—No son ni las cuatro —se quejó Laura, lanzando un cansado suspiro al aire.
Al otro lado de la ventana ya estaba oscuro. De hecho, no había llegado a amanecer del todo y la lluvia seguía cayendo con fuerza. Igual que desde hacía más de tres semanas. Su expresión de aburrimiento tornó a otra de hastío. El día era gris, frío y opaco, como su estado de ánimo. Su vida se había convertido en una tediosa rutina, de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin desvíos ni distracciones. El otoño no había hecho más que comenzar; pero se presentaba el más duro hasta el momento. En el invierno no quería ni pensar.
—Bienvenida a Finlandia —murmuró para sí misma apagando la televisión. Tiró el mando sobre el sofá y se cubrió los ojos con las manos—. Ya te habían advertido de que para cuando llegara este momento deberías haber hecho algún amigo; pero estabas demasiado ocupada con los turnos del hospital. ¿Y ahora qué tienes? La cuenta del banco llena de ceros, una depresión y nadie a quien llamar. ¡Bravo, Laura!
Aterrizó en Rovaniemi a principios del verano, cuando España era asolada por los incendios y las olas de calor se sucedían una tras otra, así que, los diecinueve grados de máxima que había en la capital de la Laponia finlandesa fueron más que agradecidos. Se dedicó de lleno a su trabajo de enfermera y, aunque no hablaba finés, no tenía problemas en comunicarse en inglés. Sin embargo, no había logrado trabar ninguna amistad.
Tomó su móvil y vio que sus hermanas le habían enviado varias fotografías. Nele estaba en Israel visitando a la familia de su marido y Fátima seguía emocionada con sus primeros descubrimientos como arqueóloga. Se alegraba por ellas, que sus hermanas fueran felices la hacía feliz, pero no podía evitar mirar las imágenes con envidia. El sol lucía en todas ellas. El cielo era azul y no había ni un solo atisbo de nubes. En su realidad, un intenso aguacero seguía cayendo al otro lado de la ventana.
—Maldita sea, esto no puede seguir así —se reprendió, levantándose del sofá—. Tu querías un reto, un cambio de aires y salir de tu zona de confort. ¡Pues sal! ¿Qué más da estar en tu apartamento de Sevilla que aquí, si solo pisas la calle para ir al trabajo? ¿En qué ha cambiado tú vida? ¡En nada!
Se vistió con lo primero que encontró en el armario, se caló las botas de agua en un gesto decidido y salió a la calle haciendo grandes esfuerzos por obviar la lluvia. Aunque las calles estaban vacías, todos los locales estaban atestados de gente, y las risas salían de los restaurantes envolviendo a la ciudad en un halo de alegría. Laura los miraba desde fuera con el ceño fruncido, sin poder evitar el rencor en sus ojos. El agua había comenzado a traspasarle el chubasquero.
—Necesito un lugar en el que refugiarme— dijo en voz baja, andando con pasos largos.
Entró en el primer lugar que vio sin importarle lo que fuera. En cuanto puso un pie dentro el intenso olor a palomitas le hizo regresar a España. A los fines de semana con sus hermanas, las cenas en los restaurantes de comida rápida y la chocolatina de premio que le daba su madre cuando se portaban bien. Una enorme sonrisa apareció en sus labios y echó un vistazo a la cartelera, negándose a que la nostalgia se apoderase de ella. Un cartón enorme de palomitas dulces todavía calientes, un refresco y una sala en penumbras en la que solo había una persona más.
—Hei! —saludó, utilizando una de las pocas palabras que sabía en finés.
El chico le respondió con el mismo monosílabo y Laura pasó por delante de él sin prestarle atención a su apariencia. Piel morena, ojos más negros que los suyos y un cabello rizado de color oscuro. Completamente opuesto al estereotipo del finlandés. Su hermana mayor era adoptada y, aunque sus rasgos árabes no diferían mucho con los de ella misma, a lo largo de su vida había sufrido varios encuentros racistas, y no iba a ser Laura la que se juzgara a una persona por el color de su piel.
Quince minutos más tarde las luces se apagaron y la sala permaneció casi vacía. La película era en versión original con subtítulos en inglés. No fue ni mala ni buena, una trama sencilla, de esas para pasar la tarde y no pensar mucho. Casi dos horas más tarde las luces se volvieron a encender.
—No ha estado mal —se dijo Laura, con una sensación de calma en el cuerpo. Se dirigió a la salida donde el chico estaba esperándola para sujetarle la puerta—. Kiitos.
—Your welcome! —contestó guiñándole un ojo.
Laura no pudo evitar ruborizarse y salió casi huyendo. No era bajita, pero el chico le sacaba dos cabezas, y aquello le impuso bastante respeto, además de la preciosa sonrisa que acompañó a sus palabras.
