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Una luz electrizante. Microrrelato

Las luces me están cegando. Unos discos colgados del techo me deslumbran con los rayos del sol, el viento los mueve y eso me confunde. Me desorientan. Una decena de niños corren por todos lados, sus gritos no me molestan, de hecho, me son indiferentes. No sé a dónde ir ni qué hago aquí. Voy dando bandazos de un lado para otro sin un destino concreto. Esquivo los cuerpos que saltan y gritan entusiasmados. No puedo evitar chocarme con algunos. Sin embargo, nadie me mira, nadie se fija en mí ni da muestras de haberse percatado de mi existencia.

Hay una tarta encima de una mesa, parece deliciosa. Aunque un olor mucho más apetitoso se interpone en mi camino. Huele como a pastel recién horneado. ¿Es ese bebé? Voy hacía allí, pero antes de llegar, una potente luz en la esquina de la habitación llama mi atención. Es cálida y conforme me voy acercando a ella escucho como chisporrotea, lanzando promesas electrizantes a las que soy incapaz de resistirme.

¿Huele ha quemado?

¡Ah!

—¡Joder! Otra puta mosca, y esta es de las verdes, de las de la mierda. ¿Quién coño ha dejado las mosquiteras abiertas?



*
Este microrrelato participa en el reto de escritura de mayo del 2026 de la página El tintero de oro.
Las premisas eran escribir un microrrelato de 250 palabras utilizando la primera frase del tercer capítulo del tercer libro que esté en la tercera estantería de mi biblioteca personal.

Ese libro resultó ser Loco por ella, de Cristina Prieto, y la frase era "Las luces me están cegando".

Era una frase tan corta que la inspiración no me llegaba, así que leí un poco más de esa página, pero todavía no he empezado este libro, así que fui con cuidado para no destriparme nada. Vi que se estaba desarrollando en una discoteca y ahí fue donde empecé a pensar.

Me gusta que los microrrelatos tengan un giro final, algo que el lector no se espere. Sino, en tan pocas palabras, no soy capaz de escribir una historia con sentido. Así que siempre opto por los giros sorpresas.

Algo en una discoteca, algo que tenga que ver con una luz que ciega, ¿el qué? Quién sabe de dónde salió la idea, pero me imaginé que el personaje que era una mosca y que acababa frita en las lámparas que las achicharran. Y escribí el relato con eso en mente. Pero el final no me cuadraba. ¿Porqué tendría que haber mosquiteras en una discoteca? ¿Quién lo dice? ¿El camarero a los que están allí de fiesta? No tiene sentido. Así que cambié el escenario, porque fui incapaz de pensar en otra situación que no fuese una mosca.
Y esto salió.

Espero que os haya gustado.




*

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¡Un saludo!



Islas Caimán. Relato

Toledo, enero de 1990.

Querida madre:

Con todo mi pesar, lamento informarle de que vamos a tener que cancelar los planes. Alguien nos ha robado los ahorros del banco. No sabemos cómo lo han hecho, pero han conseguido nuestros datos y nos han vaciado la cuenta. Entera. Hasta la última peseta. Los ahorros de toda nuestra vida… El dinero para tu residencia. Para las vacaciones de este verano. Para la universidad de las niñas… Clara empieza la carrera de Física en Madrid, es en septiembre y no creo que podamos recuperar el dinero para entonces. No sé qué vamos a hacer.

Le mantendré informada, pero no se preocupe, que, sea como sea, saldremos de esta.

Muy suyo,

Ricardo.



Toledo, marzo de 1990.

Querida madre:

Hace ya unos meses que pusimos la denuncia sobre el robo. Además, hemos contratado a un abogado y a un detective privado. Ya están investigando nuestro caso y han avanzado bastante. Han descubierto que alguien había creado una empresa fantasma en mi nombre, la vincularon a nuestra cuenta y unas semanas más tarde transfirieron todo el dinero que teníamos a un paraíso fiscal. Lo hicieron sin mi autorización y el detective dice que eso es muy extraño, pues hay que ser muy cercano a esa persona para poder enlazar la empresa con la cuenta bancaria. Ha dicho que se necesitan permisos, poderes notariales de no sé qué y un montón de palabros más que no he entendido. Igual usted, que estuvo trabajando durante tantos años con ese notario, pueda explicarme los detalles. La verdad es que no tengo ni idea.

