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Maus: Relato de un superviviente. Art Spiegelman. Reseña



Título: Maus: Relato de un superviviente.
Título original: Maus: A Survivor's Tale.
Autor: Art Spiegelman.
Año de publicación: 1977 – 1991
Género: Cómic. Histórico. Segunda Guerra Mundial.
Puntuación: 9 sobre 10.

Una fascinante novela gráfica sobre el holocausto y la memoria, reconocida mundialmente, que obtuvo el primer y único premio Pulitzer otorgado a un cómic.

Maus es la biografía de Vladek Spiegelman, un judío polaco superviviente de los campos de exterminio nazis, contada a través de su hijo Art, un dibujante de cómics que quiere dejar memoria de la aterradora persecución que sufrieron millones de personas en la Europa sometida por Hitler y de las consecuencias de este sufrimiento en la vida cotidiana de las generaciones posteriores.

Apartándose de las formas de literatura creadas hasta la publicación de Maus, Art Spiegelman se aproxima al tema del Holocausto de un modo absolutamente renovador, y para ello relata la experiencia de su propia familia en forma de memoria gráfica, utilizando todos los recursos estilísticos y narrativos tradicionales de este género y, a la vez, inventando otros nuevos. La radicalidad narrativa de esta obra marcó un antes y un después en el universo de la novela gráfica.


Como todas las historias en las que se cuentan vivencias de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, la tristeza, el drama y el horror son la parte principal de la trama. Sin embargo, a pesar de los cientos de veces que se han contado historias sobre esta época, este cómic tiene algo que la hace especial, y es la manera que tiene de retratar a los personajes. Los judíos son ratones, los alemanes gatos y los polacos son cerdos. Me gusta la idea de utilizar estos animales enemigos, ratones y gatos, para dar vida a otros enemigos. Aunque no puedo evitar un levantar de ceja con los estadounidenses como perros. Los enemigos de los gatos, los perros. El autor nació en Suecia, pero ha vivido casi toda su vida en Estados Unidos y me da que tiene esa idea de América buena, los héroes, los salvadores del mundo. Y los alemanes los malos malísimos. No se lo reprocho, todos sabemos lo que pasó durante el holocausto, pero me cansa que se vea a todos los alemanes como los malos. Pero bueno, en este contexto, lo compro y queda bien.

El cómic está contado de una manera amena, pues el padre del autor va contando su historia, y la parte histórica con el presente, su presente, se van intercalando, lo que nos da un poco de respiro para todas las atrocidades que vamos leyendo.

Un cómic duro, pero muy recomendado.

Añadir, que fue el primer cómic en ganar un premio Pulitzer, lo hizo en 1992. A lo que se le añaden ocho premios internacionales más.

*

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El tiempo entre costuras. María Dueñas. Reseña



Título: El tiempo entre costuras.
Autora: María Dueñas.
Año de publicación: 2009.
Género: Novela histórica, drama, romance.
Puntuación: 8 sobre 10.


La joven modista Sira Quiroga abandona Madrid en los meses previos al alzamiento, arrastrada por el amor desbocado hacia un hombre a quien apenas conoce. Juntos se instalan en Tánger, una ciudad mundana, exótica y vibrante donde todo lo impensable puede hacerse realidad. Incluso, la traición y el abandono.

Sola y acuciada por deudas ajenas, Sira se traslada a Tetuán, la capital del Protectorado español en Marruecos. Con argucias inconfesables y ayudada por amistades de reputación dudosa, forja una nueva identidad y logra poner en marcha un selecto atelier en el que atiende a clientas de orígenes remotos y presentes insospechados.

A partir de entonces, con la contienda española recién terminada y la europea a punto de comenzar, el destino de la protagonista queda ligado a un puñado de personajes históricos entre los que destacan Juan Luis Beigbeder ―el enigmático y escasamente conocido ministro de Asuntos Exteriores del primer franquismo―, su amante, la excéntrica Rosalinda Fox, y el agregado naval Alan Hillgarth, jefe de la inteligencia británica en España durante la segunda guerra mundial. Entre todos ellos la empujarán hacia un arriesgado compromiso en el que las telas, las puntadas y los patrones de su oficio se convertirán en la fachada visible de algo mucho más turbio y peligroso.

Escrita en una prosa espléndida, El tiempo entre costuras avanza con ritmo imparable por los mapas, la memoria y la nostalgia, transportándonos hasta los legendarios enclaves coloniales del norte de África, al Madrid proalemán de la inmediata posguerra y a una Lisboa cosmopolita repleta de espías, oportunistas y refugiados sin rumbo.