El estómago le rugía, a pesar del cartón de palomitas que se había comido, y se acercó al único restaurante del edificio: una cadena de comida rápida. No pudo evitar sonreír al verlo. El vestíbulo del cine estaba lleno y la cola se perdía entre la gente. Todas las mesas estaban ocupadas y varios grupos de adolescentes habían terminado comiendo sentados en el suelo.
—Mejor busco otro sitio —murmuró, sin querer regresar a su piso.
La calle la recibió con la misma lluvia de antes. Se puso el chubasquero, todavía mojado, y se adentró en el aguacero luchando con las nubes que se erguían sobre su cabeza, amenazando con una tormenta mucho más peligrosa que la que había a su alrededor. Recorrió las calles adyacentes sin encontrar ningún restaurante que le apeteciese con mesas libres. Notaba que el agua empezaba a bajarle por las piernas y la humedad le llegaba hasta los tobillos.
—Lo que sea. El primero que tenga hueco —afirmó, girando una esquina.
No se fijó en el letrero, solo vio una mesa vacía al lado de la ventana, y entró. Anduvo entre los comensales con la vista fija en su objetivo y cuando le quedaban dos pasos para llegar, una mochila apareció encima de la mesa. Laura levantó la mirada y sus ojos se abrieron con asombro al ver al chico del cine.
—Es la única libre —dijo ella, en inglés, en un tono casi de súplica.
—Hay cuatro sillas, y yo solo necesito una —respondió él, con la misma sonrisa de antes.
Laura bajó la cabeza, azorada. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse; sin embargo, el olor a comida le hizo aceptar la invitación. Una vez que estuvieron sentados, en diagonal, el chico le tendió una carta. Al verla, Laura miró a su alrededor sorprendida.
—¡Anda! Un mexicano, qué casualidad —exclamó en español sin dirigirse a nadie.
—¿Hablas castellano? —preguntó el chico en el mismo idioma con un marcado acento.
—Sí, soy de España. ¿Y tú?
—Yo soy finlandés, pero mi madre es venezolana. —Se cambió a la silla que había delante de Laura y alargó una mano por encima de la mesa—. Heikki, encantado de conocerte.
La conversación entre los dos fluyó con naturalidad, en español, salpicado con palabras en inglés, muchas risas y una decena de miradas cómplices.
—Hay un bar con buena música cerca de aquí. ¿Quieres que vayamos? —preguntó Heikki mientras pagaban.
—¡Claro! —contestó Laura con entusiasmo.
Salieron a la calle y corrieron con las capuchas puestas.
—Es ahí —anunció Heikki, señalando un pequeño local en la acera contraria.
Tenían que cruzar un semáforo y esperaron, impacientes, a que cambiara de color. Estaban uno al lado del otro, intentando hacerse lo más pequeños posibles para resguardarse de la lluvia y del viento que se acababa de levantar. Cuando el hombrecillo se puso en verde Laura avanzó unos pasos y se giró hacia atrás, extrañada, al ver que él no la seguía.
—¿Todo bien?
—Está nevando —respondió Heikki extendiendo una mano entre ellos.
Los copos se quedaban en su palma y Laura se quedó mirándolos, fascinada. Había visto la nieve tres veces en toda su vida, y ninguna en su Sevilla natal.
—Son como los pintan en los dibujos, en forma de estrella —murmuró, acercándose a él—. Siempre pensé que era una imagen idealizada para los niños.
—Es bonito, ¿verdad?
—Mucho —contestó, asintiendo entusiasmada con la cabeza.
—Pues si te quedas aquí esta no será la única nevada que veas. Finales de septiembre y ya tenemos nieve…
—¿Muy pronto?
—Yo no quiero decir nada. Vamos a cruzar antes de que se vuelva a poner en rojo —continuó diciendo, mientras señalaba con la cabeza el hombrecillo verde que había comenzado a parpadear.
El local era acogedor, con música de ambiente, no muy alta, y lleno de sillones. A pesar de que había bastante gente, podían hablar sin tener que gritarse al oído y treinta minutos más tarde lograron hacerse con un hueco.
—¿Nunca has probado la sima? —preguntó Heikki sorprendido.
—No llevo mucho tiempo en Finlandia y no he salido demasiado —se excusó Laura, con cierta vergüenza—. ¿Qué es?
—Una especie de hidromiel.
—¿Tiene alcohol?
—Algo, pero es bastante suave. No creo que aquí tengan y si hay, seguro que no está muy buena. Mi padre la hace casera y jamás probarás una sima mejor que la suya. Si quieres puedes venir un día a mi piso y la pruebas —terminó diciendo, dejando la pelota en su tejado.
—Me gustaría mucho —contestó al momento.