Somos una familia honrada, que ha trabajado toda su vida para salir adelante sin meternos con nadie. Hay que ser cabrón un desalmado para hacer algo así. Pero lograremos encontrar a ese malnacido y le haremos pagar. No solo quiero que nos devuelva lo que nos ha robado, quiero venganza. Tengo unos amigos rumanos que por unos cuantos billetes me pueden hacer un favor. Se va a acordar de mí ese mamón, hijo de puta, desgraciado.

Muy suyo,

Ricardo.

P.D.: ¿Recibió el paquete con las fotografías de papá que me pidió? La última carta que le envié nos llegó devuelta. Decía que ahí no residía nadie con su nombre.
P.D.2: ¿Alguna vez me dejará que le instale un teléfono en su casa? Todo sería mucho más sencillo si pudiera llamarla.



Barajas, junio de 1990.

Puta. Zorra. MALNACIDA. Madre:

Espero que te hayas llevado un buen bastón, porque no vas a tener Islas Caimán suficientes para correr.

Tu maldito verdugo.






*

Este relato lo escribí siguiendo las premisas de la página web Literautas para el Taller de escritura: Móntame una escena, número 72. Las premisas eran que debía contener las palabras fantasma, plan y venganza. Además, no debía superar las 750 palabras. Había un reto opcional, que estuviera escrita en forma de diario personal, con fecha incluida. Y no sé porqué, al ver lo de la fecha mi cabeza obvió por completo lo de diario y pensó en cartas... Me di cuenta una vez que el relato ya estaba escrito y me era imposible cambiarlo. Habría que escribir algo completamente nuevo, así que lo presenté sin el reto opcional.

La inspiración me llegó por la palabra fantasma. Al principio estaba pensando en que alguien le dijera a otra persona que era "un fantasma", con el significado de ser alguien que se cree mucho pero luego no lo es tanto. Pero no se me ocurría cómo podía hilarlo con la venganza. Y luego, de alguna manera, me llegó la idea de crear una empresa fantasma. De ahí sí que podía hilar algo que acabara en una venganza.

Que fuera la madre ocurrió sin pensarlo pero de manera natural. Había que darle un giro a la historia para que resultara interesante y ¿quién mejor que la persona a la que se lo estás contando todo?

Espero que os haya gustado.
*

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Un saludo.



Una propuesta desacertada. Microrrelato.


Llevábamos juntos más de una década. Siempre supe que no llegaría a ser algo más que su secreto, sin embargo, estaba tan enamorado de él que no me importaba quedarme en la sombra. Él estaba casado, tenía una familia perfecta y un trabajo en el ejército que le daba un gran prestigio. Era un hombre asertivo y calculador. Con unos ojos azules, fríos, que se derretían casi todas las noches en mi cama.

Yo no llevaba la vida que siempre soñé, mas era feliz con lo que tenía. No sé qué fue lo que me hizo destrozar nuestra burbuja.

—Déjala y vente conmigo —le propuse, acariciándole el pecho desnudo.

—¿A qué viene eso ahora?

—Te quiero solo para mí —contesté abrazándome a su cintura.

Él no dijo nada. Esa fue la primera vez que había mencionado ese tema en más de diez años de relación, y casi la última vez que lo vi. Cuando me desperté ya se había marchado y suspiré resignado. Unos golpes me sacaron de la cama. A penas conseguí vestirme antes de que un grupo de soldados irrumpieran en mi apartamento y me pusieran un saco en la cabeza.

Y allí estaba él, en la puerta de entrada de un enorme edificio que me puso los pelos de punta: Mauthausen. Había escuchado horribles cosas de ese lugar. Me miró con sus ojos fríos, no había ni una pizca de amor en ellos, y me dedicó una satisfecha sonrisa antes de ordenarnos que entrásemos en las duchas.



*

Este relato participa en el reto de marzo del 2025 de El tintero de oro. Los requisitos son escribir un microrrelato que no supere las 250 palabras y que gire entorno al desamor.

Quería alejarme un poco de las historias de amor y decepción, así que opté por darle un enfoque mucho más dramático. El desamor no se desarrolla a lo largo del relato, es cierto, pero creo que lo viene una vez acabado, va mucho más allá de eso.

Mauthausen fue un campo de concentración Nazi ubicado en la actual Austria, al norte del país. Se comenzó a construir en 1938 y fue liberado por el ejército de Estados Unidos en mayo de 1945. Por Mauthausen pasaron alrededor de 200.000 personas, y casi la mitad de ellas murieron. Fue el campo de concentración en el que más españoles estuvieron, alrededor de 7200, de los cuales, 5000 fueron asesinados.

