Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

Un as en la manga. Relato

No sé dónde estoy. Todo a mi alrededor está oscuro y no encuentro a mis compañeros por ninguna parte, ¿hace cuanto tiempo que me separé de ellos?

Miro en todas direcciones en busca de alguna explicación, pero no logro ver nada. Parece que me encuentro en una especie de túnel. Es un lugar angosto, muy angosto. Las paredes se pegan a mí y conforme los minutos pasan, todo se vuelve cada vez más caluroso. Quiero gritar, pero la voz no me sale. Quiero moverme, pero el lugar es tan estrecho que soy incapaz de hacerlo.

De pronto, oigo ruidos al otro lado de la pared. Voces. Están amortiguadas, pero hay un tono distintivo que las hace parecer nerviosas. Mierda, ¿dónde me han metido? ¡¿Qué está pasando aquí?!

Y luego el silencio. Un silencio tenso que solo es roto por unas voces serias, algunas nerviosas, y otras tartamudeantes. Presto atención intentando averiguar lo que dicen, intentando conseguir alguna pista del lugar en el que me encuentro para lograr salir de aquí; sin embargo, las palabras me llegan distorsionadas.

Me empiezo a agobiar. ¿Hace cuánto tiempo que me tienen encerrado? ¿Qué piensan hacer conmigo? Necesito ver a alguien, saber lo que ocurre. ¡Que alguien me saque de aquí!

Me falta el aire. La opresión en el pecho me agobia y creo que estoy a punto de perder el conocimiento cuando un haz sobre mi cabeza me hace girarme hacia allí. El techo se abre con una pequeña ranura, casi diminuta, y me sacan al exterior con rapidez por un hueco igual de estrecho que la extraña habitación en la que me encontraba.

Una intensa luz me ciega y escucho unos murmullos de asombro antes de poder ver las caras de las diez personas que me rodean. Me miran con los ojos abiertos, sorprendidos, algunos enfadados, muy enfadados, y yo no entiendo nada. No los conozco, ¡yo no he hecho nada! ¿Quiénes sois? ¿Qué hago aquí? ¡Dejadme en paz!

—Escalera real —anuncia una voz prepotente, mirándome desde arriba con orgullo y una sonrisa de autosuficiencia.


Este relato lo escribí para un taller de Literautas, la premisa era que la historia se titulara Un as en la manga y no podía tener más de 750 palabras.

Me costó un poco darle forma. Tan solo se me ocurrían ideas de alguien que se mete en un problema gordo y sale airoso gracias a un as en la manga que tenía guardado, algo inesperado, pero no era capaz de pensar en nada medianamente corto, por el límite de las 750 palabras. Además, imaginaba que mucha gente optaría por una historia parecida.

Le pregunté a unos amigos y uno me dio la idea de escribir sobre un as que está en la manga de un tramposo. Ponerle voz a la carta, que este se quejara porque el hombre huele mal, que se rasca mucho, que se ponga desodorante. Un relato con un tono irónico o divertido. La idea me gustó mucho, que fuera un as en la manga de alguien, literalmente. Pero mi cabeza se fue hacia el giro final sorpresivo. Desvelando la identidad del protagonista en el último momento.

También pensé en escribir sobre el periódico As. Pero lo de la carta me gustó, y no sabía cómo meter un periódico en la manga de nadie sin que fuese extraño.  

*

Puede que también te interese:
Islas Caimán Una luz electrizante Una mano inocente ¿Quién soy?
Si quieres leer más historias mías ve a este enlace: Relatos.

¡Un saludo!



Pájaros perdidos. Relato

Miró el reloj que había al lado del mueble mientras cambiaba los canales de la televisión sin pararse en ninguno.

—No son ni las cuatro —se quejó Laura, lanzando un cansado suspiro al aire.

Al otro lado de la ventana ya estaba oscuro. De hecho, no había llegado a amanecer del todo y la lluvia seguía cayendo con fuerza. Igual que desde hacía más de tres semanas. Su expresión de aburrimiento tornó a otra de hastío. El día era gris, frío y opaco, como su estado de ánimo. Su vida se había convertido en una tediosa rutina, de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin desvíos ni distracciones. El otoño no había hecho más que comenzar; pero se presentaba el más duro hasta el momento. En el invierno no quería ni pensar.

—Bienvenida a Finlandia —murmuró para sí misma apagando la televisión. Tiró el mando sobre el sofá y se cubrió los ojos con las manos—. Ya te habían advertido de que para cuando llegara este momento deberías haber hecho algún amigo; pero estabas demasiado ocupada con los turnos del hospital. ¿Y ahora qué tienes? La cuenta del banco llena de ceros, una depresión y nadie a quien llamar. ¡Bravo, Laura!

Aterrizó en Rovaniemi a principios del verano, cuando España era asolada por los incendios y las olas de calor se sucedían una tras otra, así que, los diecinueve grados de máxima que había en la capital de la Laponia finlandesa fueron más que agradecidos. Se dedicó de lleno a su trabajo de enfermera y, aunque no hablaba finés, no tenía problemas en comunicarse en inglés. Sin embargo, no había logrado trabar ninguna amistad.

Tomó su móvil y vio que sus hermanas le habían enviado varias fotografías. Nele estaba en Israel visitando a la familia de su marido y Fátima seguía emocionada con sus primeros descubrimientos como arqueóloga. Se alegraba por ellas, que sus hermanas fueran felices la hacía feliz, pero no podía evitar mirar las imágenes con envidia. El sol lucía en todas ellas. El cielo era azul y no había ni un solo atisbo de nubes. En su realidad, un intenso aguacero seguía cayendo al otro lado de la ventana.

—Maldita sea, esto no puede seguir así —se reprendió, levantándose del sofá—. Tu querías un reto, un cambio de aires y salir de tu zona de confort. ¡Pues sal! ¿Qué más da estar en tu apartamento de Sevilla que aquí, si solo pisas la calle para ir al trabajo? ¿En qué ha cambiado tú vida? ¡En nada!

Se vistió con lo primero que encontró en el armario, se caló las botas de agua en un gesto decidido y salió a la calle haciendo grandes esfuerzos por obviar la lluvia. Aunque las calles estaban vacías, todos los locales estaban atestados de gente, y las risas salían de los restaurantes envolviendo a la ciudad en un halo de alegría. Laura los miraba desde fuera con el ceño fruncido, sin poder evitar el rencor en sus ojos. El agua había comenzado a traspasarle el chubasquero.

—Necesito un lugar en el que refugiarme— dijo en voz baja, andando con pasos largos.

Entró en el primer lugar que vio sin importarle lo que fuera. En cuanto puso un pie dentro el intenso olor a palomitas le hizo regresar a España. A los fines de semana con sus hermanas, las cenas en los restaurantes de comida rápida y la chocolatina de premio que le daba su madre cuando se portaban bien. Una enorme sonrisa apareció en sus labios y echó un vistazo a la cartelera, negándose a que la nostalgia se apoderase de ella. Un cartón enorme de palomitas dulces todavía calientes, un refresco y una sala en penumbras en la que solo había una persona más.

—Hei! —saludó, utilizando una de las pocas palabras que sabía en finés.

El chico le respondió con el mismo monosílabo y Laura pasó por delante de él sin prestarle atención a su apariencia. Piel morena, ojos más negros que los suyos y un cabello rizado de color oscuro. Completamente opuesto al estereotipo del finlandés. Su hermana mayor era adoptada y, aunque sus rasgos árabes no diferían mucho con los de ella misma, a lo largo de su vida había sufrido varios encuentros racistas, y no iba a ser Laura la que se juzgara a una persona por el color de su piel.

Quince minutos más tarde las luces se apagaron y la sala permaneció casi vacía. La película era en versión original con subtítulos en inglés. No fue ni mala ni buena, una trama sencilla, de esas para pasar la tarde y no pensar mucho. Casi dos horas más tarde las luces se volvieron a encender.

