrigeradores enormes. Abrió la puerta número cuatro y tiró de una estructura metálica hasta sacarla al exterior. Encima de ella había un bulto cubierto con una sábana blanca; al darme cuenta de lo que era, tragué saliva con fuerza. El enfermero me hizo una señal para que me acercase, y cuando llegué a su lado, con paso lento y muy vacilante, apartó la parte de arriba de la tela.

San Martín


Antes de que las pezuñas tocasen el barro del que sería su nuevo hogar, el cerdo les dedicó a todos los animales que lo observaban una mirada altiva. Bajó del camión exudando arrogancia por cada uno de los poros de su arrugada piel y se dirigió a la pocilga con el morro alto y el rabo erguido.

Un burro de aspecto tranquilo, pero con unos marcados músculos ganados a base de horas y horas de trabajo en el campo, se encontraba delante de la entrada entorpeciéndole la marcha.

—Quítate de ahí, imbécil —dijo el cerdo con grosería.

El burro se volvió con lentitud hacia él y lo miró confuso.

—No me llamo Imbécil, sino Pepe —contestó en un agudo rebuzno.

—¿Y a mí qué más me da cómo te llames? Apártate de mi camino, estorbas —ordenó con un amenazador gruñido.

El burro Pepe no podía creerse que un desconocido pudiese ser tan desagradable, y lo miró extrañado. Aun así, prefería no meterse en problemas y se hizo a un lado sin decir nada más.

—Vaya nombre de mierda, no podía ser más vulgar —masculló el cerdo mientras entraba en la pocilga—. Pero qué se le va a hacer, no todos pueden tener mi glorioso nombre. —Una vez dentro se giró hacia el exterior y les dedicó una mirada presuntuosa a los animales, que lo miraban anonadados—. Soy Carlomagno y desde este momento seré vuestro emperador.

Sobra decir que hasta aquel día en la granja no había existido un jefe más allá del dueño. Jamás tuvieron un rey, mucho menos un emperador, y los animales no supieron cómo debían comportarse ante aquella figura.

El emperador Carlomagno se quedó con la mejor zona de la pocilga, siempre era el primero en comer y cuando les dejaban salir al prado, era el único que se podía tumbar en la sombra de La gran encina.

—Vosotros no tenéis el estatus suficiente para ello —decía con desdén.

Ninguno de sus congéneres sabía lo que era un estatus, por lo que estaban de acuerdo en que carecían de algo así, y se resignaron a apiñarse debajo de la sombra de una arboleda sin nombre.

Orgullo y prejuicio. Reseña


Título: Orgullo y prejuicio
Título original: Pride and Prejudice
Autora: Jane Austen
Año de publicación: 1813
Editorial: Anaya

Los Bennet son una familia que viven en la Inglaterra rural de finales del siglo XVIII. Tienen cinco hijas casaderas y la tranquila vida que llevan se ve completamente alterada por la llegada de dos jóvenes: Charles Bengley, rico, apuesto, amable y galán, y Darcy, más rico y apuesto que su amigo, pero orgulloso y altivo.

A la segunda hija de los Bennet, Elisabeth, el señor Darcy le resulta insoportable, sin embargo, a medida que van coincidiendo, la actitud orgullosa de él, y los prejuicios de ella van desapareciendo.


Opinión personal:

La verdad es que tengo sentimientos encontrados con esta novela. Por una parte disfruté con la historia y su lectura. Pero por otra parte, hubo momentos en los que se me hizo tremendamente lenta y tediosa.

La historia de amor entre los dos personajes principales, Elisabeth y Darcy, me pareció muy bonita. Cómo ella cambia de sentimientos hacia él, y cómo va evolucionando.

Sin embargo, a día de hoy, es una historia muy vista. Cuando la hermana menor se mete en problemas, y de pronto todo se soluciona a la perfección, sabía que había sido Darcy el que había mediado. Quizá, en aquella época, no había tantas historias de este tipo, pero en la actualidad es un recurso muy utilizado.

Las cartas se me hicieron un tanto largas, algunas innecesarias. Aunque lo que más me “molestó”, por decirlo de alguna manera, es que cuenta demasiado. En mi opinión hay trozos de la historia que deberían estar escritos en escenas, que veamos lo que pasa, cómo interactúan los personajes entre ellos, que digan las cosas, que las hagan, y no que nos lo cuenten. Eso le quita muchísima emoción a esta buena historia, y la hace terriblemente lenta.