Al principio solo era un campo de concentración, donde se encerraba a aquellos presos que, según el gobierno, eran irrecuperables. Sin embargo, la instalación de una cámara de gas lo convirtió en un campo de exterminio. No sé si aquí utilizaban el eufemismo de "las duchas" para indicar que esos presos debían ir a la cámara de gas. En otros campos de exterminio sí lo hacían, así que me he tomado la licencia de usarlo.


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Nos leemos.

Un saludo.



Microrrelatos de cuarentena VII. Roca


Las olas arreciaban con fuerza amenazando al barco. Había estado varias veces a punto de zozobrar, y el agua se movía con furia, alentada por el gigantesco ser que trataba sin éxito de hacerse con el navío.

Gritos, gruñidos y zarpazos.

De pronto, la corriente lo alejó de la criatura. Todo quedó en calma cuando el agua se fue por el desagüe y la madre se llevó al bebé.


*

Las tres palabras que tenía este relato como premisa eran: Inocente, trampa y botella.
Imagino que haber sido madre poco antes de escribirlo me inspiró bastante. Esta es una de esas historias con una conexión extraña de ideas que se juntaron con otra premisa mía: quería que tuviera un giro narrativo inesperado.
Así que: inocente, bebé; trampa, la bañera y botella, por los barcos que están metidos en la botella.

La verdad es que es uno de los microrrelatos que más me gustan. No sé si el final es previsible, pero a mí me encanta.

Espero que os haya gustado.

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La maldad del más pequeño

Mercedes
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¡Un saludo!



 

Microrrelatos de cuarentena VI. La maldad del más pequeño

 

Soy el menor de cinco hermanos, pero nunca tuve problema con eso. El mayor es un poco arrogante, se cree mejor que los demás, pero solo hay que fijarse en las dos familias de arriba para ver que, en realidad, no es tan «cool» como se cree. Aunque he intentado bajarle las ínfulas de grandeza, siempre ignora mis palabras.

—¿Qué sabrá el enano? —Es su respuesta en todas las ocasiones.

Por eso, de vez en cuando le hago ver que el tamaño no importa, sino la astucia para manejar las cosas a tu antojo. No hay que destacar siempre, sino pasar desapercibido, y cuando parece que se han olvidado de ti: ¡plas! Salir con todo.

Me explico:

El hombre, llamémosle señor X, llega a casa después de un largo día de trabajo. Está distraído pensando en la conversación que ha tenido esa mañana con su jefe; no estaba muy contento con él, y no hace más que darle vueltas a sus palabras. Se quita la chaqueta, los zapatos y se dirige a la habitación sin pensar mucho en lo que hace y por dónde va. Ese es mi momento. Elijo una esquina, un pico, el más punzante que vea y…

—¡Ostia! ¡Joder! ¡Mierda!

El dolor recorre todo el cuerpo del señor X y, si consigo que el golpe sea lo suficientemente fuerte, puedo hacer hasta que llore. Sonrío de satisfacción cuando me masajea durante varios minutos, y el orgullo por el trabajo bien hecho me invade.

No he necesitado mucho; con un solo instante consigo que me tenga bien presente en los próximos días. Se preocupa por mí y mantiene una prudente distancia de seguridad con todos los muebles. Algunas veces le recuerdo mi presencia con otro encontronazo nocturno, cuando tiene la vejiga llena y va al baño a oscuras. Confieso que esos son de mis favoritos: con alevosía y nocturnidad. Maravillosos.

Puede que yo no sea tan sofisticado como los vecinos de arriba, o tan elegante como los pequeños de esas familias; que se yerguen mientras beben, los muy esnobs. Pero nadie podrá negar mi don para hacerte ver las estrellas cuando menos te lo esperas.

*

La premisa para este microrrelato era que tenía que tener las palabras conversación, dolor y chaqueta. La verdad es que no sé muy bien cómo llegué a hilar las palabras de esa manera para que terminase saliendo este relato, pero es uno de los que más me gustan. Creo que tiene toda la esencia de los microrrelatos: un final que uno no se espera y el título forma parte de la historia.

Espero que os haya gustado.

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Mercedes
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Microrrelatos de cuarentena V. Un golpe de suerte



Un olvidado mantel, tendido en la cuerda del patio trasero de una casa, era mecido por la brisa del viento. La chimenea aún estaba caliente y en la cocina todavía flotaba el aroma de la última comida. Sin embargo, el silencio era sepulcral. El edificio estaba vacío, igual que la pequeña aldea en la que se encontraba. Las huellas en el barro, fresco tras la lluvia de esa mañana, mostraban que hasta hacía muy poco aquel lugar había estado habitado. Pero las marcas de los coches solo iban en un sentido: hacia la carretera, lejos de allí.

