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Las chicas de Olimpia. Raquel Tirado Fernández. Reseña



Título: Las chicas de Olimpia: La ganadora se lo lleva todo.
Autora: Raquel Tirado Fernández.
Año de publicación: 2024.
Género: Juvenil, romance, LGBT.
Puntuación: 8 sobre 10.


Si quieres ganar, cuenta una buena historia... aunque sea falsa.

Escritoras, cantantes, influencers, bailarinas, modelos... Si tienes talento, tienes cabida en Las chicas de Olimpia, el concurso más ambicioso de la historia.

Arizona Yagami piensa alzarse con la corona. Que sus padres sean la pareja de actores más querida del planeta no la ha ayudado mucho: los espectadores solo la ven como la aprovechada «hija de», y nadie se fija en su talento musical. Y, vale, igual tampoco es la concursante más simpática. Vamos, que le cae fatal a todo el mundo.

Cuando se entera de que las redes la shippean con su rival, la dulce bailarina Chrissy Dubois, Arizona le propone un trato: fingir una relación romántica que las haga ganarse el cariño de toda esa gente y las catapulte a la final. Una vez allí, Arizona hará lo que sea necesario para ganar.

Pero resulta que aprovecharse de Chrissy es más difícil de lo que esperaba, y enamorarse de ella es peligrosamente fácil.


Me ha gustado bastante esta historia. Me ha parecido una idea muy original y creo que nunca se me habría ocurrido pensar llevar a la escritura un concurso de televisión, con lo visual que es eso.

Tiene una trama sencilla pero bien construida. Los personajes tienen personalidad, están muy bien definidos y eso hace que el lector pueda empatizar con ellos.

La forma de narrar la historia también me ha gustado, con las galas, la semana en la academia, y los resúmenes escritos de una manera diferente. Fui muy fan de Operación Triunfo, en especial de los primeros, y este libro me ha hecho regresar a mis años de adolescencia.

No es un libro especialmente gordo, y aunque al terminarlo, no te quedas con la sensación de que falta algo, sí que me habría gustado que profundizara más en los problemas de los personajes o en su pasado.


*

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Si quieres leer más reseñas y críticas de los libros que he ido leyendo, las tienes todas recopiladas en este enlace: Reseñas.

¡Un saludo!



Y ddinas



A sus veinticinco años, Madison Davis nunca había salido de la ciudad en la que nació. Aquella enorme metrópoli tenía todo lo que necesitaba, y nunca sintió la necesidad de buscar fuera de ella. Se encontraba a gusto y, a pesar de lo grande que era, se conocía cada uno de sus rincones. Le encantaba perderse por la ciudad, caminar y vagar sin un rumbo fijo. Nunca llevaba los cascos puestos, pues prefería escuchar los sonidos que la rodeaban. El canto de los pájaros, las voces de la gente y el ruido de los coches. Le gustaba sentirse dentro de la ciudad, escucharla y entenderla. Pues Madison sabía que aquella metrópoli no era un lugar normal. Tenía vida, pensaba y era capaz de interactuar con aquellos pocos que estaban dispuestos a tomarse un respiro en sus ajetreadas vidas y escucharla. A lo largo de los años había aprendido a sentir el pálpito de sus entrañas, a entender su dolor, su alegría y su tristeza. La había comprendido. Había oído su voz, escuchado sus palabras y aprehendido de su infinito conocimiento adquirido a lo largo de innumerables años e incalculables vidas.

Aquel día, cuando Madison salió de su casa volvió a sentir esa familiar conexión que la unía con todos y cada uno de los rincones de la metrópoli. Sonrió ante el calor que aquel sentimiento le provocaba y se encaminó al metro. Subió en el primer tren que pasó sin un destino fijo y se dejó llevar. La ciudad se encargaría de guiar sus pasos.

Tenía la mirada perdida en algún lugar del horizonte cuando pasaron por un túnel y el cristal le devolvió su reflejo: la imagen de una chica joven, de tez oscura, nariz ancha y pelo rizado. La siguiente estación se encontraba justo al final del túnel. Cuando el tren salió tardó unos segundos en darse cuenta de que algo raro ocurría. Era como si alguien hubiese pulsado el botón de ralentizar. Las personas del andén andaban con una extremada lentitud, el metro que circulaba en la otra dirección entraba a cámara lenta en la estación, y el chirrido de los frenos parecía alargarse en el tiempo. Todo se fue haciendo más lento, más pausado, hasta detenerse por completo, incluso una paloma, que sobrevolaba las vías, parecía suspendida en el aire.