Habían congeniado muy bien. Se sentían a gusto con el otro y cuando la mesa se llenó de refrescos y un par de cervezas, las miradas que se dedicaban eran cada vez más intensas. Las palabras clave no salían de la boca de ninguno de los dos por miedo a estropear ese momento, ese algo que se estaba empezando a formar y que no querían estropear.
—Te acompaño a casa —dijo Heikki antes de abrir la puerta del local.
—No es necesario. Vivo a dos calles —contestó Laura antes de salir.
Un frío helado se coló por la rendija y se quedaron anonadados al ver la fuerte nevada que estaba cayendo. La capa de nieve que había en el suelo tenía veinte centímetros de espesor y continuaba cayendo.
—Dices que no vivías muy lejos —dijo Heikki con una ceja levantada.
—No. ¿Tú?
—Al otro lado del río —contestó, frotándose la nuca.
Se miraron a los ojos durante unos segundos con la pregunta flotando entre ellos.
—Creo que esta noche voy a tener que acoger a un finlandés sin hogar —dijo Laura, sonriendo.
—Por favor, a no ser que quieras que muera congelado.
—Eso sería todo un desperdicio —contestó, saliendo a la calle, dejándole con una ceja levantada y las ganas de que le aclarara el comentario.
*
Lo primero en lo que Laura se dio cuenta al despertar es que el constante golpeteo de las gotas de lluvia contra la ventana había parado. Lo segundo: que había alguien más en su cama. Heikki la miraba sentado desde el borde, con una bandeja de tostadas recién hechas y una taza de té humeante.
—¿Llevas ahí mucho rato? —preguntó, azorada.
—Un poco. ¿Sabes que murmuras mientras duermes?
Ella se sonrojó y tiró de la sábana para taparse la cara, haciendo que la bandeja se deslizara y las tazas se movieran con violencia.
—¡Perdón! —dijo, incorporándose al momento.
—No pasa nada. Vamos a desayunar, y luego vístete. Hay algo que quiero mostrarte.
—¿Fuera? Ha dejado de llover, ¿verdad? —preguntó, inclinándose hacia la ventana.
—Sí, pero no mires. Luego lo verás —contestó, tomándola de la barbilla para girarle la cara. Se acercó a ella y le dio un suave beso en los labios—. Buenos días —dijo en un tono meloso con una sincera sonrisa.
—El mejor en meses.
Desayunaron en la cama. No era el lugar más cómodo del piso, pero Heikki no quería que Laura se acercara a ninguna ventana y pudiera ver el exterior.
—Me tienes intrigada, ¿qué hay en la calle? ¿Unicornios de colores?
—Mejor —contestó, tendiéndole el abrigo.
Bajaron por las escaleras del edificio y justo antes de salir Heikki le hizo cerrar los ojos.
—Dame la mano y no los abras hasta que te lo diga.
—¿Adónde vamos? Si sigue habiendo nieve me resbalaré.
—Sigue habiendo nieve, pero no te vas a caer. Confía en mí.
Laura asintió y se dejó guiar con la curiosidad a punto de explotar. El sol le daba en la cara y a su alrededor solo se escuchaba el crujir de la nieve. Anduvieron unos cientos de metros hasta que Heikki le hizo detenerse.
—Vale. ¿Preparada? —preguntó, colocándose detrás de ella.
—¡Por favor! —suplicó.
Estaban en un parque cercano a su piso. Laura pasaba por allí todos los días de camino al hospital; sin embargo, el aspecto que ese día mostraba era sorprendente. El sol se erguía orgulloso al fondo, entre los abetos nevados. No había ni una sola nube en el cielo, pero el blanco seguía más que presente, pues el suelo era un mar de nieve. Inmaculada, perfecta y silenciosa.
—¿Te gusta? —preguntó Heikki con la voz ronca al ver que no decía nada.
—Es asombroso… —murmuró, incapaz de encontrar palabras para describir lo que veía.
—Bienvenida a Finlandia —le susurró al oído, apoyando la barbilla sobre su hombro—. No todo son días de lluvia y oscuridad. No podemos dejar que los malos momentos nos impidan disfrutar de los buenos.
Pasaron la mañana en una cruenta guerra de bolas de nieve, a pesar de la reticencia inicial de Laura de mancillar el inmaculado paisaje. Los niños del barrio se unieron a ellos y acabaron revolcados en la nieve, colina abajo, encima de un trineo. Muñecos de nieve, risas y una euforia que llevaba meses sin sentir.
—Gracias —dijo con sinceridad, cuando Heikki puso delante de ella un sencillo plato de pasta con tomate.
—¿Por la comida? —preguntó, levantando una ceja con arrogancia.
—Por eso, por esta mañana tan maravillosa y por tu alegría.