Creo que si se hubiese mostrado más, en lugar de contar, habría caído prendada por Darcy, igual que la protagonista, pero tal y como está escrita, tan solo puedo llegar a tenerle un poco de afecto.

No estaba muy segura de si iba a gustarme o no, no soy mucho de leer novela romántica, y en un principio el tema, bailes, casamientos y marujeo no es lo mío, sin embargo, lo he disfrutado bastante. Creo que hay cosas mejorables, pero he pasado un rato entretenido mientras lo leía.

Nota: 7,5/10

*

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¡Un saludo!



Señoritas y plebeyos



En el intenso silencio que había en el tren cualquier pequeño sonido se amplificaba. Era una noche oscura, una densa capa de nubes cubría el cielo, y el frío del exterior se colaba por los resquicios de las puertas y las ventanas. Llevábamos parados en el mismo sitio desde hacía tres días, cuando una copiosa nevada cubrió las vías y el tren no tuvo más remedio que detenerse. El pueblo más cercano estaba a treinta millas de distancia, pero en aquellas condiciones nadie se atrevía a salir y buscar ayuda. El maquinista apareció en nuestro compartimento privado y nos instó a dirigirnos a los vagones de los plebeyos.

—Utilizaremos el carbón de la locomotora para caldear la habitación —dijo abriéndonos la puerta de segunda clase.

No pude evitar arrugar la nariz al entrar, el ambiente estaba muy cargado, y el olor a sudor lo inundaba todo.

—¿Cuánto tiempo tendremos que permanecer aquí? —preguntó una de las refinadas damas con las que viajaba llevándose un perfumado pañuelo al rostro.

—No lo sé, señoras, depende de la nieve —contestó el maquinista.

—¿Disponemos de comida?

—No somos muchos, con lo que tenemos podremos sobrevivir durante unos días. Y agua no nos va a faltar —añadió señalando el exterior.

—Bueno, si la espera se alarga, la plebe puede comer menos, ya están acostumbrados —dijo con desprecio.

Fue la primera en morir.

Aquella noche dejamos que el carbón se apagase un poco, lo suficiente para que la habitación no se enfriara; era imperioso no malgastarlo, al igual que las lámparas de aceite, y dormimos con la poca luz que las brasas del carbón daban.

Tuve un sueño intranquilo, interrumpido por las toses de los otros pasajeros y escalofríos que me recorrían el cuerpo entero cuando una ráfaga de aire se colaba en el interior del vagón.

Me desperté al amanecer, y lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro de aquella distinguida mujer petrificado en una expresión de terror, y un profundo corte en su cuello. Mi grito de espanto sobresaltó a todos los viajeros, y el maquinista apareció unos segundos más tarde.

—¡Qué horror! ¡Qué horror! —gritaban mis elegantes compañeras.

Tardé varios minutos en reponerme del susto, mas cuando lo hice, tomé la iniciativa de encontrar al asesino. Hacía unos meses me había aficionado a los libros de Sherlock Holmes, y aquella era la oportunidad propicia para probar mi intelecto. Sería como él, y averiguaría quién había matado a la mujer.

A lo largo del día hice mis pesquisas e interrogué a los pasajeros, sin embargo, cuando la noche cayó solo había conseguido averiguar que la plebe nos odiaba. Al acercarme a ellos sus miradas eran desconfiadas, y los pocos que me respondieron lo hicieron de malas maneras y con palabras hirientes.

La segunda noche no dormí nada. El miedo me atenazaba y le supliqué al maquinista que nos dejase una lámpara encendida.

—Por piedad —le rogué con lágrimas en los ojos.

—No puedo hacer distinciones, señorita. Si les dejo una a ustedes, debería hacerlo también con los otros pasajeros. Y nos quedaremos enseguida sin aceite.

—Pero hay un asesino entre nosotros. Aprovechará la oscuridad de la noche para volver a atacar —sollozó con miedo una de mis acompañantes.

—El resto de pasajeros corren el mismo peligro que ustedes —aseguró el maquinista.

—¿Quién va a querer matar a esas gentes pobres y sin encanto? —respondió, altanera, mi compañera de viaje.

Fue la segunda en morir.