—No ha estado mal —se dijo Laura, con una sensación de calma en el cuerpo. Se dirigió a la salida donde el chico estaba esperándola para sujetarle la puerta—. Kiitos.

—Your welcome! —contestó guiñándole un ojo.

Laura no pudo evitar ruborizarse y salió casi huyendo. No era bajita, pero el chico le sacaba dos cabezas, y aquello le impuso bastante respeto, además de la preciosa sonrisa que acompañó a sus palabras.

El estómago le rugía, a pesar del cartón de palomitas que se había comido, y se acercó al único restaurante del edificio: una cadena de comida rápida. No pudo evitar sonreír al verlo. El vestíbulo del cine estaba lleno y la cola se perdía entre la gente. Todas las mesas estaban ocupadas y varios grupos de adolescentes habían terminado comiendo sentados en el suelo.

—Mejor busco otro sitio —murmuró, sin querer regresar a su piso.

La calle la recibió con la misma lluvia de antes. Se puso el chubasquero, todavía mojado, y se adentró en el aguacero luchando con las nubes que se erguían sobre su cabeza, amenazando con una tormenta mucho más peligrosa que la que había a su alrededor. Recorrió las calles adyacentes sin encontrar ningún restaurante que le apeteciese con mesas libres. Notaba que el agua empezaba a bajarle por las piernas y la humedad le llegaba hasta los tobillos.

—Lo que sea. El primero que tenga hueco —afirmó, girando una esquina.

No se fijó en el letrero, solo vio una mesa vacía al lado de la ventana, y entró. Anduvo entre los comensales con la vista fija en su objetivo y cuando le quedaban dos pasos para llegar, una mochila apareció encima de la mesa. Laura levantó la mirada y sus ojos se abrieron con asombro al ver al chico del cine.

—Es la única libre —dijo ella, en inglés, en un tono casi de súplica.

—Hay cuatro sillas, y yo solo necesito una —respondió él, con la misma sonrisa de antes.

Laura bajó la cabeza, azorada. Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse; sin embargo, el olor a comida le hizo aceptar la invitación. Una vez que estuvieron sentados, en diagonal, el chico le tendió una carta. Al verla, Laura miró a su alrededor sorprendida.

—¡Anda! Un mexicano, qué casualidad —exclamó en español sin dirigirse a nadie.

—¿Hablas castellano? —preguntó el chico en el mismo idioma con un marcado acento.

—Sí, soy de España. ¿Y tú?

—Yo soy finlandés, pero mi madre es venezolana. —Se cambió a la silla que había delante de Laura y alargó una mano por encima de la mesa—. Heikki, encantado de conocerte.

La conversación entre los dos fluyó con naturalidad, en español, salpicado con palabras en inglés, muchas risas y una decena de miradas cómplices.

—Hay un bar con buena música cerca de aquí. ¿Quieres que vayamos? —preguntó Heikki mientras pagaban.

—¡Claro! —contestó Laura con entusiasmo.

Salieron a la calle y corrieron con las capuchas puestas.

—Es ahí —anunció Heikki, señalando un pequeño local en la acera contraria.

Tenían que cruzar un semáforo y esperaron, impacientes, a que cambiara de color. Estaban uno al lado del otro, intentando hacerse lo más pequeños posibles para resguardarse de la lluvia y del viento que se acababa de levantar. Cuando el hombrecillo se puso en verde Laura avanzó unos pasos y se giró hacia atrás, extrañada, al ver que él no la seguía.

—¿Todo bien?

—Está nevando —respondió Heikki extendiendo una mano entre ellos.

Los copos se quedaban en su palma y Laura se quedó mirándolos, fascinada. Había visto la nieve tres veces en toda su vida, y ninguna en su Sevilla natal.

—Son como los pintan en los dibujos, en forma de estrella —murmuró, acercándose a él—. Siempre pensé que era una imagen idealizada para los niños.

—Es bonito, ¿verdad?

—Mucho —contestó, asintiendo entusiasmada con la cabeza.

—Pues si te quedas aquí esta no será la única nevada que veas. Finales de septiembre y ya tenemos nieve…

—¿Muy pronto?

—Yo no quiero decir nada. Vamos a cruzar antes de que se vuelva a poner en rojo —continuó diciendo, mientras señalaba con la cabeza el hombrecillo verde que había comenzado a parpadear.

El local era acogedor, con música de ambiente, no muy alta, y lleno de sillones. A pesar de que había bastante gente, podían hablar sin tener que gritarse al oído y treinta minutos más tarde lograron hacerse con un hueco.

—¿Nunca has probado la sima? —preguntó Heikki sorprendido.

—No llevo mucho tiempo en Finlandia y no he salido demasiado —se excusó Laura, con cierta vergüenza—. ¿Qué es?

—Una especie de hidromiel.

—¿Tiene alcohol?

—Algo, pero es bastante suave. No creo que aquí tengan y si hay, seguro que no está muy buena. Mi padre la hace casera y jamás probarás una sima mejor que la suya. Si quieres puedes venir un día a mi piso y la pruebas —terminó diciendo, dejando la pelota en su tejado.

—Me gustaría mucho —contestó al momento.

Habían congeniado muy bien. Se sentían a gusto con el otro y cuando la mesa se llenó de refrescos y un par de cervezas, las miradas que se dedicaban eran cada vez más intensas. Las palabras clave no salían de la boca de ninguno de los dos por miedo a estropear ese momento, ese algo que se estaba empezando a formar y que no querían estropear.

—Te acompaño a casa —dijo Heikki antes de abrir la puerta del local.

—No es necesario. Vivo a dos calles —contestó Laura antes de salir.

Un frío helado se coló por la rendija y se quedaron anonadados al ver la fuerte nevada que estaba cayendo. La capa de nieve que había en el suelo tenía veinte centímetros de espesor y continuaba cayendo.

—Dices que no vivías muy lejos —dijo Heikki con una ceja levantada.

—No. ¿Tú?

—Al otro lado del río —contestó, frotándose la nuca.

Se miraron a los ojos durante unos segundos con la pregunta flotando entre ellos.

—Creo que esta noche voy a tener que acoger a un finlandés sin hogar —dijo Laura, sonriendo.

—Por favor, a no ser que quieras que muera congelado.

—Eso sería todo un desperdicio —contestó, saliendo a la calle, dejándole con una ceja levantada y las ganas de que le aclarara el comentario.

*

Lo primero en lo que Laura se dio cuenta al despertar es que el constante golpeteo de las gotas de lluvia contra la ventana había parado. Lo segundo: que había alguien más en su cama. Heikki la miraba sentado desde el borde, con una bandeja de tostadas recién hechas y una taza de té humeante.

—¿Llevas ahí mucho rato? —preguntó, azorada.

—Un poco. ¿Sabes que murmuras mientras duermes?

Ella se sonrojó y tiró de la sábana para taparse la cara, haciendo que la bandeja se deslizara y las tazas se movieran con violencia.

—¡Perdón! —dijo, incorporándose al momento.

—No pasa nada. Vamos a desayunar, y luego vístete. Hay algo que quiero mostrarte.

—¿Fuera? Ha dejado de llover, ¿verdad? —preguntó, inclinándose hacia la ventana.

—Sí, pero no mires. Luego lo verás —contestó, tomándola de la barbilla para girarle la cara. Se acercó a ella y le dio un suave beso en los labios—. Buenos días —dijo en un tono meloso con una sincera sonrisa.

—El mejor en meses.

Desayunaron en la cama. No era el lugar más cómodo del piso, pero Heikki no quería que Laura se acercara a ninguna ventana y pudiera ver el exterior.

—Me tienes intrigada, ¿qué hay en la calle? ¿Unicornios de colores?

—Mejor —contestó, tendiéndole el abrigo.

Bajaron por las escaleras del edificio y justo antes de salir Heikki le hizo cerrar los ojos.

—Dame la mano y no los abras hasta que te lo diga.

—¿Adónde vamos? Si sigue habiendo nieve me resbalaré.

—Sigue habiendo nieve, pero no te vas a caer. Confía en mí.