Es una novela que tiene un poco de todo, viajes, aventuras, historia, romance, amor y espías. Una novela que engancha desde el principio, que está escrita con una prosa envidiable.

Me ha parecido un libro más o menos fácil de leer. No se enrevesa mucho, sin embargo, algunas veces la autora se pierde tanto en los detalles que me hacía desconectar. Y ese ha sido el fallo negativo que le veo, y por el cual mi puntuación no ha sido más alta. Detalla todo con gran precisión, los escenarios, los personajes, la historia de estos, su contexto… Algunas veces me ha parecido todo demasiado exacto. Era como si la autora quisiera meter dentro de la historia todo su trabajo de investigación para escribir la novela. Que el lector note que se ha preparado.

Aun así, ha sido interesante leer sobre este periodo de la historia de España y ver un poco la visión que el resto de países tenían sobre él en esa época.

La trama y la historia son magníficas. Todo muy bien hilado y con unos personajes con carisma, en especial Sira, la protagonista. La evolución que tiene a lo largo del libro es increíble. Está escrito en primera persona, en pasado. Es decir, que es la misma Sira la que nos cuenta lo que le ocurrió y aunque no creo que sea un error, igual se hubiera estado escrito en presente, la evolución del personaje habría sido incluso más espectacular.

Hay una segunda parte y no me lo esperaba. El final queda muy abierto, pero queda bien abierto. Para que el lector se imagine lo que quiera. Personalmente me gustó que se quedara así. Imagino que el tirón de la historia habrá dado pie a que haya una segunda parte. La leeré, pues Sira ha sido un buen personaje. Un buen personaje femenino que compite cara a cara con los hombres, incluso en los tiempos convulsos en los que le toca vivir.

En el año 2013 se realizó una adaptación a la pequeña pantalla de esta novela. No la he visto, pero si han sido fieles, tiene que ser una serie bastante buena.

*

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Doscientas millas. Relato

Los últimos rayos del sol se escondían por el horizonte cuando un chico de quince años, delgado como un palo, salía del interior de la mina. La capa gris que le cubría camuflaba su pelo rojo, las pecas de sus mejillas y la alegría que siempre le acompañaba.

—Descansa, Joe. Hoy ha sido un día duro y has trabajado bien —le dijo uno de los hombres que emergió de la tierra junto a él.

—Gracias, señor Harper. Dele recuerdos a su mujer y cuide del pequeño Tom —respondió Joe, escondiendo su desánimo detrás de una sonrisa amable.

—Hay que ver qué chaval tan atento. —El hombre le revolvió el pelo con una mano igual de sucia que el rostro de Joe y le dio una palmada en la espalda antes de despedirse de él—. No trabajes mañana mucho en el rancho de los Rogers —añadió, guiñándole un ojo.

El chico asintió con la cabeza, confuso, sin saber a qué se refería con ese gesto de complicidad.

Joseph Phelps, Joe, como todo el mundo lo conocía, se despidió de sus compañeros y se separó del grupo de mineros. Los hombres se dirigieron a sus hogares, donde les esperaban sus familias con una comida caliente y unas amorosas sonrisas. Él, en cambio, se dirigió al centro del pueblo. Su casa, una pequeña cabaña de madera de una sola habitación, construida en el extrarradio, siempre le recibía con una fría bienvenida, y aquella noche él necesitaba compañía: era su cumpleaños. Dieciséis años que nadie, hasta ese momento, había recordado.

Joe, conocido por todos por su afable sonrisa y buen humor, era huérfano. El párroco del poblado lo encontró en la puerta de la iglesia una noche de primavera de 1846. Nunca supieron qué pasó con su madre, y padre jamás hubo. Fue un niño criado por todos, alimentado con caridad y vestido con retales de aquí y de allá. Pronto aprendió que un gracias, señor, y un déjeme que le ayude, funcionaban mejor que los gritos, los insultos o los empujones. Y con pocos años se ganó el cariño de toda la gente de Thunder Peak, un pequeño poblado ubicado cerca del río Laramie, en el territorio de Utah.

Joe, minero a jornada completa, y vaquero esporádico, tenía un sueño: quería ver mundo. Quería conocer qué había más allá de la mina, de los límites del rancho de los Rogers, del Fuerte John y del río Laramie, lo más lejos que había llegado hasta ese momento. Pero, sobre todo, Joe quería ver el mar. Soñaba con las historias que Saul, el tabernero, le contaba de San Francisco. Las olas, las gaviotas y el olor salado que se queda pegado en la lengua. Él quería vivir aquello y dejar de sentir en su boca el polvo de la mina o el heno de los caballos.