Miró a su alrededor sin entender lo que ocurría cuando escuchó con claridad una voz suplicante. Provenía de todas partes: del tren, de su asiento, del cristal, de su camisa y de ella misma. Era una voz de advertencia y de socorro. Al cabo de unos segundos, se dio cuenta de que la propietaria de esa llamada de auxilio era la misma ciudad.

Se levantó de su asiento y miró a todas partes en busca del peligro. En el interior del vagón todo parecía en orden. Sin embargo, cuando sus ojos se dirigieron al exterior del tren, al andén de enfrente, lo vio. En el suelo había un enorme charco que alguien había olvidado limpiar, un grupo de niños corría por las escaleras, y el tren estaba a punto de llegar. La escena se aceleró, tomó velocidad y Madison vio el desastre que ocurriría si no lo evitaba: los niños, en su carrera por no perder el metro, resbalarían en el suelo mojado y caerían a las vías justo en el mismo momento en el que el tren llegaba. Sería una catástrofe, todos morirían al instante y la limpiadora, al sentirse culpable por lo ocurrido, se suicidaría tres meses más tarde dejando a sus dos hijos al cuidado de un padre que acabaría perdido en un abismo de alcohol y drogas.

Cuando la escena acabó, Madison aún se encontraba sentada en el tren, dentro del túnel, mirando su reflejo en el cristal. Sus ojos estaban abiertos en una expresión de horror, y en el momento en el que el metro entró en la estación buscó el charco del suelo. Lo encontró en el lugar en el que se suponía debía estar, y se dio cuenta de que el desastre aún no había ocurrido. Sin pensárselo ni un momento se levantó del asiento, y en cuanto las puertas se abrieron corrió hacia las escaleras por las que los niños aparecerían unos segundos más tarde. Pero fue demasiado lenta y los chicos llegaron al andén antes de que pudiese interceptarlos.

Señoritas y plebeyos


En el intenso silencio que había en el tren cualquier pequeño sonido se amplificaba. Era una noche oscura, una densa capa de nubes cubría el cielo, y el frío del exterior se colaba por los resquicios de las puertas y las ventanas. Llevábamos parados en el mismo sitio desde hacía tres días, cuando una copiosa nevada cubrió las vías y el tren no tuvo más remedio que detenerse. El pueblo más cercano estaba a treinta millas de distancia, pero en aquellas condiciones nadie se atrevía a salir y buscar ayuda. El maquinista apareció en nuestro compartimento privado y nos instó a dirigirnos a los vagones de los plebeyos.

—Utilizaremos el carbón de la locomotora para caldear la habitación —dijo abriéndonos la puerta de segunda clase.

No pude evitar arrugar la nariz al entrar, el ambiente estaba muy cargado, y el olor a sudor lo inundaba todo.

—¿Cuánto tiempo tendremos que permanecer aquí? —preguntó una de las refinadas damas con las que viajaba llevándose un perfumado pañuelo al rostro.

—No lo sé, señoras, depende de la nieve —contestó el maquinista.

—¿Disponemos de comida?

—No somos muchos, con lo que tenemos podremos sobrevivir durante unos días. Y agua no nos va a faltar —añadió señalando el exterior.

—Bueno, si la espera se alarga, la plebe puede comer menos, ya están acostumbrados —dijo con desprecio.

Fue la primera en morir.

Aquella noche dejamos que el carbón se apagase un poco, lo suficiente para que la habitación no se enfriara; era imperioso no malgastarlo, al igual que las lámparas de aceite, y dormimos con la poca luz que las brasas del carbón daban.

Tuve un sueño intranquilo, interrumpido por las toses de los otros pasajeros y escalofríos que me recorrían el cuerpo entero cuando una ráfaga de aire se colaba en el interior del vagón.

Me desperté al amanecer, y lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro de aquella distinguida mujer petrificado en una expresión de terror, y un profundo corte en su cuello. Mi grito de espanto sobresaltó a todos los viajeros, y el maquinista apareció unos segundos más tarde.

—¡Qué horror! ¡Qué horror! —gritaban mis elegantes compañeras.