Laura asintió y se dejó guiar con la curiosidad a punto de explotar. El sol le daba en la cara y a su alrededor solo se escuchaba el crujir de la nieve. Anduvieron unos cientos de metros hasta que Heikki le hizo detenerse.

—Vale. ¿Preparada? —preguntó, colocándose detrás de ella.

—¡Por favor! —suplicó.

Estaban en un parque cercano a su piso. Laura pasaba por allí todos los días de camino al hospital; sin embargo, el aspecto que ese día mostraba era sorprendente. El sol se erguía orgulloso al fondo, entre los abetos nevados. No había ni una sola nube en el cielo, pero el blanco seguía más que presente, pues el suelo era un mar de nieve. Inmaculada, perfecta y silenciosa.

—¿Te gusta? —preguntó Heikki con la voz ronca al ver que no decía nada.

—Es asombroso… —murmuró, incapaz de encontrar palabras para describir lo que veía.

—Bienvenida a Finlandia —le susurró al oído, apoyando la barbilla sobre su hombro—. No todo son días de lluvia y oscuridad. No podemos dejar que los malos momentos nos impidan disfrutar de los buenos.

Pasaron la mañana en una cruenta guerra de bolas de nieve, a pesar de la reticencia inicial de Laura de mancillar el inmaculado paisaje. Los niños del barrio se unieron a ellos y acabaron revolcados en la nieve, colina abajo, encima de un trineo. Muñecos de nieve, risas y una euforia que llevaba meses sin sentir.

—Gracias —dijo con sinceridad, cuando Heikki puso delante de ella un sencillo plato de pasta con tomate.

—¿Por la comida? —preguntó, levantando una ceja con arrogancia.

—Por eso, por esta mañana tan maravillosa y por tu alegría.

—De nada —respondió dándole un beso—. A ver si tenemos suerte y Finlandia nos regala otro de sus maravillosos momentos.

—¿Gnomos y duendes? ¿Trolls?

—Mucho mejor que eso. Pero tendremos que esperar un poco.

Cuando terminaron de comer se tumbaron en el sofá. La mañana en la nieve los había dejado agotados, Laura estaba dando cabezadas, aunque cada vez que Heikki se erguía para mirar por la ventana, volvía a despertarse.

—¿Qué es lo que esperas? —preguntó, somnolienta.

—Ya lo verás. Si es que aparece.

Ya había anochecido, a pesar de que no eran más que las cinco de la tarde, y unos pensamientos negativos se empezaban a colar en la cabeza de Laura. «Ha sido perfecto. Un día maravilloso. Demasiado… Mañana toca volver a la realidad, y él…».

—¡Sí! —gritó de pronto Heikki, sacándola de sus ideas catastrofistas.

Se levantó de un salto y tiró de ella para acercarla a la ventana.

—¿Cierro los ojos? —preguntó con una sonrisa infantil.

—¿Cómo lo has sabido?

Se dejó guiar por el pequeño salón, oyó a Heikki abrir la ventana y un segundo más tarde el frío del otoño le dio en la cara.

—¿Esta vez no me vas a llevar de excursión hasta el parque?

—No es necesario. Se ve perfectamente desde aquí. Abre los ojos.

Laura lo hizo despacio, saboreando el momento, intentando disfrutar del entusiasmo de su compañero. Y, al igual que esa mañana, sus ojos se abrieron, estupefactos.

—Dios mío, es… Es una…

—Una aurora boreal —terminó de decir, complacido por su reacción.

Permanecieron unos minutos quietos, uno al lado del otro, contemplando el espectáculo que la naturaleza les brindaba. Las luces de la ciudad, inmóviles, contrastaban con las ráfagas de luz que se movían por el cielo, tranquilas, orgullosas y elegantes.

—¿Es la primera que ves? —Laura asintió en silencio y él la miró con un intenso brillo en los ojos—. En mi familia hay una tradición. Cuando alguien contempla por primera vez una aurora boreal con alguien de mi familia, se crea entre ellos un lazo irrompible. Mi abuelo me lo contó, y a él se lo contó el suyo. Así que, imagínate desde hace cuando se dice.

Laura permaneció en silencio durante unos segundos, procesando la información de ese chico al que había conocido el día anterior.

—¿Un lazo romántico? —preguntó en un quedo murmullo.

—No en todos los casos, pero siempre de una fuerte amistad—. Hizo una pausa y continuó hablando—. A mis padres les pasó, y prometieron que si en algún momento tenían una niña la llamaría Aurora. Luego llegamos mi hermano y yo y les fastidiamos los planes —terminó diciendo con una risa divertida.

Un tranquilo silencio se instauró entre los dos, abrazados ante la ventana con la vista fija en el paisaje.

—Si llega a pasar, el nombre de Aurora no me desagrada —comentó Laura, sin despegar los ojos del frente.

Heikki sonrió a su lado, le dio un beso en la cabeza y la estrechó contra su pecho. Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas que acabaron resbalando por su mejilla, sin que la chica tuviera la intención de detenerlas.

Las últimas semanas habían estado sumidas en la oscuridad, pero algo le decía que eso estaba por cambiar. Habría días buenos y otros malos. Pero no podía quedarse anclada en los grises y perderse los blancos y azules. Los multicolores y los cielos negros teñidos de verde y morado.

Ninguno sabía lo que les depararía el futuro; sin embargo…,


«Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Pájaros perdidos (1916), Rabindranaz Tagore.



No sé muy bien de dónde salió la inspiración para este relato, tan solo recuerdo que debía contener las palabras primero, reloj y opaco.
La idea original era muy diferente a lo que ha resultado. En un principio estaba intentando algo relacionado con unos niños en una guardería. Que no podían salir al parque porque estaba lloviendo o algo así. Quería que fuese algún cuento con una moraleja bonita al final. Me pasé varios días dándole vueltas a eso, pero no se me ocurría cómo hacerlo, así que descarté la idea y pensé en otra cosa.

Aun así, quería que tuviera ese final feliz con moraleja y se me ocurrió la frase "Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas". Y cuando fui a buscarla en internet descubrí que era parte de un libro de poemas. El título del relato es el título de ese libro.

De ahí fue fluyendo la idea. Y creo que no quedó mal. De hecho, este relato me dio pie a escribir una historia mucho más larga que se ha acabado convirtiendo en una novela.

*

Puede que también te interese:
Si quieres leer más historias mías ve a este enlace: Relatos.

¡Un saludo!



Doscientas millas. Relato

Los últimos rayos del sol se escondían por el horizonte cuando un chico de quince años, delgado como un palo, salía del interior de la mina. La capa gris que le cubría camuflaba su pelo rojo, las pecas de sus mejillas y la alegría que siempre le acompañaba.

—Descansa, Joe. Hoy ha sido un día duro y has trabajado bien —le dijo uno de los hombres que emergió de la tierra junto a él.

—Gracias, señor Harper. Dele recuerdos a su mujer y cuide del pequeño Tom —respondió Joe, escondiendo su desánimo detrás de una sonrisa amable.

—Hay que ver qué chaval tan atento. —El hombre le revolvió el pelo con una mano igual de sucia que el rostro de Joe y le dio una palmada en la espalda antes de despedirse de él—. No trabajes mañana mucho en el rancho de los Rogers —añadió, guiñándole un ojo.

El chico asintió con la cabeza, confuso, sin saber a qué se refería con ese gesto de complicidad.

Joseph Phelps, Joe, como todo el mundo lo conocía, se despidió de sus compañeros y se separó del grupo de mineros. Los hombres se dirigieron a sus hogares, donde les esperaban sus familias con una comida caliente y unas amorosas sonrisas. Él, en cambio, se dirigió al centro del pueblo. Su casa, una pequeña cabaña de madera de una sola habitación, construida en el extrarradio, siempre le recibía con una fría bienvenida, y aquella noche él necesitaba compañía: era su cumpleaños. Dieciséis años que nadie, hasta ese momento, había recordado.