Subió los tres peldaños que daban acceso al porche del salón y empujó las puertas abatibles.

—¡Ey, Joe! ¿Qué pasa, chico? Siéntate —le saludó Saul. Dejó en la barra el trapo con el que estaba secando unos vasos y se dirigió a la cocina que había en la parte de atrás del local—. Sally, Joe está aquí, y parece un muerto de hambre.

—¡Marchando un buen guiso para ese niño de pecas preciosas! —Se oyó la voz de una mujer desde el fondo.

—¿Pecas? ¿Dónde? En esa cara hay más mierda que en un estercolero. ¿Por qué no subes a lavarte un poco, chico? Ya sabes que a Sally no le gusta que la gente coma de cualquier manera.

—No tendremos vajillas de oro, pero no somos unos pordioseros —dijo Joe, repitiendo lo que la mujer tantas veces decía a lo largo del día.

—Exacto.

—Gracias, Saul.

—De nada, chico —contestó el hombre, palmeándole la espalda.

Saul y Sally eran una pareja extraña. Polos opuestos. Saul era alto y enjuto, Sally baja y oronda. A Saul le gustaba hablar con todos los que pusieran medio pie en la taberna, Sally prefería la soledad de su cocina. Sin embargo, los dos coincidían en el cariño que sentían por Joe. Ese chico al que le habían dejado libre una habitación en la parte de arriba del edificio, al lado de la suya, lejos de los huéspedes ocasionales que pernoctaban en aquel pequeño poblado rumbo a cualquier parte.

Joe subió las estrechas escaleras y entró en la habitación. Era más pequeña que su cabaña, sin embargo, allí siempre se sentía en casa. Cogió el aguamanil que había a un lado de la cama, vertió el agua en la jofaina y se aseó con esmero sin apartar la vista del cuadro que había encima del lavamanos: un lienzo de San Francisco, con el mar de fondo, que el mismo Saul había pintado para él.

Cuando su piel blanca apareció debajo de la capa gris que la cubría, su humor mejoró considerablemente, se atusó el cabello lo mejor que pudo y bajó al salón. En una mesa, la más cercana a la chimenea, Sally le había colocado un cuenco enorme de un caldo humeante acompañado con un trozo de pan recién horneado y un vaso de güisqui.

Saul le guiñó un ojo desde la barra y siguió charlando con un chico que Joe había visto en varias ocasiones. Era un chaval raro con el que no sabía muy bien cómo tratar. Unos días le saludaba con una gran sonrisa y amabilidad, haciendo bromas con todos y riéndose a carcajadas por cualquier cosa. Otros, en cambio, pasaba de largo o le miraba con el ceño fruncido, justo igual que el día anterior.

«Ese chico tiene un problema. Son dos personas diferentes viviendo en el mismo cuerpo», pensaba, sin poderse creer lo simpático que era en ese momento.

Siempre llegaba con un caballo a punto de desfallecer y, cuando se marchaba, lo hacía al galope, espoleando al animal sin ninguna misericordia.

Cuando Joe terminó de comer el chico salió del salón en dirección a los establos.

—¿Quién es? —le preguntó a Saul, sentándose en el taburete que se acababa de quedar libre.

—Uno de los chicos del Pony Express.

—¿Del qué?

—El Pony Express —repitió el tabernero, señalando con el dedo un cartel que había pegado al lado de la puerta del salón.

Nadie se había molestado en enseñarle a leer, así que Joe solo pudo entender un par de palabras. Delgado, huérfano y bueno montando. Aunque toda su atención se la llevó los veinticinco dólares a la semana que ofrecían. No necesitó entender nada más.

—¿Qué es el Pony Express?

—Un servicio de correos que va desde Missouri hasta California en diez días o menos.

—¿Y eso es poco tiempo?

—Muy poco. Hay que cruzar casi el país entero de una costa a otra. Las diligencias actuales tardan casi un mes.

—¿Por qué pagan tanto?

—Bueno, tampoco es mucho, aunque es bastante más que tu salario de minero. Pero hay que tener en cuenta que es un trabajo peligroso. Para recorrer esa distancia en tan poco tiempo tienen que cabalgar muy deprisa, con el riesgo de caídas que eso conlleva. Además, nadie te asegura que no vayas a ser atracado por el camino.

—Por eso lo de huérfano.

—Sí, es un trabajo arriesgado.

