Los números pasan con rapidez mientras él va realizando las operaciones. Cifra tras cifra, cantidades enormes se van acumulando. Ve doble, los unos le bailan y se masajea el puente de la nariz.
Así un día tras otro, sin descanso, en un despacho aséptico y vestido con un traje azul marino. Nadie de su círculo de amigos lo reconocería en ese ejecutivo de aspecto serio, sin sus camisetas de flores o los pantalones ajustados de colores llamativos, tan estrechos que “marcan todo lo que hay que marcar”, como él dice.
Suspira con cansancio y deja que sus ojos se pierdan al otro lado de la ventana, en ese atelier que un grupo de veinteañeros ha montado hace dos semanas. Sus sonrisas, esas miradas llenas de ilusión y los avances que van haciendo con la ropa, le producen una tremenda envidia. Siempre quiso dedicarse a la moda, diseñar su propio vestuario y, algún día, ver sus obras desfilar por las mejores pasarelas. Ansiaba viajar a París y a Milán y conocer a las grandes eminencias de ese mundo; nunca ha podido realizar su sueño.
—Eso es de nenazas, ¿acaso eres una? —preguntó su padre, después de cruzarle la cara cuando le dijo que no quería estudiar empresariales, sino ingresar en una escuela de moda.
—No, señor.
La conversación acabó ahí y jamás fue capaz de contradecirle. Terminó la carrera y entró a trabajar en una oficina con la que su familia tenía contactos. De eso han pasado ya dos años y todavía recuerda aquel primer día de trabajo como el peor de su vida. Nada ha mejorado desde entonces, cada mañana se levanta sin ganas, se viste con esos trajes que no le representan y se va a un trabajo que odia.
El sonido del teléfono detiene sus divagaciones y, cuando ve el nombre de su jefe, explota.
—¡A tomar por culo!
Se marcha del despacho sin mirar atrás. Sale del edificio, entra en el de al lado y llama al timbre de «Atelier Isabella». Cuando una mujer con el pelo morado, una flor del mismo color pintada en el ojo derecho y un vestido de la época victoriana le abre la puerta, sonríe entusiasmado.
«Estoy en casa», piensa.
*
La premisa de este relato era un personaje que odiase su trabajo. Tengo la suerte de trabajar en algo que me gusta, pero siempre que pienso esa situación me acuerdo de una de mis mejores amigas. Ella quería estudiar diseño de moda, pero su padre la acabó convenciendo para que hiciese administración de empresas, y aunque ahora no es infeliz en su trabajo, no puede pasar por una tienda de zapatos sin pararse media hora…
Cuando me puse a escribir el relato me vino a la cabeza la obra de Ai Yazawa, “Paradise Kiss”, y uno de sus personajes, Isabella. No pude evitar mezclarlos.
Espero que os haya gustado.
*
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¡Un saludo!
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