Joe, conocido por todos por su afable sonrisa y buen humor, era huérfano. El párroco del poblado lo encontró en la puerta de la iglesia una noche de primavera de 1846. Nunca supieron qué pasó con su madre, y padre jamás hubo. Fue un niño criado por todos, alimentado con caridad y vestido con retales de aquí y de allá. Pronto aprendió que un gracias, señor, y un déjeme que le ayude, funcionaban mejor que los gritos, los insultos o los empujones. Y con pocos años se ganó el cariño de toda la gente de Thunder Peak, un pequeño poblado ubicado cerca del río Laramie, en el territorio de Utah.

Joe, minero a jornada completa, y vaquero esporádico, tenía un sueño: quería ver mundo. Quería conocer qué había más allá de la mina, de los límites del rancho de los Rogers, del Fuerte John y del río Laramie, lo más lejos que había llegado hasta ese momento. Pero, sobre todo, Joe quería ver el mar. Soñaba con las historias que Saul, el tabernero, le contaba de San Francisco. Las olas, las gaviotas y el olor salado que se queda pegado en la lengua. Él quería vivir aquello y dejar de sentir en su boca el polvo de la mina o el heno de los caballos.

Subió los tres peldaños que daban acceso al porche del salón y empujó las puertas abatibles.

—¡Ey, Joe! ¿Qué pasa, chico? Siéntate —le saludó Saul. Dejó en la barra el trapo con el que estaba secando unos vasos y se dirigió a la cocina que había en la parte de atrás del local—. Sally, Joe está aquí, y parece un muerto de hambre.

—¡Marchando un buen guiso para ese niño de pecas preciosas! —Se oyó la voz de una mujer desde el fondo.

—¿Pecas? ¿Dónde? En esa cara hay más mierda que en un estercolero. ¿Por qué no subes a lavarte un poco, chico? Ya sabes que a Sally no le gusta que la gente coma de cualquier manera.

—No tendremos vajillas de oro, pero no somos unos pordioseros —dijo Joe, repitiendo lo que la mujer tantas veces decía a lo largo del día.

—Exacto.

—Gracias, Saul.

—De nada, chico —contestó el hombre, palmeándole la espalda.

Saul y Sally eran una pareja extraña. Polos opuestos. Saul era alto y enjuto, Sally baja y oronda. A Saul le gustaba hablar con todos los que pusieran medio pie en la taberna, Sally prefería la soledad de su cocina. Sin embargo, los dos coincidían en el cariño que sentían por Joe. Ese chico al que le habían dejado libre una habitación en la parte de arriba del edificio, al lado de la suya, lejos de los huéspedes ocasionales que pernoctaban en aquel pequeño poblado rumbo a cualquier parte.

Joe subió las estrechas escaleras y entró en la habitación. Era más pequeña que su cabaña, sin embargo, allí siempre se sentía en casa. Cogió el aguamanil que había a un lado de la cama, vertió el agua en la jofaina y se aseó con esmero sin apartar la vista del cuadro que había encima del lavamanos: un lienzo de San Francisco, con el mar de fondo, que el mismo Saul había pintado para él.

Cuando su piel blanca apareció debajo de la capa gris que la cubría, su humor mejoró considerablemente, se atusó el cabello lo mejor que pudo y bajó al salón. En una mesa, la más cercana a la chimenea, Sally le había colocado un cuenco enorme de un caldo humeante acompañado con un trozo de pan recién horneado y un vaso de güisqui.

Saul le guiñó un ojo desde la barra y siguió charlando con un chico que Joe había visto en varias ocasiones. Era un chaval raro con el que no sabía muy bien cómo tratar. Unos días le saludaba con una gran sonrisa y amabilidad, haciendo bromas con todos y riéndose a carcajadas por cualquier cosa. Otros, en cambio, pasaba de largo o le miraba con el ceño fruncido, justo igual que el día anterior.

«Ese chico tiene un problema. Son dos personas diferentes viviendo en el mismo cuerpo», pensaba, sin poderse creer lo simpático que era en ese momento.

Siempre llegaba con un caballo a punto de desfallecer y, cuando se marchaba, lo hacía al galope, espoleando al animal sin ninguna misericordia.

Cuando Joe terminó de comer el chico salió del salón en dirección a los establos.

—¿Quién es? —le preguntó a Saul, sentándose en el taburete que se acababa de quedar libre.

—Uno de los chicos del Pony Express.

—¿Del qué?

—El Pony Express —repitió el tabernero, señalando con el dedo un cartel que había pegado al lado de la puerta del salón.

Nadie se había molestado en enseñarle a leer, así que Joe solo pudo entender un par de palabras. Delgado, huérfano y bueno montando. Aunque toda su atención se la llevó los veinticinco dólares a la semana que ofrecían. No necesitó entender nada más.

—¿Qué es el Pony Express?

—Un servicio de correos que va desde Missouri hasta California en diez días o menos.

—¿Y eso es poco tiempo?

—Muy poco. Hay que cruzar casi el país entero de una costa a otra. Las diligencias actuales tardan casi un mes.

—¿Por qué pagan tanto?

—Bueno, tampoco es mucho, aunque es bastante más que tu salario de minero. Pero hay que tener en cuenta que es un trabajo peligroso. Para recorrer esa distancia en tan poco tiempo tienen que cabalgar muy deprisa, con el riesgo de caídas que eso conlleva. Además, nadie te asegura que no vayas a ser atracado por el camino.

—Por eso lo de huérfano.

—Sí, es un trabajo arriesgado.

—Pero compensa —dijo de pronto una voz a su espalda. El chico acababa de regresar y se sentó al lado de Joe—. Si te gusta conocer sitios nuevos y viajar, es un trabajo perfecto. Nosotros somos de un pequeño pueblo cerca de St. Jospeh, y uno de mis hermanos llegó a San Francisco hace unas semanas. Imagínate.

Joe lo miró fascinado, pensando en las posibilidades que ese trabajo podría ofrecerle.

—¿Tus hermanos también trabajan en el Pony Express?

—Sí. Seguro que los has visto alguna vez. Uno se fue ayer.

Joe lo miró con la ceja levantada.

—¿El chico de ayer no eras tú?

—No, era Sidney, mi hermano mellizo —contestó con una carcajada—. Somos trillizos: Sidney, Jim y yo, Tom.

—Ya veo…

Joe, ese chico poco hablador y precavido que siempre pensaba antes de actuar. Joe, que soñaba con salir de aquel poblado de menos de un centenar de habitantes, pero que nunca se había atrevido a alejarse más de veinte millas. Joe, que ansiaba con ver el mar, pero trabajaba bajo tierra.

—Joe es bueno cabalgando, rápido y eficiente —dijo Saul, sabiendo que el chico no iba a decir nada—. Y le gusta viajar.

—¿Sí? Mis hermanos y yo cubrimos esta zona, pero no nos vendría mal tener a alguien más.

—Yo… yo… Trabajo en la mina, y ayudo a los Rogers y… —balbuceó el aludido, mirando con pánico al tabernero.

—Siempre puedes cambiar de trabajo. Piénsatelo —contestó Tom mientras se dirigía a las escaleras que daban a las habitaciones—. Mañana por la tarde me voy, si decides unirte a nosotros, díselo a Saul y yo te diré algo cuando regrese. Yo, o uno de mis hermanos.

Joe y Saul se quedaron en silencio durante unos minutos. El chico se mordía el labio. Las dudas le asaltaban. Serían unas jornadas largas y muy fatigosas, con la amenaza constante de una caída y asaltos, sin embargo, le ofrecía algo que siempre había querido, salir de allí, ver mundo. Y aunque fuese peligroso, trabajar en la mina también lo era.

—Hazlo, chico. Thunder Peak siempre estará aquí, puedes regresar en cualquier momento, pero igual nunca se te vuelve a presentar una oportunidad como esta. Además, como Daniel Rogers se entere de lo que haces por las noches con su hija, te va a meter la escopeta por el culo.

—¿Lo sabes? —Joe tragó saliva con fuerza y lo miró con recelo.