—Pero compensa —dijo de pronto una voz a su espalda. El chico acababa de regresar y se sentó al lado de Joe—. Si te gusta conocer sitios nuevos y viajar, es un trabajo perfecto. Nosotros somos de un pequeño pueblo cerca de St. Jospeh, y uno de mis hermanos llegó a San Francisco hace unas semanas. Imagínate.

Joe lo miró fascinado, pensando en las posibilidades que ese trabajo podría ofrecerle.

—¿Tus hermanos también trabajan en el Pony Express?

—Sí. Seguro que los has visto alguna vez. Uno se fue ayer.

Joe lo miró con la ceja levantada.

—¿El chico de ayer no eras tú?

—No, era Sidney, mi hermano mellizo —contestó con una carcajada—. Somos trillizos: Sidney, Jim y yo, Tom.

—Ya veo…

Joe, ese chico poco hablador y precavido que siempre pensaba antes de actuar. Joe, que soñaba con salir de aquel poblado de menos de un centenar de habitantes, pero que nunca se había atrevido a alejarse más de veinte millas. Joe, que ansiaba con ver el mar, pero trabajaba bajo tierra.

—Joe es bueno cabalgando, rápido y eficiente —dijo Saul, sabiendo que el chico no iba a decir nada—. Y le gusta viajar.

—¿Sí? Mis hermanos y yo cubrimos esta zona, pero no nos vendría mal tener a alguien más.

—Yo… yo… Trabajo en la mina, y ayudo a los Rogers y… —balbuceó el aludido, mirando con pánico al tabernero.

—Siempre puedes cambiar de trabajo. Piénsatelo —contestó Tom mientras se dirigía a las escaleras que daban a las habitaciones—. Mañana por la tarde me voy, si decides unirte a nosotros, díselo a Saul y yo te diré algo cuando regrese. Yo, o uno de mis hermanos.

Joe y Saul se quedaron en silencio durante unos minutos. El chico se mordía el labio. Las dudas le asaltaban. Serían unas jornadas largas y muy fatigosas, con la amenaza constante de una caída y asaltos, sin embargo, le ofrecía algo que siempre había querido, salir de allí, ver mundo. Y aunque fuese peligroso, trabajar en la mina también lo era.

—Hazlo, chico. Thunder Peak siempre estará aquí, puedes regresar en cualquier momento, pero igual nunca se te vuelve a presentar una oportunidad como esta. Además, como Daniel Rogers se entere de lo que haces por las noches con su hija, te va a meter la escopeta por el culo.

—¿Lo sabes? —Joe tragó saliva con fuerza y lo miró con recelo.

—Os han visto un par de veces. Ya sabes el temperamento que tiene el padre de Becky y como la dejes embarazada… —Se pasó una mano por el cuello de izquierda a derecha en un gesto dramático—. Toma el trabajo, márchate y ve mundo. Y si algún día llegas a San Francisco, dale recuerdos de mi parte.

Joe se quedó en silencio, Saul tampoco dijo nada, dejándole tiempo para asimilar y pensar en lo que aquello suponía.

—¿Me echaréis de menos? —preguntó el chico, finalmente.

—Como al hijo que nunca tuvimos —aseguró Sally, de pronto, abrazándolo por la espalda—. Feliz cumpleaños —añadió, colocando en sus manos un pequeño paquete envuelto con papel de periódico.

*

Amanecía cuando Joe llegó al salón. Uno de los trillizos le estaba esperando en la puerta y rogó por que fuera Tom.

—Este es tu caballo —dijo uno de los hermanos en un tono frío, casi sin mirarle a la cara.

Joe farfulló para sí mismo. Tenía decenas de dudas y cientos de cosas que preguntar, sin embargo, aquel chico no le inspiraba ninguna confianza, ni tampoco parecía dispuesto a dar más explicaciones de las necesarias.

—¿Te has aprendido el trayecto? —preguntó Sidney, indiferente a su malhumor. Joe asintió—. Ya sabes, seis paradas, cambias el caballo lo más rápido que puedas en cada una de ellas y sigues hasta Split Rock. Unas doscientas millas. Es un terreno bastante plano, así que, si no tienes muchos contratiempos, deberías llegar allí mañana antes del atardecer, y más te vale que no te pille la noche.

¿Qué hago si no llego antes? ¿Y si me pierdo? ¿Hay indios por ahí? ¿Forajidos? Cientos de preguntas, pero Joe se limitó a asentir, intimidado por su seriedad.

—¿Has practicado cómo debes atar y desatar el bolso con las cartas? —Joe volvió a asentir—. Ese bolso es lo más importante, más que tú mismo, ¿me has entendido?