—De nada —respondió dándole un beso—. A ver si tenemos suerte y Finlandia nos regala otro de sus maravillosos momentos.
—¿Gnomos y duendes? ¿Trolls?
—Mucho mejor que eso. Pero tendremos que esperar un poco.
Cuando terminaron de comer se tumbaron en el sofá. La mañana en la nieve los había dejado agotados, Laura estaba dando cabezadas, aunque cada vez que Heikki se erguía para mirar por la ventana, volvía a despertarse.
—¿Qué es lo que esperas? —preguntó, somnolienta.
—Ya lo verás. Si es que aparece.
Ya había anochecido, a pesar de que no eran más que las cinco de la tarde, y unos pensamientos negativos se empezaban a colar en la cabeza de Laura. «Ha sido perfecto. Un día maravilloso. Demasiado… Mañana toca volver a la realidad, y él…».
—¡Sí! —gritó de pronto Heikki, sacándola de sus ideas catastrofistas.
Se levantó de un salto y tiró de ella para acercarla a la ventana.
—¿Cierro los ojos? —preguntó con una sonrisa infantil.
—¿Cómo lo has sabido?
Se dejó guiar por el pequeño salón, oyó a Heikki abrir la ventana y un segundo más tarde el frío del otoño le dio en la cara.
—¿Esta vez no me vas a llevar de excursión hasta el parque?
—No es necesario. Se ve perfectamente desde aquí. Abre los ojos.
Laura lo hizo despacio, saboreando el momento, intentando disfrutar del entusiasmo de su compañero. Y, al igual que esa mañana, sus ojos se abrieron, estupefactos.
—Dios mío, es… Es una…
—Una aurora boreal —terminó de decir, complacido por su reacción.
Permanecieron unos minutos quietos, uno al lado del otro, contemplando el espectáculo que la naturaleza les brindaba. Las luces de la ciudad, inmóviles, contrastaban con las ráfagas de luz que se movían por el cielo, tranquilas, orgullosas y elegantes.
—¿Es la primera que ves? —Laura asintió en silencio y él la miró con un intenso brillo en los ojos—. En mi familia hay una tradición. Cuando alguien contempla por primera vez una aurora boreal con alguien de mi familia, se crea entre ellos un lazo irrompible. Mi abuelo me lo contó, y a él se lo contó el suyo. Así que, imagínate desde hace cuando se dice.
Laura permaneció en silencio durante unos segundos, procesando la información de ese chico al que había conocido el día anterior.
—¿Un lazo romántico? —preguntó en un quedo murmullo.
—No en todos los casos, pero siempre de una fuerte amistad—. Hizo una pausa y continuó hablando—. A mis padres les pasó, y prometieron que si en algún momento tenían una niña la llamaría Aurora. Luego llegamos mi hermano y yo y les fastidiamos los planes —terminó diciendo con una risa divertida.
Un tranquilo silencio se instauró entre los dos, abrazados ante la ventana con la vista fija en el paisaje.
—Si llega a pasar, el nombre de Aurora no me desagrada —comentó Laura, sin despegar los ojos del frente.
Heikki sonrió a su lado, le dio un beso en la cabeza y la estrechó contra su pecho. Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas que acabaron resbalando por su mejilla, sin que la chica tuviera la intención de detenerlas.
Las últimas semanas habían estado sumidas en la oscuridad, pero algo le decía que eso estaba por cambiar. Habría días buenos y otros malos. Pero no podía quedarse anclada en los grises y perderse los blancos y azules. Los multicolores y los cielos negros teñidos de verde y morado.
Ninguno sabía lo que les depararía el futuro; sin embargo…,
«Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Pájaros perdidos (1916), Rabindranaz Tagore.
No sé muy bien de dónde salió la inspiración para este relato, tan solo recuerdo que debía contener las palabras primero, reloj y opaco.
La idea original era muy diferente a lo que ha resultado. En un principio estaba intentando algo relacionado con unos niños en una guardería. Que no podían salir al parque porque estaba lloviendo o algo así. Quería que fuese algún cuento con una moraleja bonita al final. Me pasé varios días dándole vueltas a eso, pero no se me ocurría cómo hacerlo, así que descarté la idea y pensé en otra cosa.
Aun así, quería que tuviera ese final feliz con moraleja y se me ocurrió la frase "Si lloras por haber
perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas". Y cuando
fui a buscarla en internet descubrí que era parte de un libro de poemas. El
título del relato es el título de ese libro.
De ahí fue fluyendo la idea. Y creo que no quedó mal. De hecho, este relato me dio pie a escribir una historia mucho más larga que se ha acabado convirtiendo en una novela.
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¡Un saludo!







