—Os han visto un par de veces. Ya sabes el temperamento que tiene el padre de Becky y como la dejes embarazada… —Se pasó una mano por el cuello de izquierda a derecha en un gesto dramático—. Toma el trabajo, márchate y ve mundo. Y si algún día llegas a San Francisco, dale recuerdos de mi parte.

Joe se quedó en silencio, Saul tampoco dijo nada, dejándole tiempo para asimilar y pensar en lo que aquello suponía.

—¿Me echaréis de menos? —preguntó el chico, finalmente.

—Como al hijo que nunca tuvimos —aseguró Sally, de pronto, abrazándolo por la espalda—. Feliz cumpleaños —añadió, colocando en sus manos un pequeño paquete envuelto con papel de periódico.

*

Amanecía cuando Joe llegó al salón. Uno de los trillizos le estaba esperando en la puerta y rogó por que fuera Tom.

—Este es tu caballo —dijo uno de los hermanos en un tono frío, casi sin mirarle a la cara.

Joe farfulló para sí mismo. Tenía decenas de dudas y cientos de cosas que preguntar, sin embargo, aquel chico no le inspiraba ninguna confianza, ni tampoco parecía dispuesto a dar más explicaciones de las necesarias.

—¿Te has aprendido el trayecto? —preguntó Sidney, indiferente a su malhumor. Joe asintió—. Ya sabes, seis paradas, cambias el caballo lo más rápido que puedas en cada una de ellas y sigues hasta Split Rock. Unas doscientas millas. Es un terreno bastante plano, así que, si no tienes muchos contratiempos, deberías llegar allí mañana antes del atardecer, y más te vale que no te pille la noche.

¿Qué hago si no llego antes? ¿Y si me pierdo? ¿Hay indios por ahí? ¿Forajidos? Cientos de preguntas, pero Joe se limitó a asentir, intimidado por su seriedad.

—¿Has practicado cómo debes atar y desatar el bolso con las cartas? —Joe volvió a asentir—. Ese bolso es lo más importante, más que tú mismo, ¿me has entendido?

Joe volvió a asentir. Se subió al caballo, las piernas le temblaban y el corazón le latía con fuerza. Emoción, nervios, una aventura por delante y el horizonte ante él.

—Ten cuidado, chico —se despidió Saul desde la puerta del salón.

Joe, ese chico al que todos en Thunder Peak querían, salió del poblado al galope, en un caballo que más bien parecía un pony, llevando las cartas e ilusiones de otros y persiguiendo sus propios sueños.

*

Nunca había corrido tan rápido como en ese momento. Pasó por delante de su pequeña cabaña con el corazón en un puño y los sentimientos encontrados. Sabía que aquella no sería la última vez que estuviera allí, sin embargo, estaba a punto de dejar atrás todo lo que conocía y la incertidumbre a lo desconocido amenazaba con hacerle caer del caballo.

Agarró las riendas, aferrándose a ellas como una balsa en un río de fuertes corrientes y cruzó el terreno de los Rogers al galope sin girarse hacia la casa principal. Cabalgó raudo, con la vista puesta en el frente, sin pensar, tan solo dejándose llevar. El viento diluyó una parte del miedo que lo atenazaba y cuando el Fuerte John quedó atrás, las ansias por descubrir el mundo empezaron a hacerse un hueco en su interior.

El caballo puso una pezuña en el vado del río y Joe miró a su espalda por primera vez. En cuanto llegara a la otra orilla sería lo más lejos que habría estado de su casa en toda su vida. Tomó aire y continuó. Sus últimas dudas quedaron en las aguas del río Laramie y cuando los cascos del animal tocaron de nuevo tierra firme, la sonrisa en su rostro era deslumbrante.

Joe, huérfano, minero y vaquero a tiempo parcial. Joe, un chico de dieciséis años que apostó fuerte y descubrió la libertad en un bolso de cartas, a lomos de un caballo.

*

El sol estaba en su punto más alto cuando vio por primera vez la silueta del indio. Estaba a varias millas de distancia, sin embargo, el chico sentía la intensidad de su mirada clavada en su nuca. Llevaba un águila sobre el hombro y cada vez que el caballo de Joe aminoraba la marcha la rapaz dejaba a su dueño y los sobrevolaba, en una clara advertencia.

Cambió la montura por quinta vez, hizo una pequeña parada para ir al baño y comer algo en la taberna del poblado y siguió su rápida cabalgada hacia el oeste, en dirección a su destino final. La figura del indio se quedó al otro lado del pueblo y el chillido del águila encima de su cabeza le despidió. Los siguió durante una milla y cuando regresó con su dueño, Joe no tuvo tiempo de suspirar aliviado. Dos jinetes salieron a su paso. Llevaban un rifle en la mano y sus rostros no mostraban ninguna expresión amigable.

—Mierda —farfulló sin saber qué hacer.

Sidney le había dicho que fuera listo y, si algo así pasaba, valorase bien la situación. No llevaba nada de valor, tan solo un montón de cartas en las que probablemente los forajidos no estarían interesados. ¿Cómo son sus monturas? ¿Parecen rápidas? ¿Están cansadas? ¿Llevan armas? Observa, piensa y actúa. Fue su consejo. Tu vida vale más que cualquier carta. Había añadido Saul.

Era su primer viaje y no quería fallar. Así que se hizo pequeño, espoleó a su caballo para que siguiera hacia delante y aprovechó la inercia que llevaba para arrojarse sobre ellos. Su montura no era muy grande, sin embargo, era un animal fuerte y el golpe descabalgó a uno de los hombres. Escuchó varios disparos, pero ninguno dio en el blanco y continuó azuzando al caballo para que siguiese galopando más y más rápido. Vio por el rabillo del ojo que una figura les seguía, oía sus maldiciones y los disparos, pero Joe no se amilanó.

—Corre, chico. Corre —le susurró a su caballo, pegándose contra su cuello.

Los persiguió durante un centenar de yardas. Las monturas resollaban, pero la adrenalina mantenía el cuerpo de Joe en tensión. Al final la resistencia se impuso a la velocidad y el bandido fue perdiendo terreno. Le despidió con un último disparo que tampoco dio en el blanco y Joe gritó eufórico.

El cielo se empezaba a tornar naranja cuando Joe, ese chico que arriesgó y ganó, entró en Split Rock.

—Lo he conseguido, doscientas millas —murmuró, mientras bajaba del caballo delante de la taberna que daba fin a ese primer viaje.

—¿Todo bien? —le preguntó Tom, que salió a recibirlo.

—Todo bien. ¿Cuándo es el siguiente viaje? —contestó, con la emoción todavía recorriéndole el cuerpo.

*

El Pony Express anunció su cierre cinco meses más tarde, dos días después de que se enviara el primer mensaje transcontinental con un telégrafo. Cinco meses en los que Joe recorrió doscientas millas de aquí para allá, acercándose y alejándose de su hogar. Pasó por Thunder Peak una decena de veces, regresó en seis ocasiones y se marchó en siete.

Forajidos hubo unos cuantos, por suerte, sin muchos contratiempos, y nunca llegó a tener problemas con los indios. Aunque la silueta lejana y el águila le sobrevolaron en varias ocasiones. Vio la nieve, cabalgó en días de lluvia y bajo un sol abrasador. Recorrió desiertos, montañas y lagos. Poblados más pequeños que Thunder Peak y asentamientos enormes en los que necesitó un mapa para orientarse. Todo de paso, con una o dos noches de descanso como mucho.

—¿Está muy lejos San Francisco? —le preguntó al tabernero del último salón en el que se hospedó bajo la protección del Pony Express.

—Unas doscientas millas.

Joe sonrió ante la casualidad.

—¿Cuánto se tardará en recorrer doscientas millas a paso normal?

*

Las pecas se perdían entre las arrugas que la vida le había regalado a Joe. Ese Joe, con muchos más años que cuando salió de Thunder Peak, seguía siendo un chico alegre, casi septuagenario, que, desde el porche de su casa miraba las olas del mar, se deleitaba con el graznido de las gaviotas y saboreaba el olor salado que se le quedaba pegado a la lengua.