Cada mes, el único electricista, fontanero y hombre para todo viajaba tres horas por carreteras secundarias hasta la ciudad para reclamar atención. No había semana en la que su aldea no sufriese algún corte eléctrico, todos los inviernos se quedaban incomunicados un par de veces, y de internet ni hablemos. Pero nadie escuchaba sus quejas o peticiones.

—Múdense a la ciudad.

—¿Con qué dinero?

—Vendan sus casas.

—¿Y quién nos las va a comprar?

Las conversaciones siempre acababan igual; con un encogimiento de hombros y un «lo siento, no puedo hacer más».

Los peores momentos eran cuando alguien sufría un accidente o enfermaba de gravedad. La ayuda tardaba mucho en llegar, algunos veces demasiado, y cuando el médico hacía su aparición, ya no había paciente al que tratar.

—Los sacaré de allí. Tendremos una vida mejor —se repetía cuando regresaba a su casa después de visitar la ciudad.

Más de diez años pasaban de esa primera promesa, y parecía que nada iba a cambiar, hasta que lo hizo. Fue un momento de inspiración, un «¿por qué no? No tengo nada que perder». Dos euros con cincuenta en un billete del Euromillón. Una semana después, cincuenta millones en su cuenta. Uno por cada habitante de su aldea.

Se marcharon con pesar, tristes por dejar sus hogares y abandonar el lugar que les vio crecer, pero ilusionados por un futuro lleno de oportunidades.

*

Las premisas para este microrrelato eran que ocurriese en un pueblo abandonado y que apareciese la palabra mantel.
Lo de pueblo abandonado me llevaba, me manera irremediable, a una tragedia, pero no quería volver a escribir algo triste. Por suerte, una amiga me dio la idea de que la gente se hubiese marchado porque habían ganado la lotería, y aquí está ese relato. Un mini reflejo de la España profunda y abandonado.

Espero que os haya gustado.
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Famoso en vida, muerto en soledad Mercedes
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Microrrelatos de cuarentena IV. Famoso en vida, muerto en soledad



En una cama de hospital, sin nadie a su alrededor, yace Francisco «el Camaleón» Johnson. De madre española y padre inglés, fue el actor de comedia más famoso del planeta. Hollywood, la BBC o Atresmedia. Tenía la ventaja de haber crecido con esos dos idiomas, de los más hablados del mundo, y que le abrieron un sinfín de puertas. Además de tener un talento natural, una gracia mamada desde la cuna, que lo catapultó hasta lo más alto. Era capaz de caracterizar a cualquier persona con una precisión asombrosa, aunque no la hubiese conocido en persona. Las películas que protagonizaba recaudaban cifras récord en los primeros días de estreno, y sus frases más célebres quedarán, para siempre, en la memoria colectiva. Lágrimas de una risa genuina surcaban la cara de aquellos que tenían la suerte de ver en directo alguna de sus actuaciones. En lo privado, una perenne sonrisa en el rostro; sincera, alegre y contagiosa.

Querido por todos, ahora se encuentra en la más absoluta soledad. A sus setenta años, ha vivido lo que ningún otro, pero jamás pensó que sus últimos días acabarían así: aislado del mundo. Sus hijos le dejaron hacía una semana en la puerta del hospital con un último apretón de manos, pues ni siquiera un abrazo fue posible. Las lágrimas de risa se transformaron en tristeza; saben que nunca más se volverán a ver.

Conocido en cualquier país, ha pasado a ser uno más. Un paciente anónimo que lucha por vivir. Sin embargo, es demasiado mayor, hay otras prioridades… Se marcha sin poder decir adiós, te quiero o lo siento. Tan solo acompañado de un grupo de valientes desconocidos que se apenan por él, pero que no tienen tiempo para sentir; el siguiente paciente ya está esperando.


*

Este es el cuarto relato de esta sección, y después de haber escrito dos bastante trágicos, quería una historia divertida, algo entrañable, por eso creé al personaje Francisco «el Camaleón» Johnson, un actor de comedia, el mejor del mundo. Sin embargo, las noticias que en ese momento me llegaban de España eran muy malas. La gente moría en los hospitales solas, sin sus seres queridos y con la única compañía de los sanitarios. En aquellos momentos la sanidad española estaba desbordada, y esa soledad que los pacientes infectados por el Covid-19 debían sentir, caló hondo en este relato.