Joe volvió a asentir. Se subió al caballo, las piernas le temblaban y el corazón le latía con fuerza. Emoción, nervios, una aventura por delante y el horizonte ante él.

—Ten cuidado, chico —se despidió Saul desde la puerta del salón.

Joe, ese chico al que todos en Thunder Peak querían, salió del poblado al galope, en un caballo que más bien parecía un pony, llevando las cartas e ilusiones de otros y persiguiendo sus propios sueños.

*

Nunca había corrido tan rápido como en ese momento. Pasó por delante de su pequeña cabaña con el corazón en un puño y los sentimientos encontrados. Sabía que aquella no sería la última vez que estuviera allí, sin embargo, estaba a punto de dejar atrás todo lo que conocía y la incertidumbre a lo desconocido amenazaba con hacerle caer del caballo.

Agarró las riendas, aferrándose a ellas como una balsa en un río de fuertes corrientes y cruzó el terreno de los Rogers al galope sin girarse hacia la casa principal. Cabalgó raudo, con la vista puesta en el frente, sin pensar, tan solo dejándose llevar. El viento diluyó una parte del miedo que lo atenazaba y cuando el Fuerte John quedó atrás, las ansias por descubrir el mundo empezaron a hacerse un hueco en su interior.

El caballo puso una pezuña en el vado del río y Joe miró a su espalda por primera vez. En cuanto llegara a la otra orilla sería lo más lejos que habría estado de su casa en toda su vida. Tomó aire y continuó. Sus últimas dudas quedaron en las aguas del río Laramie y cuando los cascos del animal tocaron de nuevo tierra firme, la sonrisa en su rostro era deslumbrante.

Joe, huérfano, minero y vaquero a tiempo parcial. Joe, un chico de dieciséis años que apostó fuerte y descubrió la libertad en un bolso de cartas, a lomos de un caballo.

*

El sol estaba en su punto más alto cuando vio por primera vez la silueta del indio. Estaba a varias millas de distancia, sin embargo, el chico sentía la intensidad de su mirada clavada en su nuca. Llevaba un águila sobre el hombro y cada vez que el caballo de Joe aminoraba la marcha la rapaz dejaba a su dueño y los sobrevolaba, en una clara advertencia.

Cambió la montura por quinta vez, hizo una pequeña parada para ir al baño y comer algo en la taberna del poblado y siguió su rápida cabalgada hacia el oeste, en dirección a su destino final. La figura del indio se quedó al otro lado del pueblo y el chillido del águila encima de su cabeza le despidió. Los siguió durante una milla y cuando regresó con su dueño, Joe no tuvo tiempo de suspirar aliviado. Dos jinetes salieron a su paso. Llevaban un rifle en la mano y sus rostros no mostraban ninguna expresión amigable.

—Mierda —farfulló sin saber qué hacer.

Sidney le había dicho que fuera listo y, si algo así pasaba, valorase bien la situación. No llevaba nada de valor, tan solo un montón de cartas en las que probablemente los forajidos no estarían interesados. ¿Cómo son sus monturas? ¿Parecen rápidas? ¿Están cansadas? ¿Llevan armas? Observa, piensa y actúa. Fue su consejo. Tu vida vale más que cualquier carta. Había añadido Saul.

Era su primer viaje y no quería fallar. Así que se hizo pequeño, espoleó a su caballo para que siguiera hacia delante y aprovechó la inercia que llevaba para arrojarse sobre ellos. Su montura no era muy grande, sin embargo, era un animal fuerte y el golpe descabalgó a uno de los hombres. Escuchó varios disparos, pero ninguno dio en el blanco y continuó azuzando al caballo para que siguiese galopando más y más rápido. Vio por el rabillo del ojo que una figura les seguía, oía sus maldiciones y los disparos, pero Joe no se amilanó.

—Corre, chico. Corre —le susurró a su caballo, pegándose contra su cuello.

Los persiguió durante un centenar de yardas. Las monturas resollaban, pero la adrenalina mantenía el cuerpo de Joe en tensión. Al final la resistencia se impuso a la velocidad y el bandido fue perdiendo terreno. Le despidió con un último disparo que tampoco dio en el blanco y Joe gritó eufórico.

El cielo se empezaba a tornar naranja cuando Joe, ese chico que arriesgó y ganó, entró en Split Rock.

—Lo he conseguido, doscientas millas —murmuró, mientras bajaba del caballo delante de la taberna que daba fin a ese primer viaje.