Joe, ese huérfano que llegó a San Francisco con un puñado de monedas y una mochila llena de ilusiones. Joe, ese chico que aprendió que en la vida no existe la suerte, sino atreverse a dar el paso. Joe, ese hombre que, sin apenas saber leer o escribir, creó su propia empresa. Joe, ese marido que compró una casa al lado del mar para su familia. Joe, ese padre que le dio a sus seis hijos todo lo que él no tuvo en su infancia. Joe ese viudo que lloró la muerte y se volvió a levantar. Joe, ese anciano con la mirada puesta en el infinito, allí donde el mar se fundía con el cielo.

Joe, el que se atrevió, el que persiguió sus sueños y vivió sin nada que lamentar.

Joe, con la brisa del mar envolviéndole, sonrió satisfecho, cerró los ojos y aspiró el sabor del mar una última vez.


*

Esta historia llegó sola. Marta, una chica que tiene una newsletter llamada Postales de domingo, envió un correo en el que hablaba del Pony Express. Y conforme leía lo que nos contaba, mi cabeza empezó a imaginarse una historia. Fue instantáneo. Leer, imaginar e hilar. Fue algo inconsciente y cuando su correo acabó me quedé con un sentimiento extraño, con la sensación de que ahí había algo de lo que podía tirar. Una historia que quería ser contada.

La idea empezó a germinar. Al principio se quedó en el momento en el que Joe decide marcharse, pero me quedaba cojo. Sentía que no había acabado. Luego conté un poco por encima sus peripecias en el Pony Express, sin embargo, tampoco me convencía. Notaba que la historia necesitaba más. Necesitaba el Pony Express, su camino, sus paisajes, sus obstáculos... Pero me paré. Si me ponía a desarrollar todo lo que la historia me pedía, este relato acabaría siendo una novela.

A pesar de no haberla dejado volar todo lo que me pide, creo que no ha quedado mal. Y, quién sabe si en algún momento le haga caso y la continúe.

Como detalle curioso extra, todos los nombres están sacados de la novela de Tom Sawyer. No tengo mucha idea de cómo se llamaba la gente de esta época, y esa historia ocurre justamente en los años en los que está ambientado este relato.


*

Puede que también te interese:
Si quieres leer más historias mías ve a este enlace: Relatos.

¡Un saludo!



Una mano inocente. Relato

La mesa baja del salón estaba llena de latas de cervezas vacías. De las paredes colgaban cinco guitarras desgastadas y, en el sofá, Axel intentaba contener las lágrimas mientras sus manos jugueteaban con una pistola. Subía y bajaba el seguro mientras la movía de un lado a otro. Unas veces apuntando a la ventana y otras colocando el cañón en su frente.

Diez avisos de impagos, siete nuevas facturas y cuatro solicitudes de trabajo rechazadas se acumulaban a sus pies.

—Maldita sea. ¿Es que el jodido pozo no tiene fondo? —sollozó, mirando con nostalgia los instrumentos que le recordaban los años de un éxito ya olvidado.

Casi una década de noches en vela, música y fiestas sin control. De auge, derroche y decadencia. De malas decisiones y peores soluciones que lo llevaron a la miseria.

—Todo podría acabar en un momento —susurró, colocando una vez más la pistola en su cabeza.

El pulso le temblaba y el clic que hizo el seguro al bajarse le hormigueó por todo el cuerpo. De pronto, un llanto retumbó en la habitación. Axel cerró los ojos, apretó los labios con fuerza y lanzó un cansado suspiro al aire.

—Ya voy, peque. Ya voy —murmuró con desgana.

Dejó la pistola en el sofá, se levantó y se dirigió a la habitación contigua. Un bebé estaba sentado en una cuna. Tenía todos los rasgos característicos de la trisomía del cromosoma 21: una nariz chata y los ojos en forma de almendra rasgados hacia arriba. Sonrió con alegría cuando el rostro inexpresivo de Axel apareció por la puerta, pero ni siquiera los gritos de satisfacción del pequeño consiguieron sacarle una sonrisa.

—Tienes hambre, ¿verdad? Ya, yo también.

Lo tomó en sus brazos cargándolo hasta el salón y después se marchó a la cocina. En los armarios solo había botes de leche en polvo, biberones y latas de conservas.

Cuando regresó, el bebé estaba sentado al lado del sofá con la pistola en las manos y su eterna sonrisa en los labios.

—Deja eso en el suelo, pequeño —suplicó Axel al ver que el seguro estaba quitado.

Un segundo más tarde, antes de que tuviera tiempo de acercarse a él, un disparo resonó en la habitación. El olor de la pólvora se extendió por todas partes y poco a poco las sirenas comenzaron a acercase a ese piso que, en un instante, se había quedado en silencio.



Hace muchos años una paciente en mi trabajo me habló de una historia que estaba escribiendo en inglés a dos manos con un amigo suyo. Han pasado años de eso, tan solo recuerdo que ella le llamaba X y su amigo decidió llamarlo Axel. Era alguien que se dedicaba a la música, pero no sé si tenía éxito o no, creo que no. No me acuerdo mucho más de la historia, tan solo que se quedó atascada en la escena en la que un bebé, diría que su hijo, estaba en el salón sosteniendo una pistola. El bebé tenía síndrome de Down. Y básicamente eso es lo que he escrito. Lo que recordaba de esa historia, dejándola abierta, con ese final que ella no supo darle. Al menos que yo sepa.

No sé porqué se me quedó esa historia en la cabeza durante tantos años, han podido pasar fácilmente siete años de esa conversación, pero ahí quedó. Cuando la escribí estuve pensando en si continuarla o no, darle un camino, una vida o una muerte, a ese bebé, pero, de alguna manera, era un homenaje a esa historia inconclusa de mi paciente, y no me atreví a seguir con ella. Aunque, por otra parte, podría haber sido un buen homenaje seguirla, rompiendo ese bloqueo en el que se encontraba.


*

Seguro que también te interesa:
Si quieres leer más relatos míos visita pincha en este enlace: Relatos.

¡Un saludo!


¿Quién soy? Relato


Llevo en este mundo desde el principio, lo he visto todo y a todos. Soy inmutable e invariable, pero cambio con los años, con las décadas y los milenios.
Soy inexorable. Algunas veces corro tan rápido que paso fugaz, en un pestañeo. Otras, otras voy lento y sin prisa. Y a pesar de que el tic tac del reloj se hace eterno, yo nunca me altero.
Nada me puede tocar, pero todos me pueden sentir. Estoy a tu merced, o tú a la mía. La flora y la fauna me pertenecen, pues nadie escapa de mí. Y aunque soy intangible, me puedes perder. Y si lo haces… ¡Uy, si lo haces! Si lo haces nunca volveré.

—Una autodescripción muy bien hecha, querido —dijo Casiopea, asintiendo con una sonrisa en sus duros labios—. ¿Quién sigue?
—Yo, profesora —anunció alguien, al fondo de la clase.
—Adelante.

Se levantó de su asiento, miró a sus compañeros y tras un pequeño carraspeo comenzó a recitar:

Soy infinito, sin principio ni fin.
Puedo estar en las letras y en el firmamento, y sin mí, no habría lugar para existir.
Soy oscuro y luminoso.
Y aunque parezca vacío, tengo mucho que mostrar y tú grandes cosas por descubrir.

—Perfecto —aplaudió Casiopea justo cuando la campana daba la clase por finalizada.

Los alumnos salieron en tropel del aula, aunque los dos últimos que habían recitado sus autodescripciones se quedaron rezagados, no tenían prisa, pues nadie se iría sin ellos. Salieron de la clase con las mochilas al hombro, riendo, ignorantes de la mirada de envidia que ese dúo, siempre en perfecta sincronía, suscitaba en esa alma solitaria.