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Prisionera de
su propia vida
Mercedes Ojalá te conviertas
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Microrrelatos de cuarentena III. Prisionera de su propia vida



Está sentada en un banco del parque, con su elegante traje de diseñador, dándole de comer a las palomas. Lo hace de forma inconsciente; en un gesto automatizado a lo largo de los años. Mas sus pensamientos se encuentran muy lejos de allí, pues esos momentos de soledad son la cura que la ayudan a sobrellevar el día a día.

Por su aspecto se podría pensar que lleva una vida feliz. Sin embargo, detrás de esa fachada se esconde un pozo de tristeza y opresión. Hace años que dejó de tener el control sobre sus actos, y son los demás los que dictan los pasos a dar.

Si por ella hubiese sido habría seguido viviendo en pecado junto al hombre que la hacía la mujer más feliz del mundo. Pero tras una década de noviazgo ya tocaba casarse y sentar la cabeza.

El primer hijo llegó a los dos años.

—Tu hermano se os va a adelantar.

—Acabas de cumplir los treinta, se te pasará el arroz.

—Una familia no está completa hasta que no llegan los niños.

Nadie le preguntó si quería ser madre.

La parejita, un perro y una casa con jardín. Sacrificaron el moderno apartamento en el centro por aquello que toda familia debía tener, y rechazó un jugoso ascenso para cuidar de los niños. Las canas y las arrugas que el trabajo nunca le dieron, salieron en pocos meses. Y aunque ahora ha vuelto a trabajar, se siente atrapada.

El teléfono vibra a su lado. En la pantalla aparece el nombre de su marido, pero no quiere contestar. Ya sabe lo que le va a decir: ¿Dónde estás? La cuidadora ya se ha ido y los niños tienen hambre.

Está cansada de ser una prisionera de su propia vida. A merced de una sociedad patriarcal y machista que ha hecho hasta lo imposible por imponer su voluntad. Le han quitado todo; incluso las ganas de luchar.

Una amarga lágrima se desliza por sus mejillas, y con un gesto derrotado, les tira a las palomas lo que le queda de comida. Toma el maletín y, resignada, pulsa el botón de responder.

La pesadilla nunca acabará.


*


Por desgracia, una situación que muchas mujeres viven a día de hoy. Ojalá la gente se guardase sus opiniones sobre lo que otros deberían hacer con su vida. Esa presión de la sociedad, a la que muchas parejas se ven sometidas, debería desaparecer.

Que nadie te imponga una familia, casarte o dejar tus sueños a un lado por algo que a ti no te gusta.

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Microrrelatos de cuarentena II. Mercedes



Te confieso que lo mío por ti fue amor a primera vista. Fue verte una sola vez y saber que, igual no ese día, pero en algún momento acabaría llevándote a mi casa. Y aquí estás, en toda tu perfección, como me enamoré de ti.

Los meses han pasado, y la pasión que siento no ha disminuido ni un ápice desde entonces. Entre nosotros hay una conexión especial. Podría estar horas enteras mirándote; adoro pasar mis manos por tus formas redondeadas, acariciarte y tocarte allí donde tan pocos lo han hecho.

Los días de diario suelen ser rutinarios; encuentros antes y después de trabajar rodeados de extraños. Pero los fines de semana se vuelven íntimos, y nadie me puede separar de tu lado. Los baños de los domingos por la mañana son los más especiales, solos tú y yo. Ver el agua resbalar por tu cuerpo, quitar con cuidado las gotas de tu piel, tu tacto en mis dedos… Y las comidas que siempre vienen después. Una media de setenta euros en cada ocasión, depende del lugar y del momento. Es caro, pero ya lo sabía cuando me enamoré, no eres para cualquiera, pues no cualquiera puede darte lo que necesitas. Gasto la mitad de mi sueldo en que ti, en especial esos últimos zapatos de invierno, cinco mil euros cada par ¡Dios mío! Sin embargo, lo hago con gusto. Aunque no vamos a mentirnos, la vanidad también juega un buen papel en esto; vivo por las miradas de envidia de la gente cuando nos ven pasar, sé que te miran a ti, y sienten celos de mí por tenerte.

En los días de lluvia te guardo y seco con mimo; en los soleados me hace feliz verte resplandecer, admirar cómo los rayos se reflejan en tu pulida carrocería, y en esas ruedas que tanto me costaron.

*

La premisa para este relato era que contuviese las palabras "rueda, caricia y tijeras". No lo he conseguido tal cual, pues cuando empecé a pensar en la historia me gustó la idea de que estuviese hablando de un coche, pero pareciese una mujer, que me fui un poco por las ramas y dejé de lado las palabras.

Fue curioso de escribir. Esto de los dobles sentidos tiene su gracia.

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