—¿Todo bien? —le preguntó Tom, que salió a recibirlo.

—Todo bien. ¿Cuándo es el siguiente viaje? —contestó, con la emoción todavía recorriéndole el cuerpo.

*

El Pony Express anunció su cierre cinco meses más tarde, dos días después de que se enviara el primer mensaje transcontinental con un telégrafo. Cinco meses en los que Joe recorrió doscientas millas de aquí para allá, acercándose y alejándose de su hogar. Pasó por Thunder Peak una decena de veces, regresó en seis ocasiones y se marchó en siete.

Forajidos hubo unos cuantos, por suerte, sin muchos contratiempos, y nunca llegó a tener problemas con los indios. Aunque la silueta lejana y el águila le sobrevolaron en varias ocasiones. Vio la nieve, cabalgó en días de lluvia y bajo un sol abrasador. Recorrió desiertos, montañas y lagos. Poblados más pequeños que Thunder Peak y asentamientos enormes en los que necesitó un mapa para orientarse. Todo de paso, con una o dos noches de descanso como mucho.

—¿Está muy lejos San Francisco? —le preguntó al tabernero del último salón en el que se hospedó bajo la protección del Pony Express.

—Unas doscientas millas.

Joe sonrió ante la casualidad.

—¿Cuánto se tardará en recorrer doscientas millas a paso normal?

*

Las pecas se perdían entre las arrugas que la vida le había regalado a Joe. Ese Joe, con muchos más años que cuando salió de Thunder Peak, seguía siendo un chico alegre, casi septuagenario, que, desde el porche de su casa miraba las olas del mar, se deleitaba con el graznido de las gaviotas y saboreaba el olor salado que se le quedaba pegado a la lengua.

Joe, ese huérfano que llegó a San Francisco con un puñado de monedas y una mochila llena de ilusiones. Joe, ese chico que aprendió que en la vida no existe la suerte, sino atreverse a dar el paso. Joe, ese hombre que, sin apenas saber leer o escribir, creó su propia empresa. Joe, ese marido que compró una casa al lado del mar para su familia. Joe, ese padre que le dio a sus seis hijos todo lo que él no tuvo en su infancia. Joe ese viudo que lloró la muerte y se volvió a levantar. Joe, ese anciano con la mirada puesta en el infinito, allí donde el mar se fundía con el cielo.

Joe, el que se atrevió, el que persiguió sus sueños y vivió sin nada que lamentar.

Joe, con la brisa del mar envolviéndole, sonrió satisfecho, cerró los ojos y aspiró el sabor del mar una última vez.


*

Esta historia llegó sola. Marta, una chica que tiene una newsletter llamada Postales de domingo, envió un correo en el que hablaba del Pony Express. Y conforme leía lo que nos contaba, mi cabeza empezó a imaginarse una historia. Fue instantáneo. Leer, imaginar e hilar. Fue algo inconsciente y cuando su correo acabó me quedé con un sentimiento extraño, con la sensación de que ahí había algo de lo que podía tirar. Una historia que quería ser contada.

La idea empezó a germinar. Al principio se quedó en el momento en el que Joe decide marcharse, pero me quedaba cojo. Sentía que no había acabado. Luego conté un poco por encima sus peripecias en el Pony Express, sin embargo, tampoco me convencía. Notaba que la historia necesitaba más. Necesitaba el Pony Express, su camino, sus paisajes, sus obstáculos... Pero me paré. Si me ponía a desarrollar todo lo que la historia me pedía, este relato acabaría siendo una novela.

A pesar de no haberla dejado volar todo lo que me pide, creo que no ha quedado mal. Y, quién sabe si en algún momento le haga caso y la continúe.

Como detalle curioso extra, todos los nombres están sacados de la novela de Tom Sawyer. No tengo mucha idea de cómo se llamaba la gente de esta época, y esa historia ocurre justamente en los años en los que está ambientado este relato.


*

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¡Un saludo!



Memorias de una geisha. Arthur Golden. Reseña


Título: Memorias de una geisha.
Título original: Memoirs of a Geisha.
Autor: Arthur Golden.
Año de publicación: 1997.
Género: Ficción histórica.
Puntuación: 8 sobre 10.


En Memorias de una geisha Arthur Golden abre una ventana al hermético y misterioso mundo de las geishas de Kyoto, donde la sensualidad y la belleza se dan la mano con la degradación y el sometimiento. Poco antes de su muerte, Sayuri relata a un amigo su atribulada y fascinante vida: cómo, desde una mísera infancia, llegó a convertirse en una de las geishas más famosas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos del mundo moderno.