Born to make history


Introduzco un mechón de su cabello dentro del gorro y le ajusto las gafas de buceo. Ella me mira con una sonrisa y le beso en la frente, orgullosa, de todo lo que ha conseguido.

No ha tenido una vida fácil. Desde que me enteré de que me había quedado embarazada, los problemas vinieron uno detrás de otro. Fueron treinta y cuatro semanas difíciles. Nació con más de un mes de antelación, y desde que dio el primer aliento, los médicos me dijeron que mi precioso bebé no sería como los demás; y ahora, dos décadas más tarde, les doy toda la razón.

Tardó tres años en aprender a andar y diez a leer. Ya es toda una mujer, pero escribe como un niño de primaria, y su vocabulario no es mucho mayor.

Desde que era pequeña la gente nos miraba con pena: «madre soltera y con esa carga, pobre mujer», pensaban, lo veía en sus miradas. Mas lo que nadie sabía era que mi preciosa niña había desarrollado mi afición por la natación hasta convertirla en su pasión. La piscina se volvió su segunda casa, y todas las dificultades que tenía fuera del agua, quedaban olvidadas.

Cuando cumplió quince años la inscribí en el club de natación de nuestra ciudad. Aún recuerdo las miradas que le dedicaron el primer día; había de dos tipos: compasión y menosprecio. Y en los labios de más de uno se adivinaron las palabras “tonta” y “retrasada”, pero ella no se dejó amedrentar. Se metió en el agua e hizo lo que mejor sabía hacer: nadar. Los dejó a todos atrás. Nunca me había sentido tan orgullosa de ella como en ese momento; en el que calló bocas sin decir nada, sin agresividad o arrogancia. Y en unos meses se ganó el respeto y admiración de sus compañeros.

La alegría y el tesón siempre han sido su insignia. En poco tiempo dejó de tener rivales dentro de nuestra ciudad, ganó todos los torneos a los que se presentó, y la estantería en la que colocábamos las medallas y los trofeos que conseguía pronto se quedó pequeña.

Poco después de que cumpliese los dieciocho años le prepuse inscribirla para participar en los Juegos Paraolímpicos, pero ella siempre negaba con la cabeza.

—No. Yo arriba —decía señalándose con un dedo.

De eso ya han pasado unos años, y ahora, al verla avanzar hacia la piscina, vuelvo a sentirme tremendamente orgullosa de ella y de lo que ha logrado. Está nerviosa; lo sé por ese temblor en su labio inferior y por cómo se retuerce los dedos. Me sonríe antes de subirse a la plataforma de salida, y cuando la carrera comienza, la satisfacción de ver a mi hija competir entre las más grandes me inunda.

Lo ha conseguido gracias a su constancia, fuerza de voluntad y dedicación, y aunque las dos sabemos que no va a ganar, no nos importa. Solo unos pocos creyeron en ella, sin embargo, nunca se rindió; a pesar de muchos y para sorpresa de casi todos. Y aquí estamos, en la competición más prestigiosa y deseada, en lo más alto, donde ella quería estar, adonde aspiraba llegar: es la primera persona con discapacidad en participar en unos Juegos Olímpicos, y solo con eso, ya ha hecho historia.



Hace mucho tiempo que tenía en la cabeza la idea de escribir un relato en el que una persona con algún tipo de discapacidad participase en unos Juegos Olímpicos. Se quedó en la lista de espera hasta que vi una serie que me la trajo de nuevo a la cabeza. Aunque más que la serie, fue la canción del inicio y la idea que se formó en mi cabeza, History Maker.



Me llamó muchísimo la atención esta frase, We were born to make history, y empecé a madurar el relato de mi personaje con discapacidad. Me parecía la frase perfecta para ello.

En mi día a día yo trabajo con personas con algún tipo de discapacidad, conozco los problemas a los que se enfrentan y los obstáculos que tienen que superar para lograr hacer cosas que al resto de la población nos resultan sencillas. Por eso quise enlazar esta canción, con su letra y todo su significado, con esta historia. Como mi pequeño homenaje a todas esas personas que tienen una vida difícil, pero a pesar de ello, no se rinden.

*

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¡Un saludo!

En pos del saber


Me dices tu nombre con una mirada coqueta: Marie Jane. Yo te sonrío de vuelta, y es en ese momento cuando siento el familiar cosquilleo de mariposas en el estómago. Las manos me tiemblan durante unos segundos, y tengo que controlarme para no lanzarme sobre ti.