Sois eternos e infinitos, pero yo soy el final de todos los caminos.
No importa si eres rey o mendigo. León o pingüino.
Tu tiempo está contando y siempre terminarás conmigo.
Camino sin piernas, te llamo en silencio y no me puedes poner precio.
Corre si quieres, pero no te podrás esconder.
Al final solo quedará una opción:
Perecer.

Los tres alumnos abandonaron el edificio, unos sonriendo, otros en silencio. Y cuando todo quedó vacío, Casiopea miró por la ventana, contenta con esa generación que venía pisando con fuerza. Su caparazón se iluminó y cuatro letras aparecieron en el exterior, dos y dos que nombraban a esa niña que nunca olvidó.


*

Este relato participa en el concurso de relatos 46ªEd. del Tintero de Oro. Está inspirado en el libro de Michael Ende, Momo y las premisas eran escribir un relato con mucha imaginación y un acertijo. La extensión no debía de superar las 900 palabras.

Momo es una novela bastante especial, está llena de lecciones de vida y creo que tanto los niños como los adultos pueden disfrutar de ella.

A pesar de gustarme esta historia, escribir el relato me ha costado muchísimo. Eso del acertijo me ha llevado por el camino de la amargura y como el tema es "un relato con mucha imaginación", no sabía muy bien por donde encaminarlo. Creo que cumple con las premisas, aunque igual se me ha ido la mano con la imaginación y no se termina de entender.

Estamos en un aula, Casiopea es la profesora. Y los tres alumnos son el tiempo, el espacio y la muerte. ¿Por qué? Uno de los temas principales sobre los que gira la novela de Momo es el tiempo, así que pensé en hacer un acertijo que resultara en ello. Luego pensé en algo que pegara con él. Espacio-tiempo. Y ahí me quedé atascada... Busqué otra idea, concepto, abstracto, que pudiera describir en modo acertijo, se me ocurrió la muerte y... Volví a quedarme atascada. Al final lo acabé regresando a Casiopea y haciendo un guiño más a ese personaje, y a la protagonista de la novela, esa niña que nunca olvidó.

Espero que no haya resultado demasiado imaginativo y confuso.


*

Seguro que también te interesa:
Si quieres leer más relatos míos los tienes recopilados en este enlace: Relatos.

Nos leemos.

Un saludo.



Microrrelatos de cuarentena VIII. Atelier Isabella




Los números pasan con rapidez mientras él va realizando las operaciones. Cifra tras cifra, cantidades enormes se van acumulando. Ve doble, los unos le bailan y se masajea el puente de la nariz.

Así un día tras otro, sin descanso, en un despacho aséptico y vestido con un traje azul marino. Nadie de su círculo de amigos lo reconocería en ese ejecutivo de aspecto serio, sin sus camisetas de flores o los pantalones ajustados de colores llamativos, tan estrechos que “marcan todo lo que hay que marcar”, como él dice.

Suspira con cansancio y deja que sus ojos se pierdan al otro lado de la ventana, en ese atelier que un grupo de veinteañeros ha montado hace dos semanas. Sus sonrisas, esas miradas llenas de ilusión y los avances que van haciendo con la ropa, le producen una tremenda envidia. Siempre quiso dedicarse a la moda, diseñar su propio vestuario y, algún día, ver sus obras desfilar por las mejores pasarelas. Ansiaba viajar a París y a Milán y conocer a las grandes eminencias de ese mundo; nunca ha podido realizar su sueño.

—Eso es de nenazas, ¿acaso eres una? —preguntó su padre, después de cruzarle la cara cuando le dijo que no quería estudiar empresariales, sino ingresar en una escuela de moda.

—No, señor.

La conversación acabó ahí y jamás fue capaz de contradecirle. Terminó la carrera y entró a trabajar en una oficina con la que su familia tenía contactos. De eso han pasado ya dos años y todavía recuerda aquel primer día de trabajo como el peor de su vida. Nada ha mejorado desde entonces, cada mañana se levanta sin ganas, se viste con esos trajes que no le representan y se va a un trabajo que odia.

El sonido del teléfono detiene sus divagaciones y, cuando ve el nombre de su jefe, explota.

—¡A tomar por culo!

Se marcha del despacho sin mirar atrás. Sale del edificio, entra en el de al lado y llama al timbre de «Atelier Isabella». Cuando una mujer con el pelo morado, una flor del mismo color pintada en el ojo derecho y un vestido de la época victoriana le abre la puerta, sonríe entusiasmado.

«Estoy en casa», piensa.

*

La premisa de este relato era un personaje que odiase su trabajo. Tengo la suerte de trabajar en algo que me gusta, pero siempre que pienso esa situación me acuerdo de una de mis mejores amigas. Ella quería estudiar diseño de moda, pero su padre la acabó convenciendo para que hiciese administración de empresas, y aunque ahora no es infeliz en su trabajo, no puede pasar por una tienda de zapatos sin pararse media hora…

Cuando me puse a escribir el relato me vino a la cabeza la obra de Ai Yazawa, “Paradise Kiss”, y uno de sus personajes, Isabella. No pude evitar mezclarlos.

Espero que os haya gustado.

*

Seguro que también te interesa:

Roca Ojalá te conviertas en piedra Mercedes La maldad del más pequeño
Si quieres leer más textos originales escritos por la autora de este blog, puedes encontrarlos todos en este enlace: Relatos.

¡Un saludo!



Microrrelatos de cuarentena VII. Roca


Las olas arreciaban con fuerza amenazando al barco. Había estado varias veces a punto de zozobrar, y el agua se movía con furia, alentada por el gigantesco ser que trataba sin éxito de hacerse con el navío.

Gritos, gruñidos y zarpazos.

De pronto, la corriente lo alejó de la criatura. Todo quedó en calma cuando el agua se fue por el desagüe y la madre se llevó al bebé.


*

Las tres palabras que tenía este relato como premisa eran: Inocente, trampa y botella.
Imagino que haber sido madre poco antes de escribirlo me inspiró bastante. Esta es una de esas historias con una conexión extraña de ideas que se juntaron con otra premisa mía: quería que tuviera un giro narrativo inesperado.
Así que: inocente, bebé; trampa, la bañera y botella, por los barcos que están metidos en la botella.

La verdad es que es uno de los microrrelatos que más me gustan. No sé si el final es previsible, pero a mí me encanta.

Espero que os haya gustado.

*

Seguro que también te interesa:


La maldad del más pequeño

Mercedes
Ojalá te conviertas
en piedra
Si quieres leer más textos originales escritos por la autora de este blog, puedes encontrarlos todos en este enlace: Relatos

¡Un saludo!



 

Promesas de guerra

 



Siento cómo la bala se introduce en mi interior, me atraviesa la piel, desgarra los músculos y se hace un hueco en mi estómago. Escupo sangre y caigo al suelo. Mis dos hijos yacen delante de mí, inertes y con los ojos cerrados. Es el final, lo sé. Sin embargo, estoy tranquila y en paz. Satisfecha porque, al fin, conseguí justicia; el bastardo está muerto, y eso es lo único que importa.

Treinta años antes.

Me llamo Margot y todos los que me conocen afirmarían que ambición es mi segundo apellido. Acabo de terminar la universidad con las mejores notas de mi curso, he recibido el prestigioso premio Alan Turing, galardón que se otorga a personas que sobresalen en el ámbito de la informática, y hace poco empecé a trabajar en la prometedora empresa Swindler Co. Aunque no llevan mucho tiempo en el mercado, ya se han colocado dentro de las cinco compañías más importantes en la creación y desarrollo de programas de almacenamiento de recuerdos.

Los primeros meses han sido duros, nunca me gustó ser la nueva. Nadie te toma en serio y no hay nada que más odie que sentirme infravalorada. Tengo muchas ideas en la cabeza, y este tiempo sirviendo cafés es un desperdicio. Al menos he intentado aprovechar que todavía soy invisible para recopilar información sobre mis compañeros y superiores; una nunca sabe cuándo va a necesitar saber que la directora del departamento de Géfsi siente una pasión, casi enfermiza, por los Beagle. Figuritas, tazas y hasta camisetas. Cualquier superficie es buena para estampar la fotografía de uno de sus ocho perros, todos de esa raza, por supuesto. Pasar a su despacho es agobiante, pero qué le voy a hacer: yo soy más de gatos.