Me leí esta novela por primera vez allá por el 2006, poco antes de que saliera la película. Recuerdo que me gustó bastante, y en esta relectura, me ha vuelto a enganchar desde el principio.

Tras su lanzamiento hubo mucha controversia, pues la geisha, Mineko Iwasaki, que ayudó a escribir la novela aseguró que muchas de las partes del libro están inventadas y que las retrata como a prostitutas de clase alta. La verdad, no sé muy bien cuál era realmente el trabajo de estas mujeres, pero a mí no me ha dado la sensación de que fueran prostitutas. Creo que queda bien reflejado que son acompañantes, que divierten y entretienen y solo en muy contadas ocasiones ofrecen otro tipo de servicios.

Otro punto que Iwasaki defiende como falso es la subasta de la virginidad de las geishas. De nuevo, no sé si esto es verdad o no, pero como nudo narrativo, y gancho para mantener la atención del lector, es bastante bueno.

La historia, quitando las posibles inexactitudes históricas, me ha gustado, me ha parecido interesante y que engancha bastante. Algunas veces, las excesivas descripciones me sacaban de la novela, pero enseguida volvía a conectar con ella.

Los personajes también me han parecido que están bien creados, aunque no he llegado a congeniar del todo con ninguno, ni siquiera con la protagonista, a pesar de estar escrita en primera persona.


A raíz de la publicación de esta novela, y de la denuncia de Mineko Iwasaki por difamación, la geisha lanzó su propia novela contando su historia, Vida de una geisha. La tengo en mi lista de pendientes, pues me llama la atención ver cuales son las cosas que ella niega que sean verdad.

En 2006 vi la película, recuerdo que me gustó mucho, incluso más que el libro. Esto es bastante extraño, pero la idea que tengo de ello es que la película no era tan dura como la novela. Ahora que me he releído la historia muchos años más tarde, y que mi percepción de lo que es un libro duro ha cambiado, ya no sé qué pensaré si vuelvo a verla de nuevo.

En resumen, una novela entretenida que recomiendo.


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Fuenteovejuna. Lope de Vega. Reseña



Título: Fuenteovejuna.
Autor: Lope de Vega.
Año de publicación: 1619.
Género: Teatro, histórico, drama.
Puntuación: 3 sobre 10.


En 1476, los habitantes de una aldea andaluza llamada Fuente Ovejuna, hartos de soportar los abusos de su señor, se rebelaron unánimemente contra él. La rebelión acabó en asesinato, pero el pesquisidor no pudo arrancar de las bocas de los aldeanos más que una única respuesta: «Fuente Ovejuna lo hizo». Frente a este admirable comportamiento se renunció a continuar la investigación dando por justa la venganza del pueblo.

El famoso episodio fue recreado e inmortalizado por Lope siglo y medio después en una obra cuya tensión y fuerza dramática cautiva emocionalmente al lector.



No he podido con esta obra. A pesar de ser uno de los clásicos españoles, y bastante corto, he sido incapaz de terminarlo.
No sé si es por ser una obra de teatro, nunca leo ese género. Por estar escrito en un español antiguo, o… Pero algo me ha impedido meterme en la historia. Pues, ni siquiera he llegado a engancharme en ningún momento.
Me ha decepcionado muchísimo. Ya lo había leído hacía tiempo y tenía un buen recuerdo de esta obra, y no haberla podido disfrutar, me ha frustrado bastante.


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¡Un saludo!



Una propuesta desacertada. Microrrelato.


Llevábamos juntos más de una década. Siempre supe que no llegaría a ser algo más que su secreto, sin embargo, estaba tan enamorado de él que no me importaba quedarme en la sombra. Él estaba casado, tenía una familia perfecta y un trabajo en el ejército que le daba un gran prestigio. Era un hombre asertivo y calculador. Con unos ojos azules, fríos, que se derretían casi todas las noches en mi cama.

Yo no llevaba la vida que siempre soñé, mas era feliz con lo que tenía. No sé qué fue lo que me hizo destrozar nuestra burbuja.

—Déjala y vente conmigo —le propuse, acariciándole el pecho desnudo.

—¿A qué viene eso ahora?

—Te quiero solo para mí —contesté abrazándome a su cintura.

Él no dijo nada. Esa fue la primera vez que había mencionado ese tema en más de diez años de relación, y casi la última vez que lo vi. Cuando me desperté ya se había marchado y suspiré resignado. Unos golpes me sacaron de la cama. A penas conseguí vestirme antes de que un grupo de soldados irrumpieran en mi apartamento y me pusieran un saco en la cabeza.