Tardé varios minutos en reponerme del susto, mas cuando lo hice, tomé la iniciativa de encontrar al asesino. Hacía unos meses me había aficionado a los libros de Sherlock Holmes, y aquella era la oportunidad propicia para probar mi intelecto. Sería como él, y averiguaría quién había matado a la mujer.

A lo largo del día hice mis pesquisas e interrogué a los pasajeros, sin embargo, cuando la noche cayó solo había conseguido averiguar que la plebe nos odiaba. Al acercarme a ellos sus miradas eran desconfiadas, y los pocos que me respondieron lo hicieron de malas maneras y con palabras hirientes.

La segunda noche no dormí nada. El miedo me atenazaba y le supliqué al maquinista que nos dejase una lámpara encendida.

—Por piedad —le rogué con lágrimas en los ojos.

—No puedo hacer distinciones, señorita. Si les dejo una a ustedes, debería hacerlo también con los otros pasajeros. Y nos quedaremos enseguida sin aceite.

—Pero hay un asesino entre nosotros. Aprovechará la oscuridad de la noche para volver a atacar —sollozó con miedo una de mis acompañantes.

—El resto de pasajeros corren el mismo peligro que ustedes —aseguró el maquinista.

—¿Quién va a querer matar a esas gentes pobres y sin encanto? —respondió, altanera, mi compañera de viaje.

Fue la segunda en morir.

Su asesinato reavivó nuestro miedo y las ganas de encontrar al culpable. No parecía que fuésemos a salir pronto de allí y, si no hacíamos algo, todas acabaríamos muertas. El resto del pasaje parecía tranquilo, como si aquello no fuese con ellos; ninguno nos prestó atención. Nadie se preocupó por nosotras, y ni siquiera el maquinista fue de gran ayuda.

—Son unos salvajes —dijo con menosprecio una de mis acompañantes.

—Gentes incultas y sin educación —añadió otra.

—Peores que los animales —sentencié, frustrada por la poca colaboración que habíamos recibido.

Antes de que el sol se pusiese tomamos una de las lámparas de aceite y nos encerramos en el departamento de primera clase.

—Morirán de frío —dijo el maquinista.

—Si nos quedamos fuera moriremos asesinadas —contesté.

Colocamos todos nuestros bolsos delante de la puerta y la atrancamos. Nadie entraría.

En el silencio de la noche, la respiración inquieta de mis acompañantes lo inundaba todo cuando un ruido de arrastre se alzó sobre ellas. Tenía los ojos cerrados, mas no hizo falta que los abriese para adivinar de dónde procedía. Mantuve los párpados firmemente apretados con la ilusa esperanza de que el ruido se detuviese. Cuando lo hizo, suspiré aliviada, sin embargo, el sonido de unos pasos lo sustituyó.

Las manos me temblaban y me negaba a abrir los ojos. Si no lo veía, no existía. Al final, la curiosidad me pudo y me aventuré a mirar. En el centro del compartimento había una figura parada. Destilaba odio y desprecio; el mismo con el que nosotras habíamos tratado al resto de pasajeros.

Se acercó hacia nosotras con pasos lentos hasta que su cara quedó iluminada por la lámpara de aceite. El maquinista me dedicó una sonrisa ladina, levantó un cuchillo con sangre seca y me miró con repugnancia.

Detrás de él, en el vagón de segunda clase se escucharon gritos de júbilo: la plebe reía.

—Aquí se acaba su viaje, señoritas.





Este relato participa en la XVII edición del concurso literario de la página El tintero de oro.
No debe sobrepasar las 900 palabras y del resto de premisas hay que elegir una, están inspiradas en la novela de Patricia Highsmith, Extraños en un tren, a saber:
  • Un relato policíaco o de género negro.
  • Un relato en el que se mencione con sentido la novela Extraños en un tren o la autora, Patricia Highsmith.
  • Un relato en el que la acción transcurra en un tren.
Yo he optado por la última opción, aunque el relato policíaco me ha inspirado un poco.

Cuando empecé a escribir esta historia estaba metida de lleno en la lectura de Ana Karenina, y creo que me ha influenciado algo. La protagonista de esa novela me ha resultado extremadamente odiosa, y creo que he volcado algo de sus rasgos en el personaje de esta historia, creando un grupo de señoritas altaneras, poco inteligentes y superficiales.


Espero que os guste.

*

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Si quieres leer más textos originales escritos por la autora de este blog, puedes encontrarlos todos en este enlace.

¡Un saludo!



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