Por suerte, mi situación de novata ha cambiado en poco tiempo. En algo menos de seis meses he ascendido varios puestos en la empresa; he pasado de ser la chica nueva, hacedora de cafés y fotocopias, a ayudante en pequeños proyectos. Mi futuro es bastante prometedor. Aunque estoy en el área de programación básica, ya he colaborado con los siete departamentos especiales: Órasi, se encargan de desarrollar los diferentes softwares que procesan y almacenan los recuerdos relacionados con el sentido de la vista; Afí, los del tacto; Géfsi, encargados del gusto; Ósfrisi, desarrollan los programas que tienen que ver con el olfato; Akoí, del oído; Synaisthima, los responsables del departamento que maneja las emociones y Sképsi, los que intentan crear un programa que sea capaz de guardar los pensamientos, de momento sin mucho éxito.

Desde que nos implantaron los nuevos microchips y somos capaces de recordar todo aquello que leemos, la sociedad ha cambiado enormemente; la gente con buena memoria ha perdido su ventaja. Ahora se valoran otras cosas, como saber solucionar problemas, ser habilidoso con las manos o tener talento para la programación. Y aunque está mal que yo lo diga, tengo una facilidad portentosa para todas ellas.

—¿Dices que el viernes viste a Margot cenando con el subdirector de Sképsi?

—Sí, y parecían muy acaramelados.

—Yo la vi el sábado con la ayudante de Afí.

—Vaya una guarra.

Esas son las conversaciones más escuchadas en la empresa tras el fin de semana. No me importa lo que piensen de mí, al fin y al cabo, nadie especificó en qué ámbito se debía ser bueno con las manos. Y si es lo que necesito hacer para ascender… a nadie le sienta mal un revolcón, sobre todo si es sin compromiso. Al menos eso era lo que pensaba hasta hace unos minutos, tras despertarme por segundo día consecutivo al lado de Maximiliam Swindler, el jefe de la empresa.

Siempre me pareció un hombre muy atractivo; bien entrado en la treintena, con algunas canas que le dan un toque de lo más sexy y una sonrisa provocativa. Me tuvo en el primer guiño y me enamoré de él en el tercer orgasmo. Aunque lleva casado más de seis años nadie sabe mucho sobre su mujer, solo que viene de una familia muy adinerada. Se cree que fue un matrimonio por conveniencia, pero nadie habla al respecto, de eso, de que no tengan descendencia, ni de sus escarceos amorosos; todos queremos mantener nuestro trabajo.

—¿Qué hora es? —pregunta con voz ronca, desperezándose.

La sábana solo le cubre hasta la cintura, y no puedo evitar perderme en las definidas líneas de su pecho. ¡Sagrados arduinos! ¿Cómo se puede tener un cuerpo tan increíble?

—Poco más de las siete —contesto, intentando controlar mis ganas de saltar sobre él.

—Perfecto, la reunión es a las diez. Aún tengo tiempo para devorarte —dice seductoramente apretándome con fuerza contra él. Respondo a sus besos con tanto ímpetu que le hago reír—. ¿No tuviste suficiente con la sesión de anoche? —me pregunta mientras baja las manos por mis caderas.

—Nunca tendré suficiente de ti —respondo soltando un largo suspiro de placer cuando se cuela entre mis piernas.

Él también tiene unas dotes innatas con las manos. El octavo, noveno y décimo orgasmo llegan. Cuando acabamos me deja derrengada en la cama.

—No te vistas con algo muy provocativo, no quiero que nadie piense que te ofrezco el puesto por algo más que por tu talento con los ordenadores —dice mientras se levanta de la cama y se viste. Asiento con la cabeza sin poderme mover; el cuerpo entero me tiembla y todavía no soy capaz de coordinar. Me dedica una de sus seductoras sonrisas y me da un beso en la frente antes de marcharse—. No tardes mucho en levantarte o llegarás tarde.

Lo oigo salir de la habitación y cuando la puerta del piso se cierra sonrío como una adolescente.

—Tengo que hacerlo mío —susurro para mí misma.

No importa que esté casado, es un partido demasiado bueno para dejarlo pasar. El mejor amante que he tenido hasta la fecha, con dinero y posición; con él a mi lado puedo llegar a lo más alto. Nos conocemos desde hace muy pocas semanas, y ya ha influenciado en mi vida laboral. Es un hombre de negocios que sabe separar lo personal del trabajo; ha visto más allá de mis atractivos físicos y quiere que forme parte de un ambicioso proyecto que va a poner en marcha hoy mismo.

—No te voy a decir qué es. No tendré ninguna preferencia contigo porque nos acostemos —me dijo hace dos noches, cuando me informó sobre la reunión—. Eso sí, como no hagas bien tu trabajo me veré obligado a castigarte.

—¿Y qué tienes pensado hacer para que me porte bien? —pregunté con voz melosa.

—Creo que unos azotes no te vendrían mal —respondió agarrándome con fuerza del trasero.

—Eso es un doble rasero en toda regla, señor Swindler.

—Culpable —contestó sin una pizca de vergüenza antes de lanzarse sobre mi cuello.

Me pierdo en los recuerdos de las últimas noches con él y llego al trabajo justo cuando la reunión está a punto de comenzar. Me siento en la única silla que queda libre intentando pasar lo más desapercibida posible y evito mirar a Maximiliam, que sonríe de medio lado cuando me ve entrar, aunque no dice nada que delate mi tardanza. Las otras sillas están ocupadas por miembros de los diferentes departamentos. Somos treinta y sus caras de confusión me dicen que ninguno de ellos sabe qué hacemos aquí. Maximiliam carraspea para llamar nuestra atención, se levanta y, abotonándose la chaqueta del traje, comienza a hablar:

—Llevo trabajando desde hace tantos meses en este proyecto que casi no me creo que vayamos a ponerlo en marcha. —Enciende el proyector holográfico y nos mira, entusiasmado, con una sonrisa en el rostro—. Bienvenidos al proyecto «Alfa y Omega».

Sonrío al verlo tan emocionado. Más que el jefe de una importante empresa parece un niño pequeño el día de su cumpleaños.

—Gracias a los avances que han realizado en el departamento de desarrollo hemos logrado crear los primeros ordenadores con tecnología 20G; hay cinco disponibles, y serán los que utilizaremos. —El proyector holográfico comienza a funcionar y Maximiliam va explicando paso a paso en qué consistirá nuestro trabajo—. Los siete departamentos especiales llevan años recabando información sobre el guardado y procesamiento de los sentidos, emociones y pensamientos. Este proyecto utilizará esos datos y creará recuerdos 7D que se almacenarán en un nuevo microchip con tecnología 20G.

Los murmullos de asombro no tardan en llegar. Sin duda es un proyecto muy ambicioso. Ninguna empresa se ha atrevido a ir tan lejos; el almacenaje todavía no es perfecto, en especial con los pensamientos. Si conseguimos ponerlo en marcha revolucionaremos el mercado mundial.

Expone su idea con una pasión y convicción aplastantes. Cuando acaba todos asentimos, entusiasmados por empezar a trabajar. Lo miro sonreír ante los aplausos y, aunque no es nada mío, al menos no de manera oficial, no puedo evitar sentirme orgullosa de él.

—Os he elegido personalmente a vosotros porque considero que tenéis un talento excepcional. Sois la élite de la empresa y estoy seguro de que lograréis cumplir con las expectativas.

Se despide de cada uno de los miembros del nuevo equipo con un apretón de manos. Me quedo rezagada y espero a que todos hayan salido para acercarme a él.

—Gracias por confiar en mí.

—No me las des, te has ganado el puesto con tu trabajo.

—Espero no defraudarte —susurro con timidez.

—No lo harás —responde rozándome la barbilla con cariño durante unos segundos.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...