Y allí estaba él, en la puerta de entrada de un enorme edificio que me puso los pelos de punta: Mauthausen. Había escuchado horribles cosas de ese lugar. Me miró con sus ojos fríos, no había ni una pizca de amor en ellos, y me dedicó una satisfecha sonrisa antes de ordenarnos que entrásemos en las duchas.



*

Este relato participa en el reto de marzo del 2025 de El tintero de oro. Los requisitos son escribir un microrrelato que no supere las 250 palabras y que gire entorno al desamor.

Quería alejarme un poco de las historias de amor y decepción, así que opté por darle un enfoque mucho más dramático. El desamor no se desarrolla a lo largo del relato, es cierto, pero creo que lo viene una vez acabado, va mucho más allá de eso.

Mauthausen fue un campo de concentración Nazi ubicado en la actual Austria, al norte del país. Se comenzó a construir en 1938 y fue liberado por el ejército de Estados Unidos en mayo de 1945. Por Mauthausen pasaron alrededor de 200.000 personas, y casi la mitad de ellas murieron. Fue el campo de concentración en el que más españoles estuvieron, alrededor de 7200, de los cuales, 5000 fueron asesinados.

Al principio solo era un campo de concentración, donde se encerraba a aquellos presos que, según el gobierno, eran irrecuperables. Sin embargo, la instalación de una cámara de gas lo convirtió en un campo de exterminio. No sé si aquí utilizaban el eufemismo de "las duchas" para indicar que esos presos debían ir a la cámara de gas. En otros campos de exterminio sí lo hacían, así que me he tomado la licencia de usarlo.


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Mala suerte El poeta En pos del saber Señoritas y plebeyos
Si quieres leer más relatos míos los tienes recopilados en este enlace: Relatos.

Nos leemos.

Un saludo.



Ocho millones de dioses. David B. Gil. Reseña



Título: Ocho millones de dioses.
Autor: David B. Gil.
Año de publicación: 2019.
Género: Suspense, policiaco, histórico.
Puntuación: 7,5 sobre 10.


Un hombre de fe obligado a desentrañar los más terribles crímenes, un joven samurái erigido en su protector, un viaje a través de un país castigado por siglos de guerra.

Toledo, 1579. El padre Martín Ayala recibe la inesperada encomienda de regresar a Japón -el país donde se formó como sacerdote y misionero- diez años después de ser apartado de la misión por su relación ilícita con una joven japonesa. Alguien está asesinando con ritual crueldad a los padres cristianos en dichas costas. Ayala, considerado el máximo conocedor del idioma y las costumbres niponas en el seno de la Iglesia, deberá desentrañar las razones que se ocultan tras estas muertes.

Japón, año 7 de la Era Tenshô. Kudô Kenjirô, hijo de un samurái rural, es elegido para una ingrata labor: proteger a un extranjero llegado con la intención de investigar unos crímenes inciertos. Kenjirô pronto descubrirá que fuerzas extrañas conspiran para que el visitante no lleve a buen puerto sus pesquisas. Juntos recorrerán un Japón devastado por la guerra y emponzoñado por las conspiraciones. A medida que el jesuita se reencuentra con su pasado, el curso de la investigación se desvelará fundamental no solo para la pervivencia de la cristiandad, sino para el propio futuro del país.


El libro nos adentra de forma rápida y muy creíble en un Japón diferente al que estamos acostumbrados. Aquí no hay ciudades llenas de luces de neón y tampoco se centra en los ninjas o samuráis, aquí el protagonista es un cura cristiano, y eso le da un toque de originalidad a la novela.

Una historia policiaca en la que el protagonista tendrá que desentrañar el misterio de las muertes de unos misioneros con los recursos del siglo XVI, todo un reto.

El libro me ha gustado bastante, sin embargo, me había leído antes El guerrero a la sombra del cerezo, y no he podido evitar las comparaciones. Eso nunca debe hacerse, lo sé, y en este caso ha sido para mal, pues debido a eso me he quedado con un poco de mal sabor de boca, pues, para mi gusto, la historia es más floja que el otro libro.

Aun así, ha sido una historia que he disfrutado.


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El guerrero a la sombra del cerezo Forjada en la tormenta La boca del diablo Los renglones torcidos de Dios Las batallas silenciadas
Si quieres leer más reseñas y críticas de los libros que he ido leyendo, las tienes todas recopiladas en este enlace: Reseñas.

¡Un saludo!



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