Estoy ansioso, muy ansioso. Mi madre y mi hermana han pasado todo el mes de octubre conmigo, y durante este tiempo he tenido que reprimir mis impulsos; no estaría bien que un aventajado estudiante de medicina como yo llegase a casa con la ropa llena de sangre. Sin embargo, esta misma mañana las dejé en la estación, y soy, de nuevo, libre para dejarme llevar.

Has sido tú, mas no creas que te escogí por algo especial. No fueron tus ojos azules, o tu cabellera rojiza lo que me hicieron acercarme a ti. Sino que fue tu predisposición. Imagino que tienes una enorme deuda, pero, ¿quién puede culparte? Después de las cuatro brutales muertes que han ocurrido en el pobre y marginal barrio de Whitechapel, donde resides, toda precaución es poca. Hace ya más de un mes que ninguna prostituta es asesinada; eso, y la necesidad de conseguir dinero, te han hecho volver a la calle. Ha sido un mes aburrido; sin embargo, ya estoy de vuelta.

Cuando me abres la puerta de tu casa sonrío con satisfacción. En las otras ocasiones tuve que hacerlo en la calle, deprisa y casi a oscuras, con el constante peligro de que alguien me viera. Pero aquí, a cubierto de miradas indiscretas, podré saciar por entero mi curiosidad.

El ambiente está muy cargado; apesta a sexo, y las manchas de las sábanas aún parecen frescas. No quiero saber cuántos hombres han pasado por tus piernas en lo que va de noche, pero, en realidad, ese detalle me es indiferente. Enciendes una pequeña vela y te acercas a mí. Me quitas el sombrero y el abrigo, los dejas caer al suelo, y cuando comienzas a jugar con mis pantalones, niego con la cabeza. Te digo que es tu turno, y me sonríes con coquetería. Te quitas el sucio vestido, despacio, mirándome a los ojos, y debajo de este aparece un camisón lleno de remiendos. No parece que te dé vergüenza lo que tu ajada ropa dice de ti, pero, ¿qué se puede esperar, con lo barata que eres? Tus clientes tampoco deben tener muchos recursos, y con tal de meterla en caliente, el vestido, y la puta, les dan lo mismo.

Te miro con intensidad. Sé que ves excitación en mi rostro, y eso te hace sonreír; lo que no sabes es que no son tus curvas de mujer lo que me provocan, sino lo que hay en tu interior. Me tomas de la mano, me guías hacia tu lecho, y en el momento en el que te tumbas sobre la cama saco el cuchillo que guardo en la parte de atrás de mis pantalones. Me miras con pánico, pero no tienes tiempo para gritar; un segundo más tarde corto tu cuello de un lado a otro, desde la garganta hasta la columna. Lo hago con precisión y sin titubear, con un trazo limpio: perfecto, ya son muchos los cortes que he hecho. La sangre empieza a salir de la herida, el entusiasmo me puede y me dejo llevar. Con mis actos alimento la leyenda que se ha creado sobre mí: me han puesto un nombre de lo más vulgar, y el apodo que lo sigue deja claro que nadie entiende lo que estas acciones implican. No son muertes sin sentido; es estudio, conocimiento y saber.

Las clases de anatomía en las que podemos diseccionar cadáveres no se pueden comparar con lo que siento cuando mi cuchillo entra en tu carne. Pongo la punta al final de tu garganta y aprieto; bajo por tu cuerpo, que aún desprende calor, y me maravillo con el brotar de la sangre. Tu viejo camisón se tiñe de rojo, y me deleito con lo que, poco a poco, va apareciendo ante mis ojos. Continúo el corte hasta llegar a tu pubis, aparto la tela que te cubre y desgarro tu piel con mis propias manos. El espectáculo es espléndido, sublime.

Cojo el estómago entre mis dedos y lo saco de tu interior con cuidado. Lo examino a la luz de la única vela de la estancia y guardo en mi memoria la textura, rugosidad y consistencia de un órgano recién extraído.
Después saco el hígado, los intestinos, los riñones y un pulmón. Los estudio con detenimiento, y los voy dejando alrededor de tu cuerpo y sobre la mesita de noche que hay al lado de tu cama. Mis manos están llenas de sangre, al igual que mi ropa, pero nada de ello importa, pues el conocimiento que esta noche adquiero del cuerpo humano, vale todos los litros vertidos.

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